Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1983/02/07 00:00

DEL MATRIMONIO Y OTRAS JAULAS

Una visión del matrimonio burgués en seis relatos de María Fornaguera y Paulina Piedrahita.

DEL MATRIMONIO Y OTRAS JAULAS

María Fornaguera, "Sólo para exposas sin séxito" Carlos Valencia Editores, Bogotá, 1982, 98 páginas.
En estos seis relatos agrupados bajo el retorcido título de Sólo para exposas sin séxito, María Fornaguera con la colaboración de Paulina Piedrahita aborda el ámbito social del matrimonio burgués, con sus desconsuelos, crisis y eventuales recomposiciones, esa veta donde suelen pastar las revistas "femeninas" y de la cual la novela rosa extrae incansablemente sus materiales.
Ya en La farsa de Porahisi (1980), escrito también en conjunción con Piedrahita, la autora había sacado a relucir su destreza para adentrarse en los cotos cerrados de cierto género narrativo, de apropiarse de los ardides y de las técnicas expresivas correspondientes y, a la vez, de desbordarlo y minarlo por la vía de la parodia y de la ironía. En esa obra incursionaba en los parajes de la ciencia ficción, del alegato ecológico contra la deshumanización de un mundo futuro atosigado por la tecnología y la burocracia, y conseguía armar un universo de sostenido aliento poético en el que la fantasía no se cortaba de la esfera de lo contingente.
En esta ocasión se trata de un libro de cuentos burlón, que se deja deslizar conscientemente en las entonaciones que caracterizan a esta subliteratura (cuyo paradigma sigue siendo la obra oceánica de Corín Tellado) donde, por decir lo menos, toda consideración crítica sucumbe en el torrente de sentimientos y el orden amoroso hace reflotar la jerarquía y disciplina sociales. Pero se deja deslizar hasta el punto al que quiere llegar, más allá del cual el libro se vuelve otra cosa.
La socarronería de Sólo para exposas sin séxito sabe muy bien que este género rosa ha sido sometido a innumerables análisis críticos (de los cuales aquellos prohijados por el movimiento feminista no constituyen sino una vertiente) que han puesto sus más recónditos engranajes al desnudo. Pero también sabe que, a raíz de estos cuestionamientos elementalmente justos, se ha establecido un arsenal de desmitificaciones gastadas, de lugares comunes bienpensantes y "progresistas".
Así, María Fornaguera no intenta literaturizar el tema del machismo y de la condición femenina en su desarrollo histórico, sino de vivenciarlo en su realidad concreta. De manera que al pensar las desigualdades en la relación entre hombre y mujer dentro de una estructura caduca se desembaraza no sólo del pensamiento tradicional patriarcal (que aun en trance de desmoronarse sabe arreglárselas para activar su vena emabucadora), sino también de la burda trama de una ortodoxia gritona que apenas deja vislumbrar en el tejido de la historia, aparte de la economía, hecho alguno.
Esto es, la inmediatez del contenido satírico de critica social, la captación de lo visible, se ramifica y afina en indagaciones que problematizan el recetario fácil de las consignas al uso. El filo de estos relatos no se ceba meramente en las implicaciones sociales localizadas: se endereza asimismo frente a las tranquilizadoras certidumbres de recambio, frente a las alternativas convencionales. Sólo para exposas sin séxito requiere una lectura sumamente cuidadosa en cuanto se producen cortes levísimos --casi imperceptibles-- del hilo conceptual de las narraciones. Los dobles sentidos y ambiguedades que se sobrecruzan ponen a raya a quienquiera ceñirse a la linealidad del texto o a una visión simplista de la representación de procesos reales.
El tono leve y zumbón que impregna los cuentos El puente está quebrado y La otra cara se asemeja a la atmósfera de Tres novelitas burguesas de José Donoso (cf. sobre todo Chattanoogachoo-choo). Por supuesto que allí resuenan las relaciones sociales, pero su fuerza vivificadora consiste en que las imágenes de la vida que suscitan traen consigo una revelación de la domesticidad cotidiana.
En El último reportaje se asiste a un ejercicio de humor negro con un final de corte esperpéntico. Y en el relato que cierra el libro, El juicio de Perigonín, Fornaguera recupera la condición verbal de La farsa de Porahisí (ya exenta de excesos esotéricos), y logra amalgamar las resonancias orwellianas (la alusión a las anticipaciones de 1984 y de Rebelión en la granja es inevitable) con las pulsaciones de la sexualidad femenina.
Sólo para exposas sin séxito se cierne, en definitiva, tanto sobre las ataduras conyugales del presente como sobre las temibles imposiciones de un futuro programado. Y obras como ésta, que saben ser mordaces en un terreno propenso a tratamientos que linden con la extravagancia, son más bien excasas. Obviamente no resta sino decirles a María Fornaguera y a Paulina Piedrahita que no dejen de excribir.
Hernán Antonio Bermúdez

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