Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2000/03/13 00:00

Demasiadas tumbas que besar

Nueve cuentos de Edwidge Danticat: un canto haitiano de supervivencia.

Demasiadas tumbas que besar

Alguien dice ¿Cric? Y respondemos ¡Crac! En Haití, son las abuelas las que cuentan las leyendas. La abuela se sienta fumando su pipa y a su alrededor se sientan los niños. Con su acento créole les pregunta si ya están listos para escuchar sus relatos. Entonces pregunta ¿Cric? Y los niños contestan en coro ¡Crac! Empieza la sesión.

Este libro de Edwidge Danticat, la joven y brillante narradora haitiana-norteamericana, es un claro homenaje a esas mujeres que con sus cuentos mantenían viva la amenazada memoria cultural de su pueblo. Un homenaje y una transgresión: en la rígida tradición oral, escribir estaba tan prohibido como el carmín en las mejillas o una primera cita antes de los 18. “Poetisas de las ollas”, las llamaban despectivamente. Y desde luego era impensable que “los viejos espíritus que habitan la sangre” pudieran ser contados con la técnica moderna y eficaz de los mejores cuentistas norteamericanos.

Partiendo del legado de aquellas mujeres, desde la palabra escrita Edwidge Danticat logrará comunicar al mundo toda la belleza y la imaginación que les ha permitido a los haitianos sobrevivir al genocidio, a la miseria y al terror político. Pesadilla y poesía, crueldad y sutileza, son los extremos en los que se debate su escritura. Sin embargo, a pesar de la vacilación, su opción última es clara: debemos seguir nombrando las cosas, debemos seguir dándole voz al horror para no caer en la inhumanidad total.

En el primer cuento, Los hijos del mar, un muchacho, en una lancha atestada de otros 36 desertores, huye por el mar Caribe de la persecución de la dictadura. No sabe si navegan hacia Miami o hacia el Africa de sus ancestros. Para escapar del hacinamiento, escribe en un cuaderno cartas a su novia. Ella también le escribe, contándole que todo sigue igual: balas día y noche. El sabe que en algún momento tendrá que tirar el cuaderno —las filtraciones permanentes los obligan a despojarse de cualquier peso innecesario— y ella ignora si su novio aún vive. Pero igual se escriben: “Sé que probablemente nunca leas esto, pero me gustó imaginarme que te tenía aquí y conversábamos”. Cartas inútiles, cartas de esperanza que sólo se encontrarán en el tiempo virtual de la escritura: “Como sea, sé que ni siquiera al convertirme en un hijo del mar perderé mi recuerdo de ti”.

En el último cuento, La boda de Carolina, los personajes asisten en una iglesia de Nueva York a una misa por una refugiada muerta. Con los monaguillos en semicírculo a su alrededor, el cura recita una lista de 129 nombres, los refugiados haitianos que esa semana se habían ahogado en el mar. Por la referencia de la mujer que parió un hijo muerto, sabremos que la lancha del muchacho de las cartas también naufragó: “La lista parecía interminable y con cada nombre el corazón se me aceleraba más, pues era como si a muchos de los nombrados los hubiera conocido en un momento u otro de mi vida”. Es un instante conmovedor del libro, en el que sentimos que no todo es del olvido, que en la esquiva memoria de los otros habrán de quedar más que unas cuantas palabras.

Una muestra, también, de cómo los nueve cuentos se relacionan entre sí. Cada historia resuena y se enlaza con las otras. Marie, la niña que encuentra al bebé en Entre la piscina y las gardenias, es la nieta de la mujer que voló sobre el río Masacre y ahijada de Lilí, la madre de Un muro de fuego. El hombre cuyo destino es limpiar letrinas y prefiere suicidarse arrojándose de un globo hace alusión a ‘la bruja’ torturada y humillada porque se decía que sabía volar. Y a la prostituta que le dice a su pequeño hijo que “son ángeles” sus visitantes nocturnos.

Las mujeres de Haití son sabias en el arte de las trenzas. Y Edwidge Danticat descubrió que escribir es como trenzarse el pelo: es tomar un montón de mechones desordenados y ásperos para darles unidad y sentido.

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