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| 11/22/1982 12:00:00 AM

CUATRO CHICOS DE UNA CIUDAD VIEJA

Marcados por el torbellino de la Segunda Guerra, los Beatles universalizaron el rock'nroll. Todo empezó hace 20 años en un oscuro club de Liverpool.

Ocurrió hace años. Los Beatles salieron de la oscuridad en un país aparentemente decrépito y transformaron el rock'n roll en una música universal. Envueltos en la exuberancia de su juventud endurecida, expresaron lo que millones de jóvenes sentían vagamente: que el mundo adulto era odioso, pero que la vida se ofrecía como una aventura irrepetible. Un detalle tan trivial como el de las "melenas", que en realidad apenas les cubrían la cima de las orejas, fue la brecha que inauguró una de las formas de vida más honesta e individualista.
Todo empezó con los Beatles. Pero, ya han pasado veinte años, justamente el 5 de octubre de 1962 se publicaba en Inglaterra su primer disco, con las canciones "Love Me Do" y "P.S.I Love You". Se hizo la edición en el más absoluto silencio.
Después de todo, no eran más que un cuarteto provinciano, cuatro chicos de una ciudad vieja llamada Liverpool. El mundo tenía cosas más importantes en qué pensar: el cemento se estaba secando en el muro de Berlín, Francia se decidía a conceder la independencia a Argelia tras una guerra cruenta. El presidente Kennedy estaba obsesionado por Cuba, astronautas rusos y americanos competían en la carrera espacial. Y se bailaba una cosa frenética e irresistible: el twist.
Por entonces se decía que la música buena era la americana. En toda Europa se reverenciaba a los tigres del rock'n roll, pero los cantantes de moda se inclinaban por sonidos menos fuertes. En éso, los Beatles iban contracorriente. Eran "rockers", chicos duros que usaban trajes de cuero, que visitaban regularmente los barrios peligrosos de Hamburgo para tocar ante un público heterogéneo y exigente. Sus vidas habían sido marcadas por el torbellino de la segunda guerra mundial: evacuaciones, estrecheces, padres ausentes, enfermedades. En ese panorama desolador, la música fue una revelación. Los discos que traían los marineros desde USA, grabaciones de exuberantes pianistas negros y vaqueros que se contorsionaban. En fin, el rock'n roll. Una música que te arrastraba, que te recargaba de energía, que además irritaba a las personas mayores: perfecto.
Los Beatles habían asimilado el rock'n roll negro (Chuck Berry, Little Richard) junto con su equivalente blanco (Carl Perkins, Elvis Presley, Buddy Holly) y los habían sintetizado.
Pero no eran puristas: estaban al tanto de lo que hacían los grupos vocales negros que grababan para un sello nuevo llamado Tamlamotown. Todo ello se integraba en su música. Eran chicos ambiciosos: en los antros de Hamburgo tocaban todo lo que les pedían, pero iban acumulando creaciones propias. Su sonido era crudo pero flamante, juvenil, a la vez que sazonado. Lo practicaban durante largas sesiones en un agobiante club de Liverpool llamado "The Cavern".
Allí pudo acabar la historia. Pero tenían un mecenas, el dueño de una tienda de discos, de origen judío, llamado Brian Epstein. Su insistencia --y numerosas visitas a compañías de discos- les valió un contrato de grabación. Nadie creía mucho en ellos: les asignaron a un productor especializado en discos de Peter Sellers y otros cómicos. Por si acaso, Epstein se ocupó de comprar 10.000 copias de "Love Me Do", que dormitaron muchas semanas en su almacén. Era octubre de 1962 y el disco empezaba a sonar tímidamente fuera de Liverpool. John, Paul, George y Ringo estaban en el umbral de la historia.
No resulta fácil aceptar que ya hayan pasado veinte años. El tiempo ha sido clemente con ellos y el recuerdo se mantiene resplandeciente. Yoko Ono, la candidata más razonable al título de "Quinto Beatle" al casarse con John Lennon, lo explica con una fábula oriental: "Es la historia del templo dorado. Un hombre se enamoró del templo y lo quemó, no podía aguantar la idea de que se estropeara según fuera envejeciendo. Así, logró que el templo dorado se mantuviera eternamente en estado perfecto, que se convirtiera en un mito". Por eso los Beatles se quedarán como un mito maravilloso: se acabaron antes de deteriorarse.
Y algo más. ¿Será necesario repetirlo? La música que crearon fue extraordinaria. Repasando sus viejos discos se descubre con estupor que apenas hay canciones de relleno, que su nivel era fabulosamente alto. Hay que reconocer la magia de aquella combinación. La facilidad de Paul Mc Cartney para enhebrar melodías memorables, la guitarra precisa de George Harrison y su despertar como compositor, la desfachatez y la lúcida franqueza de John Lennon, el ritmo seguro de Ringo Star.
Esos piropos tan solemnes provocaban su hilaridad: realmente no aspiraban a esa oxidada respetabilidad. A John Lennon le gustaba presentarse cínicamente como un pillo clarividente que había encontrado una buena forma de ganarse la vida. Pero éso era en los primeros tiempos de la asfixiante beatlemanía, cuando tuvieron que desarrollar mecanismos de defensa frente a las "cabezas cuadradas" de todo signo que intentaban encajar el fenómeno en corrientes ya existentes. El diario moscovita "Pravda" pontificaba por entonces que no eran más que "un truco de las clases dominantes para distraer a los jóvenes de la política ", y por su parte, los órganos de la derecha más paranoica les retrataban como parte de una operación subversiva cuyo fin era "hipnotizar a la juventud norteamericana y prepararla para una entrega futura a un control subversivo".
Qué delirios: el optimismo, la garra, el sentido de comunidad generacional de los Beatles eran irradiaciones espontáneas de sus canciones, que conectaban profundamente con anhelos sentidos por millones de personas que no tenían todavía el derecho al voto. Anhelos de liberación sexual, actitudes diferentes ante el dinero y el trabajo, planteamientos políticos libres de la losa de la guerra fría, toneladas de energía reprimida que los Beatles descargaban con sus gritos furiosos y los tremendos latidos electrónicos de sus instrumentos. Y al arremeter contra las frustraciones adolescentes, estaban acelerando el cambio: su público era consciente de su singularidad histórica, del océano de posibilidades a su alcance, de su fuerza como grupo social por encima de las fronteras. Hasta los países del Este conocieron el frenesí llegado de Liverpool. En su habitual tono ampuloso, Timothy Leary, el profeta de los alucinógenos los presentaba como "divinos mesias, agentes revolucionarios enviados por Dios con misteriosos poderes para crear una nueva especie humana". Nada menos.
RING DE CELOS
El final del cuarteto fue menos edificante. Lo que había sido una inmejorable conjunción de talentos derivó hacia un ring donde competían celos personales. Parte del dinero se esfumó en la búsqueda de situaciones utópicas, Paul Mc Cartney disputó en los juzgados con John Lennon, apoyado desapasionadamente por George Harrison y Ringo Star. A su manera cada uno intentó exorcizar el fantasma de los Beatles, buscando su nicho en los años 70. Mc Cartney desarrolló su faceta de entretenedor, de hombre del "show business": abundantes actuaciones con el grupo "Wings", presencia pública constante, resonantes éxitos. Frente a la banalidad de su colega, John Lennon se inclinó por la agitación en las aguas de la revolución y destrozó la idílica imagen de los Beatles. Sin embargo, habían cambiado los aires. Los gloriosos niños de los años 60 veían tambalearse su cruzada ante la inseguridad creada por la recesión económica, el desengaño de las experiencias con las drogas psicodélicas, el callejón sin salida de la violencia política, la colosal capacidad del mundo adulto para reintegrarles a su seno. Lennon siguió la lucha hasta 1974, y luego desapareció de la circulación. Dijo: "Me sentía obligado ante todos. A la compañía de discos, a los medios de comunicación, al público, al departamento de inmigración que quería deportarme, a cualquier imbécil que me provocara por las calles. Así que me di cuenta que eso era vivir sin libreta. Y que tenía un bebé que quería cuidar durante su niñez. No viví la niñez de mi anterior hijo y ahora es un desconocido que me llama para contarme que se va a comprar una moto. No quería tener DW nuevo para esa responsabilidad.
Lennon mantuvo con éxito su distancia respecto a la industria de la música, en la que triunfaba Mc Cartney cuya fortuna se estima actualmente en 250 millones de libras esterlinas. A su lado, George Harrison y Ringo Star son pordioseros.
Harrison comenzó con gran fuerza, gracias a "My Sweet Lord" (posteriormente la canción fue declarada como plagio de un éxito de un grupo de color), pero su carrera en solitario ha sido declinada en un rosario de discos cada vez más vacíos.
Todavía mantiene sus preocupaciones religiosas, pero ahora disfruta más con las carreras de automóviles.
Los discos de Ringo Star también han ido perdiendo audiencia y el hombre es más requerido por su físico para participar en películas de escasa categoría; después de años como exiliado, ha retornado a su amada Inglaterra.

Este final previsiblemente agridulce culmina con la tragedia del asesinato de John Lennon el 8 de diciembre de 1980. Implícitamente, reconocieron y aceptaron que nunca serían tan importantes en libertad como cuando estaban encadenados al monstruo de los Beatles.
Se rieron descaradamente de todas las propuestas para reunirse de nuevo, aunque les ofrecían monstruosas ganancias y una serie de causas caritativas para cubrir las apariencias. Nada. Eso sí, se reconciliaron paulatinamente. Lennon y Mc Cartney enterraron el hacha de la guerra. Cuando pudieron, se apresuraron a colaborar en grabaciones de los demás, costumbre que todavía mantienen en el último elepé de Harrison participan Mc Cartney y Ringo. En "Hall Those Years Ago", George llora la ausencia de su inquieto compañero: "hace tantos años lo dijiste todo aunque muchos no prestaran atención hace tantos años tú tenías el control de nuestras sonrisas y nuestras lágrimas".
Ahora los Beatles alimentan la industria de la nostalgia. Liverpool, que los tuvo olvidados durante una década, considera su recuerdo como la principal atracción turística. Se hacen innumerables películas y libros sobre su fulgurante trayectoria. La necrofilia da buenos beneficios. Sus grabaciones clásicas continúan vendiéndose y el catálogo se reanima periódicamente con "una juiciosa política" de recopilaciones y relanzamientos. Un dato confidencial: han ganado más dinero en los doce años de ausencia que a lo largo de su existencia como grupo.
Son paradojas insignificantes. Ahora, veinte años después de su primera irrupción discográfica, ya no quedan rastros de la beatlemanía: aquel virus contagioso ha quedado enterrado en las hemerotecas y en los artefactos de los coleccionistas. El cuarteto se ha quedado irremisiblemente roto, los tres supervivientes están desperdigados viviendo a ritmo lento. Sólo queda la música. Portentosa en su riqueza, inusitadamente lozana, grandiosa en su simplicidad: el pop eterno de los Beatles.
Cambio 16
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