Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1984/12/10 00:00

DE GALERIAS

En exhibición obras de Guillermo Vallejo, Ma. TEresa Viecco y Héctor Franco

DE GALERIAS


Su pintura data de los últimos seis años cuando dejó de hacer plumillas que reproducían fotografías y comenzó a manchar con óleos sobre lienzo. En aquel momento, y aparentemente a partir de dicha acción, tomó lugar una precipitación estética incalculable con la que Luis Guillermo Vallejo se elevó desde el nivel de simple reproductor de imágenes preexistentes, al de creador que asombra por su novedad. Parte de este proceso evolutivo así como su obra más reciente están a la vista en la sala "Signos y Leyes" del nuevo edificio del Congreso de la República en Bogotá.

El asombro ante la figuración de Vallejo responde a varios factores. Uno de ellos es la velocidad con que, una vez dentro del territorio pictórico, ha recorrido el camino desde las manchas truculentas, hasta las primeras figuras expresionistas, hasta los personajes actuales, permeados de un enigmático contenido. Su calidad y las relaciones que entre ellos se dan dependen de lo inusitado de sus identidades y de la manera en que el paisaje como fondo universal aparece apoyándolos en forma discreta pero enriquecedora de posibles significados. El ajuste entre las identidades de las figuras, sus gestos, sus acciones y el paisaje, nos remite a una región evocadora donde los actos que se realizan eran ya conocidos por nosotros, sólo que no los habíamos podido recordar hasta verlos aquí, en estas pinturas, donde adquieren su plena trascendencia.

Porque aunque ya conociéramos a los personajes y al paisaje mismo, la manera en que se articulan en estos cuadros hace que pierdan su identidad habitual y entren a formar parte de un nuevo ajuste locacional, de una nueva coyuntura y de "otras" situaciones a partir de las cuales se generan valores que no existían previamente a la reciente combinación de sus presencias. Es así que el espacio como hueco que queda entre figuras paisaje, adquiere un valor intrínseco como vehículo para la carga poética de estos cuadros, rodeando a personajes y objetos con un aire sordo que los aisla y ata al mismo tiempo. Como si lo anterior fuera poco, la arquitectura representada en estos cuadros aporta una especial fantasía que se suma a los elementos que se pueden combinar significativamente, añadiendo a este discurso que se da de manera cada vez mas coherente.

A pesar de lo ubérrimo de la zona cafetera que sirve de fondo a la acción, los personajes que pueblan estos cuadros nos hacen sentir la soledad de la montaña y el lastre de campesinidad que cada uno lleva a cuestas. Vemos figuras que cubren la gama que va desde lo indígena, hasta tipos plenamente europeos, pasando por mestizajes calificados por actitudes clásicas de cada tipo o individuo. Estas graduaciones raciales, implementos, vestidos y actitudes, generan un encuentro poético con que el artista nos habla de una serie de posibles valores en coyunturas que se han ido apoyando con firmeza en la cada vez más certera ejecución que resulta en complejas imágenes y precisan una interesantísima intencionalidad estética.

Ella refiere la apasionada visión con que Luis Guillermo Vallejo nos hace sentir a su tierra y su gente, congregándolas en la momentaneidad definitiva de la verdad pintada.
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María Teresa Viecco en la Galería San Diego
Recién llegada de varios años de estadía en París, viene a aportar una dimensión de la figuración expresionista en boga últimamente y que está todavía por fuera de lo que en este momento hacen los colombianos. Quizás la única otra experiencia que se acerca a lo que ella trabaja sea la del artista Lorenzo Jaramillo, quien también se mueve por el lado de una violenta representación. Pero en el caso de la Viecco, la coloratura actúa más dentro de tonos adyacentes, a pesar de que cromáticamente se diferencien muchísimo, y la aproximación a la figura está marcada por una significativa falta de cuidado ejecutorio con el que se arriesga la pérdida del más elemental buen gusto. La exposición incluye dibujos, pinturas abocetadas y pinturas que conforman un conjunto a primera vista abigarrado y vibrante, y que se acompasa según uno lo mira con tiempo para comprender el aporte de seriedad en este trabajo de intencionalidad estética y decisión a ocurrir con la mayor resonancia posible, cuando la pintura vuelve por sus fueros y el expresionismo con tendencia sentimental amenaza con dominarla.
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Héctor Franco en la Galería Iriarte
Habíamos visto anteriormente pinturas de este artista pensando siempre que hacía pastiches de la obra de Antonio Barrera. Pero ahora definitivamente se presenta con lo que son casi copias: parece partir de pedazos conocidos de cuadros de aquel otro pintor, agrandando y desarrollándolos sin mostrar mayor creatividad ni interés por explorar territorios que le sean estéticamente propios. Es curioso que su obra esté expuesta en una galería supuestamente seria. Pero últimamente hasta se leen cosas por el estilo cuando párrafos acompañados de prestigiosas firmas que pertenecen a otras profesiones elogian cuadros fabricados contemporáneamente a nuestra época porque se parecen a los de Zurbarán. En el caso presente de más está decir que el gran beneficiado es Barrera, quien queda en la categoría de maestro cuando sus cuadros hacen "escuela". --

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