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| 7/30/2001 12:00:00 AM

Culto al desastre

A pesar de que se están celebrando con bombo y platillos los 50 años de existencia de la Escuela de Arte Dramático no hay que llamarse a engaño: está a punto de cerrar sus puertas.

Con frecuencia críticos, analistas, promotores de teatro y público enterado lamentan la poca calidad de nuestros actores y, por extensión, la pobreza de los montajes. Agregan a lo anterior la indiferencia de los medios masivos de comunicación frente a expresiones distintas a la llamada farándula que, dicho sea de paso, no es más que la pasarela de lo fatuo y artificial.

Sin remitirnos a la discusión sobre el valor cultural del teatro y del arte en general podemos afirmar que se vive en el país presente una evidente discriminación cultural, y poca o ninguna importancia se le concede a la educación artística y a la formación en el campo de la producción escénica.

De acontecimientos políticos intrascendentes hacemos demostraciones exageradas, en lo deportivo se vive entre el fracaso y el desborde del sentimentalismo nacionalista, del arte, una que otra nota olvidada en la esquina de un periódico. Así pasó con la Escuela Nacional de Arte Dramático: llegó a su fin después de 50 años; “toda una vida”, diría cualquier abuela mientras ve atónita los cambios en la ciudad de sus recuerdos.

Se acabó la escuela que formaba actores, la más importante del país, y nadie dijo esta boca es mía. Los llamados “encargados de la cultura” pasaron agachados como siempre, en silencio, pronunciando discursos insípidos pero, en realidad, apresuraron su final: rindieron culto al final. Ellos son nombrados para enterrar a las organizaciones. Con su retórica administrativa y la neutralidad que aparentemente los caracteriza echan tierra sobre el pasado y el patrimonio igual que enterradores de cualquier cementerio de segunda clase.

Acabar la Escuela es igual que demoler la historia, condenarla al olvido, llevar la cultura a un destino sembrado de dudas y desastres. De esta forma se ajusticia a un país y se le condena a la incomunicación, a callar ante los acontecimientos, a evitar la formación de las nuevas generaciones, que ven en el teatro un arte enriquecido para enfrentar el silencio y la resignación.

Sin teatro y sin arte la libertad y la igualdad son gaseosas palabras desorientadas en el imaginario colectivo que van enfermando hasta morir. Igual que la Escuela agonizan los centros de cultura, las revistas y muchas otras manifestaciones culturales: nadie dice nada. Mientras tanto los funcionarios de turno ven coronados sus logros por haber llevado a cabo “la reorganización del sector”. Su éxito ha sido acabar con una escuela en la que se formaron por 50 años los más notables actores y directores del país.

El arte vive en una especie de exilio por estos años. La injusticia ordena las acciones; los oportunistas gozan cerrando puertas, clausurando sueños, asesinando ilusiones. La casa desolada de la Escuela Nacional de Arte Dramático ya no es escenario y los actores desaparecieron. En el país según “la inteligencia” de los medios de comunicación y de los políticos hay otros escenarios y otros actores, y éstos, se sabe, no interpretan muy bien su papel ni son creativos. Así pues, negamos la cultura porque negamos la vida y damos saltos de rana cuando se clausura una ventana hacia la creatividad: ¡Adoramos la cultura del desastre!
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