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| 8/10/1998 12:00:00 AM

DEL SOL Y DE LA LUNA

La de Teotihuacán en el Museo del Oro es una muestra excepcional sobre la primera ciudad planificada del continente americano.

No han sido muy frecuentes en Colombia las exposiciones de material arqueológico de otros países, lo cual es comprensible si se tiene en cuenta la valiosa información que contienen sobre el pasado de la humanidad, su inherente fragilidad y los riesgos que se corren con su manipulación y transporte. Por esta razón, y por su rico contenido antropológico y estético, la exposición de piezas procedentes de Teotihuacán que se presenta en el Museo del Oro es una muestra excepcional, la cual permite no sólo percatarnos de la sensibilidad e ingenio de quienes tuvieron a su cargo el modelado, la talla y la pintura de los trabajos que se incluyen, sino asomarnos a los rituales y a la vida cotidiana de una de las culturas más desarrolladas de la época precolombina, así como a la organización social y politico-religiosa de la primera ciudad planificada en el continente americano. La muestra está compuesta por 177 piezas, entre las que figuran grandes obras en piedra, como los crótalos, con los cuales se inicia el recorrido, y como una cabeza de serpiente que se hallaba ubicada en la fachada del templo de Quetzalcóalt, la cual da cuenta de la forma de clavo empleada para adosar este tipo de ornamentación a los muros y conserva restos de pintura en estuco blanco y rojo, permitiendo reconstruir en la mente la imponente apariencia del edificio. Dos almenas, una en cerámica y otra en alabastro, en las cuales se representa la principal deidad de Teotihuacán, Tlaloc, dios del agua, motivador de la vida _reconocible por las anteojeras, la bigotera, los tres colmillos y la lengua bífida_, quien aparece soltando gotas de agua de sus manos y en conjunción con la estrella de cinco puntas que representa a Venus, constituyen así mismo un claro testimonio de la soberbia ornamentación arquitectónica de la urbe. Un fragmento de pintura mural realizada en estuco rojo, cuya figura principal es un cánido o perro criollo con garras amenazantes y que por estar acompañado de otros cánidos más pequeños relacionados con conchas, caracoles, la caparazón de una tortuga, una garza y una serie de ondas acuáticas permite vincularlo igualmente con Tlaloc, es a su vez un valioso documento sobre la decoración interior de los templos y permite comprobar que la función de este tipo de pintura en Teotihuacán era eminentemente religiosa, no histórica como en otras culturas de la región. No sobra mencionar que no se conocen o son muy escasas las figuras de cánidos en la arqueología suramericana. En cuanto a la representación directa de deidades la muestra incluye, así mismo: una serie de vasos con la fisonomía de Tlaloc, identificado también con el trueno como antecesor de la Iluvia; una vasija con la imagen del dios gordo o de la abundancia, y un brasero con el rostro arrugado del dios viejo o dios del fuego. La personificación de todas las deidades de Teotihuacán estaba perfectamente estandarizada, lo que permite reconocerlas de inmediato a diferencia de lo que sucedía en la mayoría de las culturas prehispánicas. Más abundantes, sin embargo, son las representaciones antropomorfas relacionadas con el acontecer cotidiano, el cual, de todas maneras, estaba íntimamente ligado con la religión como lo demuestra el hecho de que muchas de ellas fueron incluidas en los ritos funerarios. Entre estas representaciones llama la atención una máscara con los ornamentos propios de los sacerdotes, la cual conserva una buena proporción de los colores verde, amarillo, rojo y blanco que la cubrían y que le otorgan un singular atractivo, y también un brasero tipo teatro o incensario ceremonial, en el cual la máscara luce un complejo tocado elaborado a base de apliques, que también conservan vestigios de los colores mencionados y que ostenta además incrustaciones en mica que le añaden brillos y reflejos a su espectacular diseño. Igualmente admirable es una refinada urna funeraria antropomorfa, que se ha tomado como el emblema de la exposición y que muestra en la parte interna de la puerta que se abre en su torso, el alma del difunto ataviada con el ajuar correspondiente a su posición social. La figura también presenta residuos de pintura en el rostro, cuyas facciones resumen el ideal de belleza física de la población: una cabeza triangular, ojos alargados, nariz ancha y labios destacados y bien definidos. Estos mismos rasgos son reconocibles en una exquisita serie de máscaras con la boca entreabierta realizadas en piedra y cerámica, las cuales eran colocadas sobre el rostro en los fardos funerarios. Especialmente elocuente acerca de los usos y costumbres de la sociedad de Teotihuacán es el material de una ofrenda encontrada bajo un altar, el cual se hallaba distribuido en cinco niveles, tal como se ha dispuesto en la exposición. Las piezas reproducen escenas de la vida diaria en las que figuras femeninas realizan algunas tareas y cargan objetos y formas zoomorfas difíciles de identificar. Las imágenes son pequeñas y bastante planas pero lucen elaborados atavíos, destacándose los inmensos tocados femeninos cuya pintura recuerda los tejidos de la cestería, y también la imagen de uno de los niños que se chupa un dedo en un singular alarde de realismo. No hay diferenciación sexual en las figuras de Teotihuacán; los hombres sólo se distinguen de las mujeres por sus rasgos y vestimenta. También son dignas de especial atención: la curiosa figurilla de una mujer encinta acostada frente a un curandero, una figura antropomorfa articulada de manera que se pueden mover sus brazos y sus piernas, la representación de un mercader ofreciendo unas vasijas con tapas removibles, la cual hace gala de un terminado más lustroso que el del resto de las piezas, y los numerosos recipientes de tres patas, muchos de ellos realizados en la fina cerámica anaranjada característica de la ciudad y decorados con figuras, como la del jaguar, superpuestas mediante delgadas capas de arcilla en la técnica conocida popularmente como pastillaje. Teotihuacán tuvo amplio comercio con otras poblaciones de México y Centroamérica, a las cuales exportaba puntas de flecha y lanza, cuchillos rituales e inclusive figuras trabajadas en obsidiana verde y negra, un material en cuyo manejo eran verdaderos especialistas, e importaba alimentos y materiales como mica y la llamada piedra verde. Su influencia en otros grupos sociales mesoamericanos es evidente. Pero aunque son numerosas las piezas de la exposición que permiten establecer comparaciones con hallazgos arqueológicos de las culturas que habitaron el territorio nacional _entre ellas el patojo, las figuras con vasos a sus espaldas y las vasijas con representaciones zoomorfas_ es claro que no se trata de una influencia directa sino de coincidencias que se dan en diferentes épocas en todo el continente americano. La exposición hace gala de una cuidadosa y eficaz museología que suministra al observador la información adecuada y le permite caminar, literalmente, a lo largo de la Calzada de los Muertos _eje del área ceremonial de la ciudad donde se levantan las imponentes pirámides del Sol y de la Luna, así como numerosos templos más pequeños_, puesto que su maqueta se halla dispuesta en el piso y protegida por un vidrio de seguridad. Gracias a esta reconstrucción a escala se puede comprender mejor el contexto en el cual fue utilizado y hallado el material de la muestra y comprobar el gran nivel de planificación de la ciudad, la cual contaba también con un área residencial organizada mediante barrios estratificados por oficios que llegó a contar con 150.000 habitantes. El desarrollo de Teotihuacán se inició en el año 200 a.C., alcanzó su apogeo alrededor del año 450 d.C. y su caída ocurrió alrededor del siglo VII de nuestra era, debido posiblemente a una conjunción de problemas políticos y económicos, así como al afianzamiento de nuevos asentamientos en los valles vecinos hacia los cuales emigró gran parte de la población.
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