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| 6/27/1988 12:00:00 AM

DE CUERPO ENTERO

"La casa de las dos palmas", lo mejor de Mejía Vallejo.

Mientras dialoga con los lectores que lo buscan en el lanzamiento de su novela "La casa de las dos palmas", durante el reciente festival de Cali, Manuel Mejía Vallejo apura un aguardiente, sonríe satisfecho, mira detenidamente el cuerpo cimbreante de una morena que atraviesa el salón y entonces, se enfrenta a los que quieren acorralarlo con preguntas e inquietudes sobre su oficio. Le preguntan que por qué lescribe y responde: "Escribo porque necesito contar las cosas que conozco, las historias que tengo guardadas y que merecen salir, porque hay personajes que no perdonarían si los guardo inéditos. Son historias que están ahí, que sólo hay que identificarlas y convertirlas en palabras, nada más sin artificios, tal como están en el mundo, sin aumentarlas ni disminuírlas".
En esa respuesta uno puede descubrir los mecanismos secretos de la atracción, que ejerce la prosa de Mejía Vallejo sobre miles de lectores, no sólo en Colombia sino en el resto de Latinoamérica y en otras lenguas: sin artificios, reproducir lo que mira de la vida, lo que los amigos le cuentan, lo que descubre con sus ojos socarrones, que van cerrándose más a medida que el aguardiente aumenta y la alegría lo invade. Así escribe, en esa finca que tiene cerca a Medellín y hasta donde los amigos bajan para observar de cerca el maravilloso proceso creador de un hombre que, a los 65 años de edad, enseña una vitalidad física y literaria, que ya quisieran algunos narradores más jóvenes.
Su nuevo libro, "La casa de las dos palmas", editado por Planeta, es Mejía Vallejo de cuerpo entero. Como habla, así son los diálogos. Como bromea con los amigos, así es el humor que rodea a personajes como estos, que comprenden que el destino trágico es más fuerte que ellos y sin embargo siempre tienen un postrer gesto de desafío o simplista arrogancia. Efraín Herreros, Medardo Herreros, Zoraida Vélez, Paula Morales, el cura, los arrieros, los personajes anónimos que habitan en ese pueblo llamado Balandú, una especie de Macondo a la medida del escritor antioqueño donde se da todo lo bueno, todo lo malo, todo lo ridículo, todo lo sublime, todo lo heroico, todo lo sensual, todo lo mortal que puede caber en las existencias grises de esta gente que sigue desde sus ventanas los acontecimientos que, sin rozarlos, marcan sus días de todos modos.
Algunos críticos como Germán Vargas Cantillo, sostienen que ésta es la mejor obra de Mejía Vallejo, la más madura, la más completa. Habría que agregar que aquí, 43 años después de haber publicado "La tierra éramos nosotros", nos encontramos con un autor que retoma los hilos, que hace un resumen vivaz de situaciones, personajes, héroes, demonios personales y circunstancias que han aparecido en novelas y cuentos anteriores, para describir ese infierno donde los moradores de Balandú respiran el aire tibio y donde la mitología de la tierra, los símbolos de la raza antioqueña, se funden con los fantasmas personales de un escritor que escribe sin alardes intelectuales, que se siente más cómodo con su sombrero y su carriel que, con vestido entero y corbata, escuchando las alabanzas que le hacen. "La casa de las dos palmas" contiene un lenguaje decantado, a su manera, pero más seco, más directo, aunque en ocasiones los sueños y las obsesiones de los personajes hacen que el tono lírico se imponga. Lo que son los personajes, lo que quieren ser, lo que aman y odian, la presencia de una hembra feroz como Zoraida, forman parte ya de la leyenda literaria colombiana. -
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