Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1983/02/14 00:00

DEL OLIMPO Y DE LA HISTORIA

La última obra de Augusto Pinilla, desprovista de hallazgos y afectada, mezcla de realidad y ficción, historia y mitología.

DEL OLIMPO Y DE LA HISTORIA

Augusto Pinilla: El fénix de oro, Instituto Colombiano de Cultura, Bogotá, 1982, 179 páginas.
"La extrañeza de su verbo pedregoso" (p.132)
"El fénix de oro" es el tercer libro de Augusto Pinilla. Anteriormente habían aparecido "Canto y cuento" (1978) y "La casa infinita (1979), éste último finalista del premio de novela colombiana Plaza y Janés del año de su publicación. En la primera obra, como su nombre lo deja entrever, reunió cuatro poemas y cuatro narraciones. Del escarceo con la poesía lo menos que se puede decir es que de eso no resultó ninguna relación seria, en cambio, uno de los relatos, "El encuentro", constituye la mejor pieza narrativa escrita por Pinilla, que sus libros posteriores no han sido capaces de superar. Allí se tejía una sutil red de reminiscencias y alusiones en torno a las circunstancias de un atentado fallido contra Simón Bolívar en Jamaica, y cuyo protagonista prefigura la afición del autor por fabular con base en personajes extraídos de la historia, que se hará visible en los acontecimientos de carácter épico narrados en "El fénix de oro".
"La casa infinita", novela interminable de 337 páginas, esta construida con párrafos plagados de fatigosas explicaciones y reiteraciones, en los cuales siempre parece haber palabras de más o de menos. Su ritmo árido y entrecortado acaba por exasperar incluso al lector más indulgente. La trama gira alrededor de encuentros y desencuentros, de predestinaciones y encadenamientos de seres humanos condenados a seguir el trazo que les señala la fatalidad. Los eventuales aciertos de la ficción novelesca quedan desdibujados o velados por la aspereza de la prosa de Pinilla.
Casi al final de "La casa infinita" se anuncia el título de libro siguiente"... cuando Misana les dijo que ella no quería hacer nada distinto esa noche, que ir al teatro Aladino, a dos cuadras, a ver una película llamada el Fénix de Oro. No sé de qué pueda tratarse, dijo, pero me encanta el título". (p.331).
A decir lo cierto, "El fénix de oro" por momentos semeja no a una película argumental sino, en todo caso, un documental de epopeyas históricas. En lugar de desplegar una acción narrativa propia, la obra se limita a exponer, en forma de diálogo-discurso entre dos hermanos letrados, algunos hitos de las civilizaciones egipcia, griega, romana y europea, y a relatar pasajes de la conquista de América, de la resistencia indígena, de las guerras de independencia hasta concluir en los yugos neocoloniales contemporaneos.
Esta crónica de mitologías y de eventos caros a la cultura occidental le otorga un singular séllo pedagógico al libro. De ahí el paso fugaz pero inevitable de Napoleón Bonaparte Cristóbal Colón, Galileo Galilei, Voltaire, Cagliostro, Francisco de Miranda, Nariño, obviamente Bolívar, Atahualpa, parte del elenco de de "La Ilíada y La Odisea", dioses del Olimpo, figuras connotadas del Imperio romano, Jesús Nazareno y su séquito bíblico, entre otros.
Las asociaciones epónimas instigadas por la lista anterior se funden y confunden con los personajes inventados por el autor, dueños de nombres caricaturescos, como Salamandrio Viracocha, Gary Aftosa y Roberto Roya. Estos se insertan, de manera subsidiaria, en el recuento histórico. Testimonio de esta mezcla de hechos reales y ficticios es, por ejemplo, la inclusión de Zacarías Alvarado, de nostálgica recordación en "El otoño del patriarca", en la galería de dictadores latinoamericanos.
La baraja de nombres y portentos da pie para que el narrador se enfrasque en una irrefrenable meditación, a caballo entre la prédica especulativa y la homilía política, sobre las ramificaciones del "destino" que parece acompañar a los países latinoamericanos, secularmente avasallados por potencias extranjeras, según se nos hace descubrir.
Al margen de los reparos y reservas que puede suscitar una obra de tales características, desprovista de hallazgos susceptibles de enriquecer el caudal de verdades trilladas en torno a América Latina, no es posible dejar de advertir los estragos causados por la entonación retórica.
Véase si no:
"... crecían en prodigiosa progresión geométrica en los mercados aquende la costa y allá de las atlánticas aguas pero era sólo la moneda de acá la que caía vertiginosamente en su valor como hundiéndose para no retornar en las profundísimas aguas nombradas mientras la de acullá se alzaba tanto en su valor que parecía como si le hubiesen nacido alas de diamante y platino".
(p.165).
Pese al grado de afectación, no se trata ya de la cojera gramatical frecuente en "La casa infinita", responsable de que las frases parecieran truncas cuando no sobrecargadas. Con todo, la escritura de Augusto Pinilla en "El fénix de oro" carece aún de brillantez literaria. "Pero me encanta el título", dijo Misana. --
Hernán Antonio Bermúdez

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