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| 4/2/1984 12:00:00 AM

DE REBOTE

¿Dónde se colocan los críticos de TV frente a la nueva programación?

DE REBOTE DE REBOTE
La intención no es repetir lo que se ha dicho en los últimos meses sobre la programación actual de la televisión, cosas que al parecer se han confirmado con la renuncia del ministro de Comunicaciones. Se trata, por el contrario, de devolverles la pelota a los críticos especializados y a los comentaristas ocasionales.
Primera contradicción
Veo tantas contradicciones en los críticos, que no resisto la tentación de abandonar el tema cinematográfico propio de esta colaboración para señalar al menos las tres más importantes.
En días pasados, en el programa "Juicio al cine y al TV", le planteaba al director de la revista Elenco una pregunta: ¿Dónde están colocados los críticos televisivos? Hasta noviembre de 1983 su gran preocupación eran los contenidos de los programas y los efectos de la televisión. Recordemos algunas frases publicadas que seguramente todos hemos leído más de una vez, porque han sido repetidas hasta el cansancio con la misma falta de originalidad que ahora los comentaristas le critican a los actuales programas de televisión: "La televisión se ha convertido en la gran nodriza que hipnotiza a los niños y está acabando con su imaginación creadora", "a los niños se los estupidiza con esos filmes en donde siempre llega a tiempo la policía", "programas que son un culto a la esterilidad mental", "el auditorio infantil sólo sueña con imitar a los héroes de la pantalla casera". Recuérdese también la preocupación cuando de Estados Unidos llegaba el dato estadístico que demostraba que "los niños pasan más tiempo viendo la televisión que en ninguna otra actividad", o cuando se rememoraban tiempos pasados en que "la familia se reunía para conversar, no para enmudecer hipnotizados por la intrusa del hogar". La intrusa, evidentemente, sería la televisión, la huésped nocturna, la misma que era inculpada de estar incidiendo en "la pérdida del sentido nacional, en la generalización de costumbres foráneas y de valores extraños, en el auge de las actitudes agresivas y de la violencia". No cito títulos ni autores porque la lectura se haría difícil, pero sobre todo porque esta visión era general, se volvió algo que no era preciso demostrar, que esporádicamente recibía el apoyo de alguna investigación (así se suele denominar una tabulación de encuesta que comprueban lo que el encuestador querría comprobar) como la realizada en Bucaramanga y que motivó comentarios en todas las páginas de los periódicos: "nuestros hijos preferirían haber nacido en Estados Unidos", "ellos consideran que el dinero y el poder son los valores fundamentales", "si volvieran a nacer querrían ser Supermán o El hombre nuclear", y todo esto por el influjo de la televisión.
A partir de enero de 1984 las columnas parecen escritas por otros autores. Se podría sospechar una barrida general de columnistas en los periódicos: "La televisión es diversión", "nuestro pueblo no tiene otra forma de divertirse distinta a la de ver televisión", "ante el aburrimiento de una televisión cultural los beneficiados van a ser los teatros y las casas de alquiler de betamax". La preocupación por la familia muda ante la TV se volvió angustia porque "presenciamos la desbandada de los jóvenes que antes permanecían en el hogar". Párrafos en que se lamentan porque "salió de la pantalla el invencible policía para darle paso al teatro clásico" o en los que ya no importan los contenidos ni los efectos, esos que en octubre de 1983 eran todavía el objeto central de las disquisiciones, porque lo que ahora es evidente es que en Inravisión "se olvidaron del televidente, del pobre colombiano que aspiraba a prender el televisor para entretenerse en el cansancio de su jornada diaria".
1984 queda para la posteridad como la fecha del descubrimiento más importante y profundo de nuestros comentaristas, que la televisión es diversión, y de la superación de lo que antes parecía la más absoluta de las verdades, que la televisión era un instrumento de inculcación de valores, costumbres y hábitos.
No es que yo crea en los efectos de la televisión en los valores y costumbres, ni que pida que se regrese a la posición que guió todos los comentarios hasta el día en que se conoció la nueva programación. Todo lo dicho hasta aquí no busca sino preguntar a los críticos: ¿Dónde están? ¿Desde qué punto están mirando la televisión? ¿Cómo se explica el cambio de posición?
Segunda contradicción
Cuando a comienzos de 1983 Inravisión realizó la encuesta de televidentes el editorial de El Tiempo lanzó una advertencia: "Es un arma de doble filo (la encuesta)...el gobernante debe ser ante todo un orientador de la opinión pública, aunque lo contrario, es decir, el gobierno por encuestas, sea con frecuencia más rentable políticamente. No siempre lo popular es lo mejor. El caso de los programas de televisión es un ejemplo muy claro... No es difícil prever algunas de sus conclusiones (de la encuesta): El Chinche tendrá una popularidad infinitamente superior a Yo Claudio, Los Borgia o Richelieu; El Chavo se impondrá sobre El Pasado en Presente... Pretendemos llamar la atención sobre un problema que puede surgir al darle demasiada importancia al gusto del televidente. La televisión debe cumplir un papel no sólo recreativo sino ante todo, pedagógico, particularmente en un país como el nuestro".
A raíz de este editorial otros columnistas apoyaron las reservas contra las encuestas y opiniones de los televidentes resaltando la función culturizante, nacionalista y formativa de la TV. El 17 de febrero de 1984, a sólo un año, en la misma página editorial del mismo periódico todos pudimos leer que "el máximo juez que es el público, dio su veredicto inapelable al rechazar por amplísima mayoría la nueva programación... (la teleaudiencia) desea ante todo pasar un rato entretenido, sin desatender por otra parte las exigencias culturales... El Estado debe atender los reclamos populares".
He citado el caso de El Tiempo por ser el más patético, pero se trata de otra contradicción generalizada: antes el gusto del público y sus deseos eran sospechosos, ahora son el máximo juez. Sospechosos porque entonces se pensaba en contenidos y cultura, en la función de la televisión como elevadora de la cultura de nuestra gente. Ahora son el máximo juez porque como se descubrió que la televisión es diversión y que su función es "ofrecer programas que contribuyan a distender los ánimos"...
Por eso todos los días aparece en alguna columna el reclamo por no haber consultado la opinión de los televidentes para la adjudicación de los programas. Y la nueva ministra de Comunicaciones cayó en la trampa y ya prometió una encuesta.
Tercera, no última, contradicción
Detrás de las dos contradicciones anteriores hay una concepción de ultura que requeriría revisión. En primer lugar, se contrapone, aunque se ven los esfuerzos para no hacerlo, cultura con diversión. La fórmula tan repetida de "la cultura tiene que ser divertida, agradable y la diversión no puede prescindir de lo cultural" no hace sino separar más las dos cosas, porque lo que se propone es la necesidad de unirlas, se acepta de entrada que "hay que hacer agradable la cultura".
En segundo lugar, se coloca a la cultura como algo interno al programa, a su contenido o a su calidad. Si se relaciona la cultura con los televidentes es para afirmar que a estos les falta, que son incultos y que ese "algo cultural" del programa debe elevarles su nivel, nunca para pensar la cultura como producción del televidente, como forma de percibir y organizar lo que se le transmite. Menos aún para pensar en la pluralidad de culturas.
Mientras se sigan haciendo estas dos oposiciones seguiremos eternamente peleando en cada nueva programación si se cayó en el populismo de divertir al pueblo con detrimento del nacionalismo, los valores y las costumbres, o si erró al "pretender culturizarnos por decreto".--
Hernando Martínez Pardo

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