Jueves, 19 de enero de 2017

| 1997/06/09 00:00

DE AQUI A LA ETERNIDAD

Con la muerte del maestro Carlos Rojas, Colombia perdió a uno de los pintores más brillantes de este siglo.

DE AQUI A LA ETERNIDAD

En plena calle, a escasos metros de la casa del pintor, inclinado sobre el cuerpo y la rodilla izquierda apoyada en el pavimento, Luis Fonseca intentó en vano masajear el pecho de su amigo íntimo, ese poeta gruñón con alma de niñocon quien había compartido durante los últimos 35 años una complicidad apenas reconocible por sus más cercanos compañeros de tertulia. Pero no había caso. El infarto había sido fulminante y antes de llegar a la clínica ya Carlos Rojas había coronado la eternidad. Eran las cuatro y 15 de la tarde del sábado 3 de mayo y el maestro, sin duda uno de los más importantes pintores colombianos del siglo XX, se disponía a visitar la Feria del Libro para escarbar curiosidades que sólo él sabía detectar. Buen lector desde pequeño, Carlos Rojas se había acostumbrado a coleccionar, además de lecturas, cualquier cantidad de objetos, piezas decorativas y antigüedades que más tarde, con el paso de los años y los viajes, lo convertirían en uno de los coleccionistas más refinados de Colombia. Precolombinos, arte colonial, arte religioso, art deco, art nouveau, arte contemporáneo, arte oriental, arte pop, artesanías... cualquier cantidad de figuras, jarros, cuadros y esculturas fueron ganando su propio espacio en su casa de tres pisos en Chapinero. Cada objeto con su propia historia y destinado a alimentar el espíritu, el mismo inquieto espíritu que empezó a llenar de miedo, sensibilidad, misticismo y prodigiosa creatividad en las largas y solitarias jornadas infantiles en el zarzo de su casa de Albán, contemplando los ocasos que quizás le anunciaron, sin alcanzarlo a percibir en ese momento, su ineluctable destino de pintor. Había aprendido a educar el ojo demasiado pronto como para intentar evadir el oficio deleitando a sus padres _y a sí mismo_ con la idea primigenia de volverse santo y más tarde con la de ser abogado. El derecho fue un capricho adolescente al que no le dedicó muchas disertaciones. Pero en cambio el seminario, adonde había ingresado de niño con el deseo de alcanzar la perfección y terminó abandonándolo sin remedio atormentado por sus propias dudas, de alguna forma le trazó el camino de un misticismo que cultivaría con sus propias convicciones panteístas y su simpatía por las filosofías orientales y que, por supuesto, se vería reflejado en una obra tan vital como su autor. Finalmente, y después de concluir que había tenido una infancia frágil y sola pero feliz, al lado de libros, jardines y atardeceres, se matriculó en la Universidad Javeriana en la facultad de arquitectura, por las mañanas, y en la Academia de Bellas Artes, en las tardes. La atormentada adolescencia en Bogotá, que lo llevó a descubrirse diferente, había por fin cesado. Su atención se concentraría ahora en sus estudios. En el colegio Virrey Solís ya había dado muestras de su desbordado talento manual. De hecho, se ganaba la vida vendiendo dibujos en la puerta de La Porciúncula. Incluso había ilustrado un libro de aves que copió del natural en el Museo de Ciencia Natural de la Universidad Nacional. Sería artista. Pero además rebelde y perfeccionista hasta la médula, al punto de abandonar la arquitectura por no ubicarse dentro de ella y la facultad de artes por resistirse a la tendencia académica de copiar. Ganó una beca para estudiar en Roma y entonces todo aquello fue como una revelación, no sólo porque a partir de aquel momento se transformaría en un viajero incansable sino porque Europa le abriría las puertas de esa modernidad con la cual solo había tenido contacto en los libros. Sin duda ya había atrapado el modernismo _de hecho en Colombia se erigiría en el pintor moderno por excelencia_, pero Europa le brindó el giro definitivo en su evolución artística, generado, entre otras cosas, por su acercamiento a la bauhaus y principalmente a Mondrian, el célebre pintor holandés a quien Rojas no se cansaría de rendir homenajes. Su inquieto peregrinaje lo lanzó a Canadá y Estados Unidos. Se instaló en Washington y empezó a permearse del jazz, del arte negro y del pop art, furor de la modernidad norteamericana, a tiempo que se devanaba los sesos en sus estudios de geometría cubista. Si sus investigaciones le ayudaron a definirse intelectualmente, sus viajes, y las sensaciones de esos viajes, madurarían su espíritu. Razón y vitalidad era lo único que necesitaba para desarrollar su obra. En Europa reafirmó sus raíces americanas y en Estados Unidos, de alguna forma, el sentido de la modernidad que plasmaría en el lienzo. Sólo bastaba regresar a Colombia a dedicarse de lleno a una creación que, gracias a su mente abierta, jamás se quedó estática. Por el contrario, casi por intuición recibió la influencia de las nuevas tendencias, claro está, con el beneficio de la duda. Sin embargo fue esa predisposición innata a no aferrarse a parámetros establecidos la que le permitió mantenerse siempre joven. No por otra razón, con cerca de 60 años, fue invitado a participar en la II Bienal de Arte de Bogotá, organizada por el Museo de Arte Moderno y en la que sólo participaron artistas jóvenes, una razón de peso que demostró que, como él mismo lo decía, no se le había apagado el bombillo y su renovación seguía intacta.Así trabajó hasta sus últimos días. Sus papeles pegados, serie de collages que eran al mismo tiempo un homenaje y una burla al cubismo; sus graciosas mujeres en faja, un certero guiño al pop art; su serie 'ingeniería de la visión', una juiciosa investigación en torno de la línea, el espacio y los límites; sus horizontes americanos, series cromáticas y lineales colmadas de color y vitalidad que hablan del paisaje y las telas de un continente aún por descubrirse; sus 'cruzados', cuadros decididamente místicos pero a la vez alegóricos de su asfixiante visión de Nueva York; sus religiosos 'dorados' y más tarde exploraciones de materiales en especies de ventanas que, nacidas de una sensibilidad social que lo hacía dolerse a diario de su país, reclamaban la visión justa de la miseria, corroboraron una carrera que se mantuvo siempre fresca, renovada. Pero aparte de una obra a la que se le debe, sin duda alguna, buena parte de la evolución de la pintura en Colombia, Carlos Rojas le regaló al arte nacional una generosidad sin límites, reflejada en sus largos años dedicados a la academia y su afán de dejar la herencia de lo aprendido a sus jóvenes amigos artistas. Quienes lo acompañaron en su bitácora de vuelo por la vida coinciden en afirmar que era un hombre cálido, a pesar de no tener otro medio de demostrarlo que a través de sus gruñidos y regaños de abuelo cascarrabias.Hace dos años había sufrido una operación del corazón y desde entonces sabía que su final estaba cerca. El último año lo había dedicado a clasificar y enmarcar su obra, pensando en su último sueño: la creación de un museo en Manizales que le legaría a las generaciones futuras. Al fin y al cabo había sido un eterno amante de la juventud y a ella dedicaría todo su trabajo.

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