Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1996/06/10 00:00

CUESTION DE ACTITUD

LAS NUEVAS DEFINICIONES EXPRESADAS EN EL XXXVI SALON NACIONAL DE ARTISTAS, HACEN CERCER EN EL NACIMIENTO DE UIN ARTE NACIONAL GENUINO

CUESTION DE ACTITUD

Ha sido verdaderamente radical el cambio que han experimentado las artes plásticas en los últimos años. Basta comparar cualquiera de los salones naciona les celebrados en la década de los 80 con la versión Nº 36 del certamen inaugurada la semana anterior en las eficientes instalaciones de Corferias, para comprender la profundidad conceptual de ese cambio y la inmensa distancia que separa los trabajos artísticos de hoy, de las obras realizadas hasta hace menos de una década.Las diferencias son abismales inclusive en La presentación del evento. Hoy la pintura y la escultura han pasado a ser minoría ante la proliferación de las instalaciones y las acciones o performances, la distribución no tiene nada que ver con los estilos o las técnicas, y muchas obras se desarrollan en complicados andamiajes, directamente sobre el suelo, e inclusive en excavaciones subterráneas. A pesar de tan difíciles requerimientos, el montaje del Salón es impecable: cada obra cuenta con un espacio adecuado que permite su aislamiento y análisis independiente, mientras que su disposición en distintos niveles hace el recorrido variado e intrigante.Lo realmente importante, sin embargo, es que en su contenido, el actual Salón Nacional es el más ambicioso, logrado e impactante que se ha llevado a cabo hasta la fecha; un certamen pletórico de imaginación e iniciativas, fresco y renovador, que revela argumentos y objetivos inéditos en el arte del país, y que hace inequívocos señalamientos sobre la orientación que habrá de seguir la expresión plástica en los inicios del siglo XXI.Ejes conceptualesEl Salón se ha dividido en cuatro ejes conceptuales, que, sin encasillar a los artistas, ofrecen pistas para indagar acerca de la obras y ayudar al observador a comprender los parámetros y propósitos de sus autores. En el primero de ellos denominado Arqueologías personales, se incluyen trabajos en los cuales la introspección juega un papel preponderante, como la máquina de coser con video sobre vivencias infantiles de Ana Claudia Múnera, la nostálgica instalación fotográfica de Patricia Bravo, el rebaño de extraños animales en cerámica de Rodrigo Callejas y la pared cubierta de herraduras que resumen el oficio de forjador de Cristóbal Castro.En este grupo se destacan también la poderosa imagen entre mitológica y onírica de Gabriel Silva y los ámbitos secretos de Jorge Julián Aristizábal. Pero las pinturas del Salón poco tienen que ver con las miras estilísticas y estéticas de los lienzos de otras épocas, hecho que se hace especialmente evidente ante un trabajo como el de Ana María Rueda, realizado con humo sobre un soporte de madera, ante las evocaciones familiares de Gustavo Benavides dispuestas de manera que el público tenga forzosamente que pisarlas, y ante el impresionante calendario de 365 pequeñas pinturas y collages de Luis Fernando Roldán.En el grupo que implica Reflexiones culturales hay igualmente obras de realización lograda y contenidos profundos como la gran fuente ceremonial de Germán Botero, el muro de los lamentos en alusión a la crisis política de Víctor Laignelet, las sátiras al consumo de Jaime Avila y Juan Fernando Mejía, los registros de la violencia de Pablo Van Wong, los inmensos lienzos con pequeñas representaciones de origen indígena de Germán Toloza, y la instalación de Carlos Uribe en la cual granos de arroz se desprenden de las espigas colocadas en la parte superior _como una especie de maná_ sobre un suelo metálico agrietado.En el eje denominado Revisiones se presentan obras que vuelven sobre los pasos del artista o que reconsideran la historia del arte. Entre ellas se encuentran así mismo trabajos de gran fuerza como las 'camisas-vánitas' de Ricardo Amaya, las nubes de mármol atrapadas en mesas metálicas de Consuelo Gómez, el meticuloso bosque circular de Teresa Sánchez, la precaria y efímera Sixtina de Franklyn Aguirre, y la demarcación territorial con alcances definitorios del estudio de Danilo Dueñas.También en este eje descuellan: el video sobre guardianes humanos y electrónicos de José Alejandro Restrepo, la instalación didáctica para dragones tairona de Nadín Ospina, la heroica pintura basada en una obra de Goya de Luis Luna, y las casas irónicas de Bernardo Salcedo, uno de los pocos artistas mayores cuyo trabajo no luce como una antigüedad en el perímetro posmoderno del certamen.El cuarto eje, finalmente, agrupa a aquellas obras que comprenden Procesos y desmaterializaciones, contándose entre las más sobresalientes: las mesas orgánicas de Delcy Morelos, el 'semen-terio' de Wilson Díaz, el pronunciamiento político-poético de Mario Opazo, el indagar en las entrañas de la tierra de Guillermo Quintero, las disquisiciones sobre la realidad de Leonel Castañeda y la espléndida instalación con acrílico, imanes y metales de Carlos Salas Silva.Punto aparte ameritan los performances, especialmente el de Adolfo Cifuentes, quien concientiza sobre la imagen de personas desconocidas, el de Alfonso Suárez que versa sobre la fragilidad humana, los pasos de María Teresa Hincapié llamando la atención sobre la naturaleza que se empeña en subsistir a pesar del concreto, el conjuro espiritual contra la violencia de Germán Martínez, el boxeador que María Elvira Escallón incita a golpear la pintura, y la aterradora acción del grupo de la Universidad de Antioquia en la cual seres humanos en bolsas de plástico parecen destinados a un frigorífico.Un amanecerpromisorioSería interminable mencionar todas las obras que ameritan una consideración especial porque, aunque no todas hacen gala del mismo interés, profundidad o trascendencia, se trata del primer Salón Nacional con muy pocos trabajos totalmente desechables, fallidos o superficiales. La mayoría de los participantes se expresa con vehemencia y con argumentos a veces profundos y coherentes, a veces sensibles y poéticos, pero que de todas maneras conllevan un aura de autenticidad y un sello de responsabilidad difícilmente identificables de manera tan generalizada en ningún otro momento del arte nacional.En el Salón es perfectamente claro que la idea de que el arte consiste en la elaboración de objetos destinados al comercio ha quedado atrás, al igual que el intento vanguardista de descrestar a la sociedad burguesa con innovaciones extravagantes. Es evidente así mismo que la adhesión a los estilos es cosa del pasado, y que una originalidad a toda prueba no constituye una gran preocupación de los artistas, quienes se apropian sin reato de los aportes de los otros con tal de plasmar con claridad sus contenidos, actitud que hace obsoleta la labor de la crítica erudita dedicada a cazar plagios y a descalificar influencias.Podría decirse, en conclusión, que en el trigésimo sexto Salón Nacional es manifiesto que una nueva conciencia social se ha convertido en el motor creativo de muchos artistas colombianos, quienes han comprendido que su obra sólo tiene validez cuando se relaciona con el público y logra una injerencia en su vida, su pensamiento o su conciencia. No obstante, la subjetividad es el punto de partida. Ya nadie mira afuera buscando paradigmas, las apreciaciones y reflexiones que se pueden observar en el Salón provienen en su mayoría de la introspección, de consideraciones interiores que _debido a las particulares condiciones que han determinado la cultura nacional_ constituyen un aporte de indiscutible significación para la comprensión de la realidad tanto social como vital del hombre de finales de siglo.Gracias a estas nuevas definiciones y actitud, por primera vez comienza a vislumbrarse la posibilidad de un arte genuinamente colombiano.

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