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| 3/27/1995 12:00:00 AM

Y DE TOROS, NADA

Fernando González Pacheco analiza para SEMANA el final de una lánguida temporada taurina.

SI SE LE PREGUNTARA A CUALQUIER persona sobre lo que pasó en la temporada de toros que acaba de terminar, con seguridad sólo podría recordar dos cosas: la cornada de José Ortega Cano en Cartagena y el brindis de César Rincón a Darío Arizmendi, en Bogotá. Cómo sería de pobre el resultado de la temporada que esas dos fueron las únicas noticias que generó. De resto, nada más. La fiesta de los toros pasó sin pena ni gloria. O mejor, con más pena que gloria.
Pero aunque suene curioso, en esle triste balance nada tuvieron que ver los toreros. Si se quiere nombrar a los únicos culpables de lo mal que salieron las cosas, sólo hay que decir dos palabras: los toros. Con la clase de encierros que se lidiaron no podían ser mejores los resultados. Mil veces se ha dicho -y vale la pena repetirlo- que cuando el rey de la fiesta no funciona todo se viene abajo. Así esté en el ruedo el mejor torero del mundo.
Y ¿qué es lo que pasa con los toros en Colombia? Al parecer la preocupación de los ganaderos por conseguir encierros de mejor presencia ha hecho que se descuide la bravura. No se puede negar que en esta temporada los toros tuvieron más trapío, más edad, más peso. Pero no fueron bravos. Y ¿qué es mejor: un toro de mejor estampa o uno bravo que se deje torear y permita que el público salga contento de las plazas? Lo ideal es que cumpla ambas condiciones. Pero si hay que quedarse con una -así los ortodoxos se vayan de espaldas- prefiero inclinarme por los intereses del gran público.
La mayor crítica que se le hace a los ganaderos colombianos es que desechan muy poco animal. Sin embargo, hay que tener en cuenta que en este país no es fácil dedicarse a la cría de toros de lidia. Una comparación: el torero español José Miguel Arroyo, Joselito, acaba de ingresar al negocio y ya posee 1.000 vacas y 28 sementales. En esas condiciones es obvio que él pueda desechar todo lo que quiera. Para los colombianos la situación no es tan cómoda.
Lo cierto es que se necesita una solución urgente. Y el remedio parece estar en refrescar la sangre de las ganaderías. Algo que ya no es tan complicado, pues no exige traer sementales sino conseguir semen para inseminación artificial. Siempre he preferido las soluciones naturales, pero si de algo va a servir: que traigan varios frascos. Lo importante es que sea rápido porque los aficionados ya se están cansando.


QUIEN MANDA A QUIEN
Pero el problema que enfrenta la fiesta brava no es sólo la falta de buenos encierros. Hay otro tema que si no se maneja con cuidado también puede generar complicaciones: la ausencia de un reglamento taurino nacional. Actualmente cada ciudad tiene su propio reglamento, y algunos tienen normas un tanto absurdas. El de Medellín, por ejemplo, exige que cuando el toro sea castigado con banderillas negras, éstas las debe colocar el propio torero. No hay matador que acepte eso y tampoco todos saben poner banderillas.
Además de buscar un reglamento para todo el país, las autoridades deben hacerlo cumplir. Hoy en día los que mandan en las plazas son los toreros y sus apoderados. Ellos seleccionan las ganaderías, conforman las ternas y hasta escogen a dedo los toros que quieren lidiar. A los organizadores no les queda otro remedio que aceptar, pues de lo contrario se pone en juego la participación de los matadores en la temporada. En efecto, los toreros y sus apoderados están imponiendo su ley. Y a esto hay que ponerle el tatequieto lo más pronto posible.

EL CASO RINCON
Por último, este balance no quedaría completo sin hablar de César Rincón. Es obvio que no tuvo una buena temporada. Por sus lesiones y por la triste coincidencia de ver devueltos dos toros vivos en Bogotá. Sin embargo Rincón sigue siendo un torero de extraordinaria técnica y valor, características que lo convirtieron en una de las primeras figuras del mundo taurino.
Sin duda está pasando por un momento difícil. Pero el peligro es que está al borde de caer en uno de los peores pecados: la soberbia. Si bien es cierto que por asuntos extrataurinos la afición bogotana fue injusta con él, después esa misma afición le demostró cuánto lo quiere.
La Santamaría fue la plaza que lo vio hacerse torero. No es lógico que ahora esté pensando en vetarla. En lugar de eso Rincón debería demostrar que sigue siendo un torero de gran jerarquía. Lo de los toros vivos no tiene por qué desanimarlo. A todas las figuras les ha pasado. De hecho, en esta temporada les sucedió lo mismo a Juan Mora y a Pepe Manrique.
Y eso que, como se dijo al principio, los matadores hicieron todo por salvar el espectáculo. Tal vez lo único que se hizo evidente fue la falta de toreros lidiadores que puedan sacarle faena a un toro manso. De resto, se vio valor, arte y mucha voluntad. Los que más se destacaron fueron Enrique Ponce, Juan Mora y José Miguel Arroyo, Joselito. Además de la gran novedad -y quizás la única- de toda la temporada: el joven Pedrito de Portugal. Sin embargo es muy seguro que las dos figuras que van a dar de qué hablar en España durante este año serán Ponce y Joselito.
Por ahora hay que poner los ojos en la temporada española y esperar con calma la próxima en Colombia. Aunque como este país -para mal o para bien- olvida tan rápido, es probable que dentro de unos meses los aficionados ya estén felices porque se acercan de nuevo las ferias. Lo único que se le puede pedir al cielo -y a los ganaderos- es que para el año entrante los toros sean mejores. Que en 1996 la fiesta vuelva a ser brava.-
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