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| 4/14/1986 12:00:00 AM

DEL POP AL OP

En Bogotá, tres pintores -Wesselman, Sanín y Sandri- marcan esta evolución.

La Galería Quintana de Bogotá tiene a la vista del público una muestra individual del importante artista americano, considerado como uno de los maestros más representativos del movimiento POP. Al mismo tiempo, Wesselman es de los pintores de Estados Unidos que posee una indiscutible reputación internacional. La obra que de él se ha traído oscila entre formatos pequeños y medianos, e incluye pinturas, dibujos silueteados en aluminio y hierro, pintados, y esculturas.
Tal vez hoy en día, cuando han vuelto a campear por sus fueros los gustos por la exuberancia y los desplantes del expresionismo, así como las técnicas más tradicionales, se vea un poco extraña esta exposición entre nosotros. Al fin y al cabo ella responde a una calculada frialdad ejecutoria que intenta, y consigue, establecer una considerable distancia entre estímulo y reacción en lo que a comunicación con el espectador se refiere. También es cierto en este contexto que el estilo de Wesselman surge de situaciones referidas a conyunturas específicas de la historia del arte americano, y eso puede hacer su muestra aún más curiosa, o inicialmente incomprensible. Por ello vale la pena recordar que en los años sesenta, y como respuesta figurativa al dominio del gusto abstractoexpresionista, que por aquella época ya se había dogmatizado, un grupo de artistas, sobre todo pintores, se dio a la tarea de descubrir y extraer de los lenguajes de la publicidad, de las tiras cómicas y de los empaques comerciales, entre otras fuentes, la opción de una nueva estética cifrada en la inmediatez del mensaje, la sencillez de la ejecución y la eminente, egregia, banalidad del tema.
Esa actitud e intenciones tuvieron un considerable impacto entre nuestros artistas de unos años más tarde, dando lugar a un cúmulo de manifestaciones de tipo personal, que en ciertos casos quedaron fijadas en la expresión POP (Sonia Gutiérrez y Edgar Silva, entre otros), o dieron lugar a significativas variaciones posteriores (como sucedió con Bernardo Salcedo, Santiago Cárdenas y Beatriz González, entre otros). Quizás por ello, sea fundamental ver entre nosotros la obra, en carne y hueso, y no solamente su reflejo, de un maestro POP de primera importancia. Los asuntos que trata Wesselman en su trabajo reciente, por lo menos según lo atestigua la exposición en la Galería Quintana, aluden, más frecuentemente, a lo erótico como imagen que se ofrece para ser masivamente consumida. En esos términos, se ajusta a las exigencias de la escuela tal y como la misma se planteó desde un principio, con los colores planos que intentan no evidenciar la mano que los pintó y que ocurren como por medio de algún proceso impersonal e industrializado, configurando imágenes que pese a lo morboso de su tema mantienen el alejamiento de la emocionalidad posible en la respuesta del espectador. Y es en ese distanciamiento, precisamente, donde se origina el buen gusto y la efectividad en el logro de propósitos fundamentales. Ello, debido a la economía de medios y al contenimiento de la intencionalidad lo cual, lejos de apagarla, la inflama, pero al interior de su propia carga de significaciones.

ROSA SANIN
Con formas eminentemente orgánicas aunque claramente silueteadas, cortadas, unas contra otras, Rosa Sanín hace cuadros en los cuales el drama principal está constituido por las actuaciones cromáticas. Las zonas de distintos colores son planos, cuyas localizaciones espaciales intercambiables en términos de positivos y negativos, sutiles, pero claramente sentidos, forcejean entre sí por ocupar puntos en variables lejanías del ámbito imaginario de su pintura.
Pictóricamente hablando, estas imágenes de la Sanín surgen de referencias muy disimiles que pueden ser la limpieza del color del movimiento de Stijl y del purismo de principios de siglo, junto a una manera de siluetear que parece originarse en el gusto del Art Deco y en la estética del POP, mientras que su propósito eventual en términos de las vibraciones cromáticas con las cuales incidir sobre el espectador se sitúa en el campo de las preocupaciones opticas. Todo lo cual configura una imagen muy singular, de indudable originalidad, recóndita y casi inalcanzable. La obra de Rosa Sanín es crítica para cualquiera que no esté iniciado en las cuestiones profesionales de la pintura, de la teoría del color y de la construcción refinada de los efectos espaciales a través de vibraciones por contrastes de croma, que crea tensiones significativas sobre el plano pictórico. La suya es una pintura intelectualmente terminada cuando se presenta ante nosotros, dando lugar, sin embargo, a elucubraciones sobre la marcada intencionalidad con que aparenta cerrar posibles discusiones, para afirmarse, sin embargo, como entelequia al mismo tiempo orgánica, sensual, geométrica, abstracta y sobre todo, lírica.
Su trabajo más reciente, que actualmente se muestra en las salas de la Cooperativa de Artes Plásticas de Bogotá, se distingue de sus apariciones anteriores por una mayor nitidez, quizás un más marcado énfasis en la gama de los verdes y el efecto que ello provoca a partir de la presencia, aún dominante, de los tonos rosáceos. Así obtiene efectos casi metálicos que afianzan la imagen de una terminación total, que no admite discusiones y que califica a cada una de las formas de color con voluntad tremenda, no obstante el intercambio hermosamente lúdico que se da entre ellas.

LUIGI SANDRI
Su actual exposición en la Galería Acosta Valencia es episodio subsiguiente a los anteriores de su producción, que estructuran una historia metódicamente relatada y que hace pensar en una clara intención de afianzar conocimientos dentro de un marco de referencia que tiene al ojo como público fundamental y gran lector. Pero no es, el que le interesa a Sandri, un ojo literario ni contaminado por cualquier otro tipo de sabiduría que no sea, estrictamente, el de la plástica: se interna cada vez más en la búsqueda de una verdad que, aunque aparentemente científica, está localizada en el territorio de la poesía.
Verdad explícitamente válida para la sensibilidad óptica y visual que se asocia a las grandes escuelas de investigación estético-fisio-química que tuvieron el nominal interés por aclara la naturaleza y consecuencias de distintos estímulos cromáticos. Esas escuelas descubrieron que los campos de color, puntos, líneas y texturas eran percibidos de tal manera por el aparato retinal, que se gestaban configuraciones no pintadas, pero fuertemente sugeridas, que hacian cuestionable lo que se sabía sobre el proceso de la visión, y la visión misma. Esta duda fue tanto científica como filosófica, e impugnó lo visual como pertinente a la sensualidad más engañable, al tiempo que celebró la dimensión imaginativa pura, engañable, de lo visual, todo ello con el fin de hacer propuestas que iban más allá de lo científico para internarse en un área de expresión muy especial de las artes plásticas. En ella tuvieron gran impacto figuras internacionales coma Vasarely o varios de nuestros hermanos venezolanos, como Soto y Cruz Diez, quienes, junto con muchos otros artistas, integraron el grupo Art Vivant y la tendencia del Op Art. Durante mucho tiempo ese grupo incidió notablemente como vanguardia en el campo de la investigación estética desde el laboratorio que puede ser, si se lo propone, el taller de un pintor.
Dentro de los parámetros de tal espíritu, la obra de Sandri se ha desarrollado consecuentemente, quizás con aparente lentitud, pero con fortaleza y convencimiento. Ha insistido en explorar minuciosamente distintos argumentos visuales como para construir una huella, no tanto de su propia trayectoria como del conocimiento que el hombre tiene de su aparato perceptual. Así, se ha acercado a la interpretación que puede darse a la que, de no mediar esta clase de búsquedas, serían consideradas, apenas, percepciones sensoriales.





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