Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2003/01/12 00:00

Dalí visto por Dalí

Salvador Dalí, además de pintor, se destacó como un gran escritor. De ello dan fe obras como Vida secreta y Diario de un genio, en las que no sólo se conocen pormenores de su vida cotidiana como pintor, conferencista y 'show man' sino también sus opiniones y sus muy agudos y controvertidos comentarios sobre el arte del siglo XX, que para él no eran más que "caos y pereza".

Dalí visto por Dalí

A continuación se reproducen algunos apartes de Diario de un Genio (Journal d'un génie, su título original ya que Dalí escribió casi todas sus obras en francés) que llevó de manera interrumpida entre 1952 y 1964 y que Tusquets Editores publicó en 1983 en su colección Andanzas. 1952 Julio El 16 El vestir es esencial para triunfar. En mi vida son raras las ocasiones en que me he envilecido vistiendo de paisano. Siempre voy de uniforme de Dalí. Hoy he recibido a un joven más bien viejo quien ha venido a suplicarme algún consejo antes de emprender un viaje a América. El asunto me interesa. De modo que me visto de Dalí y bajo a recibirle. Su caso es el siguiente: quiere emigrar a América y triunfar no importa en qué, pero triunfar como sea. La mediocridad de la vida en América le abruma. Yo le pregunto: - ¿Tiene usted costumbres definidas? ¿Le gusta comer bien? Me responde con glotonería: - ¡Podría vivir comiendo cualquier cosa! ¡Judías secas y pan todos los días y durante años enteros! - ¡Esto es malo! -le digo pensativo, adoptando un aire preocupado. El se asombra. Intento explicarle: - Comer judías secas y pan todos los días es carísimo. Hay que ganarlos trabajando sin parar. En cambio si se acostumbra a vivir de caviar y champán no le costará nada. Sonríe como un cretino y cree que bromeo. - ¡Nunca he gastado una broma en mi vida! -le grito en tono autoritario. De pronto, me escucha completamente anonadado. - El caviar y el champán son cosas que le ofrecen gratuitamente ciertas señoras muy distinguidas, maravillosamente perfumadas y rodeadas de los muebles más bellos del mundo. Pero, para ello, se debe ser todo lo contrario de lo que es usted, quien acude a visitar a Dalí con las uñas de luto, mientras que yo le recibo de uniforme. Vaya a trabajar para procurarse judías secas. Es asunto suyo. Además usted posee la calidad prematuramente arrugada de una judía seca. En cuanto al color verde espinaca de su camisa es, sin confusión posible alguna, el color que caracteriza a los viejos antes de tiempo y a los fracasados. 1956 Mayo El 11 Todos los años -es normal- un joven solicita verme para preguntarme cómo se hace para triunfar. Al de esta mañana le he dicho: Para adquirir un prestigio creciente y duradero, es conveniente, si se posee un gran talento, que en tu adolescencia des a la sociedad a la que quieres una patada bien fuerte en la pierna derecha. Después, debes ser esnob. Como yo. El esnobismo se apoderó de mí desde mi más tierna infancia. Sentía entonces admiración por la clase social que, en aquella época, encarnaba una dama llamada Ursula Matas. Era argentina y yo estaba enamorado de ella, más que nada porque llevaba sombrero (en mi familia nadie lo usaba) y porque vivía en el segundo piso. Transcurrida la infancia, mi esnobismo no quedó circunscrito al segundo piso. Siempre quise estar en los pisos más importantes. Cuando llegué a París, era para mí una obsesión saber si sería invitado a todos aquellos lugares a los que creía debía serlo. Una vez recibida la invitación, el esnobismo quedaba satisfecho, al igual que se te cura la enfermedad en cuanto llama a tu puerta el médico. Más tarde, por el contrario, muy a menudo no fui a los sitios a los que fui invitado. O, si iba, me portaba de un modo tan escandaloso que no podían por menos que notar mi presencia, y en seguida desaparecía. Pero, para mí, el esnobismo, sobre todo en la época del surrealismo, constituía una verdadera estrategia, ya que, salvo René Crevel, yo era el único en frecuentar la alta sociedad y en ser recibido por ella. Los demás surrealistas no conocían este ambiente, y no eran aceptados en él. Ante ellos, siempre podía levantarme de pronto y decir: "Tengo una cena", dejándoles suponer o prever (lo sabían al día siguiente, y era todavía mejor que se enteraran gracias a intermediarios), que era una cena en casa de los Fancigny-Lucinge o en la de personas a quienes ellos consideraban como fruto prohibido porque jamás eran invitados por ellas. Inmediatamente después, cuando llegaba a casa de gente tan distinguida, practicaba otro esnobismo todavía más astuto. Decía: "Les ruego que me disculpen, pero deberé retirarme en seguida después del café, pues tengo que ir a encontrarme con el grupo surrealista", que les describía como un grupo aún más cerrado que el de la ar1stocracia y el de todas las gentes que ellos conocían, ya que los surrealistas me enviaban cartas de insultos y opinaban que la gente de la buena sociedad era muy gilipolla y que no sabía nada de nada... En ese momento, el esnobismo consistía en poder decir de improviso: "Miren, tengo que irme a la Place Blanche, donde hay una reunión muy importante del grupo surrealista". Esto causaba un gran efecto. Por un lado, tenía a las personas del gran mundo intrigadas de que yo pudiera ir a un sitio al que ellos no podían ir y, por el otro, llevaba de cabeza a los surrealistas. Yo, en cambio, iba siempre a los lugares a los que ni los unos ni los otros podían ir. El esnobismo consiste en situarse siempre en los lugares a que los demás no tienen acceso, lo cual crea en éstos un sentimiento de inferioridad. En todas las relaciones humanas, existe una manera de dominar por completo la situación. Era mi política para con el surrealismo. Habría que añadir aún otra cosa: era incapaz de participar en los chismes de todo el mundo, e ignoraba por completo quién estaba molesto con quién. Como el cómico Harty Landon, yo llegaba siempre a un lograr al que no hubiera debido ir. Por ejemplo, los Beaumont estaban enfadados con los López por culpa mía y de mi filme 'La edad de oro'. Todo el mundo sabía que no se hablaban, ni se saludaban si por casualidad coincidían, y todo por mi culpa. Pero yo, Dalí, imperturbable, iba a casa de los Beaumont y después me presentaba en casa de los López sin saber nada de sus rencillas, ni prestarles la menor atención. Como lo que había entre Coco Chanel y Elsa Schiaparelli, que se habían metido en una guerra civil de la moda. Comía con la primera, tomaba el té con la segunda y cenaba con la primera otra vez. Todo esto levantaba grandes torbellinos de celos. He sido siempre una de las pocas personas en vivir en los ambientes más paradójicos y más cerrados entre sí, y en entrar y salir de ellos a mi antojo. Lo hacía por puro esnobismo, es decir, por el frenesí de hacerme notar constantemente en todos los círculos más inaccesibles. El 13 Un periodista ha venido de Nueva York sólo para solicitar mi opinión sobre 'La Gioconda' de Leonardo. Le digo: -Soy un gran admirador de Marcel Duchamp, quien precisamente realizó esas famosas transformaciones en el rostro de 'La Gioconda'. Le dibujó unos pequeños bigotes, unos bigotes ya dalinianos. Encima de la fotografía añadió con letras muy pequeñas, que apenas podían leerse: L.H.O.O.Q. (el pronunciar cada una de estas letras en francés da como resultado expresar fonéticamente 'elle a chaud au cul'- N. del E.)¡Tiene el culo caliente! Siempre he tenido gran respeto por esta actitud de Duchamp, que en su época correspondía a una cuestión aún más importante: la de saber si procedía o no quemar el Museo del Louvre. Por aquellas fechas, yo era ya un ferviente admirador de la pintura ultrarretrógrada, encarnada por el gran Meissonier, que siempre he considerado como un pintor muy superior a Cézanne. Y, por supuesto, era de los que sostenían que no había que quemar el Museo del Louvre. Hasta ahora veo que se ha tenido en cuenta mi opinión al respecto: todavía no se ha quemado el Museo del Louvre. Es evidente que, si cualquier día decidieran quemarlo, debería salvarse 'La Gioconda' y, en caso de necesidad, mandarla incluso a América, y no solamente porque es de una gran fragilidad sicológica. En el mundo reina una auténtica giocondolatría. Algunos han expresado su admiración hacia ella de una forma muy rara, como el caso del individuo que la lapidó hará ya unos años, típico caso de flagrante agresión contra la propia madre. Si se supiera todo lo que Freud ha pensado sobre Leonardo da Vinci, todo lo que el arte de este último ocultaba en su subconsciente, fácilmente se deduciría que, en la época en que pintó 'La Gioconda', estaba enamorado de su madre. De una manera inconsciente, pintó a un ser que exhibe todos los atributos maternales sublimados. Tiene un pecho exuberante y ofrece a todos los que la contemplan una mirada maternal. No obstante, sonríe de una manera equívoca. Todo el mundo pudo ver, y ve todavía hoy, que hay en esta sonrisa equívoca una dosis de erotismo muy específica. ¿Qué puede ocurrirle, pues, al pobre desgraciado víctima del complejo de Edipo, es decir, del complejo que consiste en estar enamorado de la propia madre? Pues que entra en un museo. Un museo es una casa pública. En su subconsciente, lo ve como un burdel. En este burdel ve la representación del prototipo de todas las madres. La presencia angustiosa de su madre que le lanza una mirada dulce y le sonríe de una forma equívoca, le induce a un acto criminal. Comete un matricidio, tomando la primera cosa que tiene a mano, en este caso una piedra, y rompe el cuadro. Es la agresión típica de un paranoico... Cuando se despedía, el periodista me ha dicho: -¡Esto valía el viaje! ¡Soy, en efecto, de la opinión de que valía el viaje! He observado cómo él subía por la cuesta, pensativo. Al alejarse, he visto que se agachaba para recoger una piedra. Septiembre El 2 Profundamente absorto en mis sueños eróticos, escucho sólo vagamente la conversación de tres barceloneses que, como es de rigor, se sienten aún tentados a escuchar la música de las esferas. No hacen más que dar vueltas al tema de la estrella extinguida hace ya millones de años y de la que vemos no obstante la luz que sigue viajando, etc..., etc..., etc... Como no consigo compartir ninguna de sus "fingidas" estupefacciones, les digo que nada de lo que se produce en el universo me sorprende, lo cual, por otra parte, es la pura verdad. Entonces, uno de los barceloneses, un relojero muy conocido, me ha dicho, sin poder aguantarse más: -¿Que nada de todo eso le extraña? Bueno. Pero imagínese sólo por un instante una cosa: es medianoche y se insinúa en el horizonte un resplandor anunciando la aurora. Usted fija la vista en este fenómeno con curiosidad y de pronto ve aparecer el sol. ¡A medianoche! ¿Eso no le extrañaría? -No -respondo-, eso no me extrañaría en lo más mínimo. El relojero barcelonés exclama: - ¡Pues a mí eso me extrañaría muchísimo! Hasta el punto de creer haberme vuelto loco. Ha sido en este momento cuando Salvador Dalí ha dejado caer una de esas respuestas lapidarias de las que únicamente él conoce el secreto: - ¡Pues a mí me sucedería todo lo contrario! Creería que es el sol el que se ha vuelto loco. 1958 Septiembre Port Lligat, el 1 Es difícil mantener despierta la atención del mundo por más de media hora seguida. Yo he conseguido hacerlo durante más de veinte años. Mi lema ha sido: "Que se hable de Dalí, aunque sea para bien". He logrado por espacio de unos veinte años que los periódicos publiquen las noticias más fantásticas de nuestra época, enviadas por teletipo: París. -Dalí ha dado una conferencia en la Sorbona sobre 'La encajera' de Vermeer y el Rinoceronte. Ha llegado en un Rolls Royce blanco que contiene mil coliflores blancas. Roma. -En los jardines de la princesa Pallavicini, iluminados con antorchas, Dalí renace, surgiendo de improviso de un huevo cúbico recubierto de inscripciones mágicas de Raimundo Lulio, y pronuncia un discurso explosivo en latín. Gerona (España). -Dalí acaba de celebrar matrimonio litúrgico secreto con Gala, en la ermita de Nuestra Señora de los Angeles. Declara: "¡Ahora somos seres arcangélicos!". Venecia. -Gala y Dalí, disfrazados de gigantes de nueve metros, descienden por las escalinatas del Palacio Beistegui y bailan con la multitud congregada en la plaza que los aclama. París. -En Montmartre, delante de la Galette. Dalí se dispone a ilustrar su Don Quijote a tiros de arcabuz sobre piedra litográfica. Declara: "Los molinos hacen harina. Yo ahora, con harina, voy a hacer molinos". Y, llenando dos cuernos de rinoceronte de harina y de migas de pan empapadas de tinta litográfica, las proyecta violentamente, realizando lo que acaba de anunciar. Madrid. -Dalí pronuncia un discurso invitando a Picasso a regresar a España. Comienza proclamando: "¡Picasso es español -yo también! ¡Picasso es un genio -yo también! ¡Picasso es comunista -yo tampoco!". Glasgow.-El famoso Cristo de San Juan de la Cruz de Dalí fue adquirido por acuerdo unánime del Municipio. El elevado precio pagado por esta obra suscita indignación y promueve una encarnizada controversia. Niza.-Dalí anuncia un filme con Anna Magnani, La carretilla de carne, donde la heroína se enamora perdidamente de una carretilla. París. -Dalí atraviesa la ciudad llevando en procesión una flauta de pan de 15 metros de largo. Deposita la flauta sobre la mesa del escenario del Teatro de la Etoile donde pronuncia un discurso histérico sobre la cosmic glue de Heisenberg. Barcelona. -Dalí y Luis Miguel Dominguín han decidido realizar una corrida de toros surrealista, al final de la cual un autogiro, vestido de infante con un traje diseñado por Balenciaga, se llevará al cielo el toro sacrificado, que será inmediatamente depositado sobre la montaña de Montserrat para ser devorado por los buitres. Al mismo tiempo, en un Parnaso improvisado, Dominguín coronará a Gala, disfrazada de Leda, a cuyos pies Dalí saldrá desnudo del interior de un huevo. Londres. -En el planetarium se reconstruye la posición de los astros en el cielo de Port Lligat en el momento del nacimiento de Dalí. Se proclama, de acuerdo con el análisis de su siquiatra, el doctor. Roumeguere, la encarnación con Gala del mito cósmico y sublime de los Dióscuros (Cástor y Pólux). "Gala y yo somos los hijos de Júgiter". Nueva York. -Dalí desembarca en Nueva York vestido con un traje de astronauta de oro, en el interior del famoso "ovocípedo" de su invención: esfera transparente, nuevo medio de locomoción basado en los fantasmas provocados por los paraísos intrauterinos. 1963 Septiembre E1 19 Siempre es en la estación de Perpiñán, en el momento en que Gala procede a facturar mis cuadros que nos siguen en tren, cuando me asaltan las ideas más geniales de mi vida. Ya unos kilómetros antes, en Le Boulou, mi cerebro empieza a ponerse en movimiento, pero la llegada a la estación de Perpiñán da lugar a una auténtica eyaculación mental que alcanza su máxima y sublime cota especulativa. Permanezco largo tiempo en estas alturas y siempre me verán con los ojos en blanco durante esta eyaculación. Hacia Lyon, sin embargo, esta tensión empieza a disminuir, y llego a París completamente apaciguado por los fantasmas gastronómicos de la ruta, Pic en Valence, y M. Dumaine en Saulieu. Mi cerebro recobra su normalidad, aunque sin dejar de ser genial, como el lector hará bien en recordar. Pues bien, en este 19 de septiembre, experimenté en la estación de Perpiñán una especie de éxtasis cosmogónico más fuerte e intenso que los anteriores. Tuve una visión exacta de la constitución del Universo. El Universo, que es una de las cosas más limitadas que existen, sería, guardadas todas las proporciones, parecido por su estructura a la estación de Perpiñán, con casi la sola diferencia de que allí donde se encuentra la taquilla habría en el universo esa escultura enigmática cuya reproducción grabada me intrigaba desde hace varios días. La parte vacía de la escultura sería cuantificada por nueve moscas originarias de Le Boulou y una sola mosca de vino que representaría la antimateria. Lector, contempla mi ilustración y recuerda que todas las cosmogonías nacen de esta forma. ¡Buenos días!

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