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| 8/19/1996 12:00:00 AM

CURADORES QUE MATAN

Es mucho más respetuoso con los artistas no presentar sus exposiciones que presentarlas con cualquier criterio.

Para nadie es un secreto que la curaduría de una exposición -argumentación, contextualización, selección de obras, montaje- es fundamental para su éxito o fracaso, especialmente cuando se trata de pintores o escultores que son parte de la historia. Un curador puede acabar fácilmente con la reputación de un artista, por ejemplo, si no capta los procesos intelectuales que desembocan en su producción y la presenta sobre premisas equivocadas, si confunde sus objetivos o no descubre, comprende y enfatiza por lo menos los más significativos, y sobre todo, si no estudia y despliega la obra con una profunda convicción sobre el valor de sus argumentos y la importancia de su divulgación. Con poca suerte han contado en ese sentido dos grandes artistas colombianos cuyas exposiciones tienen lugar en la Biblioteca Luis-Angel Arango: Débora Arango y Luis Alberto Acuña. La exposición de Débora Arango falla primordialmente en su instalación, despachada por Alberto Sierra sin la menor consideración con los clímax de su trayectoria, como si todos los momentos de esta pintora -desde cuando era una estudiante hasta hoy- tuvieran la misma significación y todas sus obras la misma trascendencia. Afortunadamente el trabajo de la artista es tan personal y vigoroso, que ni siquiera la presentación atiborrada y monótona de la muestra logra ocultar del todo las razones de su logro. La exposición de Luis Alberto Acuña es mucho más lamentable. En este caso el montaje es impecable pero falla todo lo demás. La muestra es pobre, equivocada, y por lo tanto injusta, como si sus curadoras, Lucila González y Martha Segura, no hubieran tenido tiempo de investigar la producción del maestro y de ubicar sus pinturas más significativas, o como si no estuvieran realmente convencidas sobre la importancia de sus raciocinios creativos. Luis Alberto Acuña fue un artista que desempeñó un papel destacado en el ambiente nacional de los años 30 y 40, no sólo por la definida personalidad que fue cobrando su trabajo sino por ser uno de los iniciadores del indigenismo como ideal estético en el país. Acuña no fue el primero pero sí el más convencido y fiel exponente de las tesis del movimiento Bachué, y en sus pinturas y esculturas puede identificarse, tanto un sincero entusiasmo por las tradiciones, aspecto y valores campesinos, como una gran admiración por la historia del país, en particular por los mitos y legado del hombre precolombino. Pues bien, la muestra se plantea como antológica, es decir, supuestamente organizada para mostrar ejemplos de los momentos más sobresalientes en la producción del artista, pero excluye los trabajos más caracterizados de Acuña, aquellos sobre los mitos y deidades de los chibchas (Los dioses tutelares, Chiminigagua, Bachué) que además de contarse entre sus pinturas de más aliento complementan su visión acerca de la raza americana y de su aporte a la idiosincrasia nacional. Organizar una exposición sobre Acuña sin presentar esas pinturas es tan absurdo e inútil como organizar una exposición de Obregón sin considerar sus Cóndores. La desatinada aproximación esteticista -salpicada con prejuicios estilísticos y vanguardistas- a una obra cuya principal intención, sencillamente, no es estética, se ve corroborada por la sorprendente inclusión de numerosas copias de trabajos de los grandes maestros ejecutadas como ejercicios cuando el artista era un estudiante. El Banco de la República le queda debiendo al maestro Acuña una exposición que haga justicia con su obra y sea fiel con su pensamiento.
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