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| 10/10/1988 12:00:00 AM

CULTURA: ¿PARA QUE?

Cultura elitista vs. cultura popular: revive el viejo debate ante cambio de guardia en la dirección de Colcultura.

Con las manos llenas de plata, mil veinte millones de pesos que salen del crédito Concorde, recibe Liliana Bonilla a Colcultura. Paradójicamente recibe un Instituto boyante, de las manos vacias de Carlos Valencia a quien le correspondió administrarlo los dos primeros años del gobierno del presidente Barco, con uno de los presupuestos de inversión más exiguos: 444 millones, en 1987.

Sin embargo, si hay diferencia sustancial-cerca de 600 millones-de un año a otro en el presupuesto, no las hay, de ninguna manera, en los criterios de los directores saliente y entrante sobre la descentralización como prioridad máxima de la política cultural de esta administración. Es más: Valencia Goelkel, el quinto director de Colcultura en los 20 años de creado y el más cuestionado por su gestión, luchó por conseguir que el presupuesto del 88 pasara de los mil millones de pesos y que el del 89 tuviera un incremento de 200 millones para que su sucesora pudiera trabajar con mayor holgura en los programas hacia la comunidad más desprotegida con que está comprometida el gobierno.
Y Liliana Bonilla, que empezó el empalme con Valencia dos meses antes de posesionarse, dice que no sólo continuará con la acción adelantada por su antecesor, sino que redoblará esfuerzos para que no haya un solo municipio o caserío del país sin biblioteca y casa de cultura como base fundamental para la irradiación de los programas a la comunidad y la recepción del patrimonio histórico, artístico y cultural de cada sector.

Como quien dice, con plata o sin plata, la llamada cultura-espectáculo financiada por el Estado, tal como lo anunció Carlos Valencia desde el primer momento de su gestión, no está presupuestada por esta administración. Tampoco, la de abrir o reabrir escuelas, llámense ballet o danza, coro o restauración, así esta última esté funcionando, parcialmente, en la actualidad. La financiación y sostenimiento de estas actividades por parte del Estado, corresponden a otra época, a otras políticas que, en definitiva, ya quedaron atrás. De todas formas, Liliana Bonilla lamenta que algunas de estas actividades y las temporadas espectaculares de la cultura no estén en su agenda en primer orden porque: "El ideal de un país es que llegue a un equilibrio cultural en todas sus manifestaciones" y afirma que mientras la cultura elitista no trascienda al país, la cultura popular será la imperante. Y de todas formas anuncia que, entre tanto, se estimulará y se apoyará, incluso económicamente, a todos los grupos que, por su propia iniciativa, ofrezcan espectáculos en sus diferentes expresiones.

EL ESTADO Y LA CULTURA
Aun cuando el panorama cultural de Valencia Goelkel parece desolador y un amplio sector sigue añorando la acción de Gloria Zea en los ocho años que le correspondió dirigir el Instituto, en estos dos años no sólo se salvó Colcultura de fenecer, como le aconteció al ICCE y a Insfopal, sino que afianzó su permanencia y su presencia al triplicar su presupuesto en los últimos dos años.

De los mil veinte millones de pesos que acaban de salir para este año, ya invirtió, al debe, 779, que tendrá que girar Liliana Bonilla a los 184 proyectos culturales que se aprobaron para Amazonas, Antioquia, Atlántico, Bogotá, Bolívar, Boyacá, Caldas, Caquetá, Cauca, Cesar, Chocó, Córdoba, Cundinamarca, Guainía, Guajira, Guaviare, Huila, Magdalena, Meta, Nariño, Norte de Santander, Putumayo, Quindío, Risaralda, Santander, Sucre, Tolima, Valle, Vaupés y Vichada, a través de los Consejos Regionales de Cultura los que, creados por acuerdo del Ministerio de Educación en marzo del 87, como organismos asesores de Colcultura, constituyen una de sus máximas realizaciones.

En un informe titulado "El Estado y la Cultura" que presentó en la apertura del Encuentro Nacional de Bibliotecas Públicas, celebrado recientemente en Bogotá, Valencia Goelkel hace un balance de su administración, diciéndole a los bibliotecarios: "Ustedes constituyen uno de los pilares básicos de los que dependen y en los que se apoyan todas las políticas culturales del Estado, todos los empeños de realizar iniciativas que asperen a tener una dimensión plenamente nacional(.. .) por eso reitero hasta la fatiga, la necesidad de intensificar la política de descentralización con el municipio como célula básica del desarrollo cultural. De lo contrario, la cultura en vez de aproximar a los habitantes del pais, proseguirá su tendencia a perpetuarse como un factor más de desigualdad. . . ".

La importancia dada a la Biblioteca Nacional no es meramente teórica: la catalogación de fondos, como el "Germán Arciniegas" y la actualización de los mismos, la ampliación de la sala de lectura y consulta que claman a gritos los usuarios, la conservación y la difusión de gran parte del patrimonio bibliográfico, documental y audiovisual a través de la sistematización y microfilmación son un hecho, así como el de cristalizar un viejo sueño: la Red Nacional de Bibliotecas, que se compartirá a traves de un convenio con la Biblioteca del Banco de la República.

El presidente Barco se empeñó y se empecinó en dejarle al país, con sede propia, el Archivo Nacional, que hoy se descuaderna entre el sótano y la azotea de la Biblioteca Nacional. "El ejecutivo -anuncia Carlos Valencia-presentará al Congreso un proyecto de ley que contempla conferirle el estatuto de Archivo General de la República. Dentro de un Sistema Nacional de Archivos e Información, la nueva institución asumirá, no sólo las responsabilidades y obligaciones de archivo histórico sino que incorporará servicios hasta ahora inexistentes en el país al constituirse en Archivo Público ".

La restauración al edificio del Museo Nacional y la apertura de la Galeria Nacional, nueva sección del Museo, en el edificio de fachada republicana frente al Palacio de Nariño, son otros de sus logros.

Finalmente, Valencia Goelkel, en su resumen de actividades, destaca las 50 becas Francisco de Paula Santander, por 50 millones de pesos que se otorgaron para la creación y la investigación a intelectuales de la antropología e historia, de las artes plásticas, de la literatura y la filosofia, de la música, el teatro y la danza.

LA CONTRA
Los críticos del mandato de Valencia son implacables: su dirección se concentró en la administración de los museos, del Instituto Colombiano de Antropología, de la Biblioteca, con subdirector, del Centro de Restauración sin escuela, de la Escuela de Arte Dramático sin alumnos y mucho menos con obras puestas en escena, y de la Orquesta Sinfónica sin los primeros atriles de cada una de las secciones y sin director titular. Esto, sin hablar del deterioro de todos los establecimientos empezando por el Teatro Colón. La administración Valencia responde: con un director asistente e invitados de talla internacional se puede dirigir la Orquesta. Se han abierto varios concursos para llenar los atriles vacíos y han tenido que declararlos desiertos, porque los concursantes no dan la talla. El cargo de director de la Biblioteca Nacional, a nivel de jefe de división se elevó al rango de subdirector de Colcultura, dependiendo únicamente del director de Colcultura y su director titular es el escritor Jairo Anibal Niño. La Escuela de Arte Dramático está funcionando normalmente: sus títulos, por primera vez, tendrán validez académica a través de la Universidad Nacional. La Escuela de Restauración sostiene dos cursos avanzados y no abrirá nuevas matriculas porque, por ley, Colcultura no puede dirigir estudios superiores y otorgar títulos. Si la Universidad Nacional continúa reacia a abrir la carrera de restauración, el Centro de Restauración ofrecerá cursos a nivel de postgrado, como existieron en los inicios de la administración de Gloria Zea.

A diferencia de los ministros, presidentes de empresas y directores de institutos de quienes, al ser removidos por el presidente Barco de sus importantes cargos, se dice que cayeron, Carlos Valencia salió de Colcultura en contra de la voluntad del Presidente, quien, hasta que no encontró la persona que lo remplazara e interpretara su política cultural, no le aceptó su renuncia presentada irrevocablemente en enero de este año.

Dolido con algunos sectores de la opinión pública por la incomprensión de su gestión, Carlos Valencia estuvo convencido hasta el último momento de que lo que hizo, lo hizo bien, interpretando fiel y celosamente el pensamiento del gobierno. Ahora, Liliana Bonilla tiene la palabra. --
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