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| 11/11/2006 12:00:00 AM

Cuando rompen las olas

Esta edificante película de carretera es, sobre todo, la presentación de un talento que sabe muy bien lo que quiere.

Título original: Cuando rompen las olas.
Año de estreno: 2006.
Dirección: Riccardo Gabrielli.
Actores: Pablo Trujillo, Alejandra Borrero, Diego Trujillo, Riccardo Gabrielli, Lucy Martínez, Mabel Moreno, Tatiana Rentería, Ramsés Ramos, Juan David Pizarro, Carolina Gnecco, Silvia Trujillo, María Adelaida Puerta.

Este Riccardo Gabrielli, guionista, productor, director, protagonista y editor de Cuando rompen las olas, se tiene la confianza que necesitan los buenos narradores y sabe bien qué tipo de historia quiere contarnos. No es otra "joven promesa del cine colombiano", gracias a Dios, sino un cineasta hecho y derecho al que le debemos mucho más que palmaditas en la espalda por habérsela jugado toda por una obra que no depende de la coyuntura noticiosa. Su cortometraje Anillo de compromiso, proyectado hasta el cansancio durante los primeros meses de este año, nos había dado ya muestras de su afinado oído para el diálogo, de sus buenas ideas visuales, de su comprensible tendencia a traducir la sensibilidad norteamericana a la realidad de Colombia (trabajó en Los Ángeles durante un par de años) y de su desconcertante valentía a la hora de apropiarse de los peores lugares comunes que se consiguen en los alquileres de video.

Cuando rompen las olas, su primer largometraje, una divertida película de carretera que describe la redención de una familia de clase media, es, no cabe duda, una agradable manera de pasar la tarde, pero, puestos en la tarea de exigirle que sea lo que quiere ser, no consigue emocionarnos todo lo que podría porque su primer acto no define bien de quién es la historia y no presenta con cuidado los dramas de sus protagonistas antes de lanzarlos a la aventura. Cuenta tres historias, la del niño que lleva a su abuela al baile que nunca conoció, la del adolescente medio suicida que encuentra la salvación en una enfermera angelical y la de los padres que ponen en duda el futuro de su matrimonio, pero esta última resulta muchísimo más convincente que las otras. Sabemos que aquel nieto, Daniel, tiene una bonita relación con su abuela, y que su hermano mayor, Tomás, vive el infierno que tanto conocemos, pero no lo sabemos porque lo veamos, sino porque, a fuerza de ver tantas producciones sobre "alcanzar los propios sueños", estamos en la capacidad de decirnos "esto es así porque así pasa siempre en las películas". El conflicto de los padres, en cambio, se va ahondando ante nosotros de escena en escena. Y la estupenda actuación de Alejandra Borrero (y el buen oficio de Gabrielli) no nos deja quitar la mirada de la pantalla siempre que nos sentimos tentados a hacerlo. Y es la prueba más clara de que, de haberles prestado la misma atención a sus tres líneas argumentales, Cuando rompen las olas sería una obra tan redonda como las grandes películas de carretera.

No importaría que bordee el tono edificante de aquel poema, Intuiciones, que alguna vez le atribuyeron al pobre Jorge Luis Borges ("si pudiera vivir nuevamente mi vida… comería menos habas", decía el falso Borges en un arranque boyacense) ni interesaría que su buen sentido del humor le ceda el paso tantas veces al sentimentalismo: sería la buena película que lleva adentro.
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