Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1990/08/06 00:00

DESAFINADO

El público italiano se enfrenta a los sindicatos que manejan la ópera

DESAFINADO


Plantados se quedaron los espectadores que asistieron a la representación de la "Aída" verdiana en el teatro Reggio, de Turín. Los sindicatos del coro y la orquesta en pelea abierta con el teatro, no sólo demoraron media hora la iniciación de la ópera y tardaron otra hora en iniciar el segundo acto, sino que en este último lapso se subieron al escenario representantes del coro para leer un paquete de peticiones que exacerbó los ánimos de los asistentes. Con silbidos y chillidos logró el público sacar del escenario a la corista, pero los músicos, molestos por la actitud del respetable, decidieron abandonar el teatro. Una historia que se repite de tiempo en tiempo, pues no obstante la agresividad del público lírico italiano, más fuertes son los desacatos y desplantes de los sindicatos que periódicamente arruinan representaciones archicostosas.

Los teatros de Milán, Roma, Florencia y Turín son los más problemáticos, sin que esto quiera decir que los otros no lo sean. Sin embargo, poseen los primeros unos sindicatos poderosos e intransigentes a los que poco o nada les importa el público, que al fin de cuentas es el que los sostiene. Pero como la política, la intriga y el clientelismo se dan en dosis generosas, las escenas narrativas son ya habituales en ciertos recintos, situación que ha llevado a algunos artistas, inclusive italianos, a jurar nunca más pisar ciertos escenarios.

Auténticas batallas campales se han vivido en estos teatros, donde los acontecimientos de platea han resultado más teatrales que lo que ocurre en el mismo escenario. A la "divina" María Callas hasta rábanos le arrojaron en La Scala, en Milán, cuando el público consideró que su actuación no había sido satisfactoria. Y a Ana Moffo, en una representación le soltaron un gato colgado de un paraguas que chilló desesperado hasta caer en el escenario.
Pero ese público agresivo que no pierde ocasión de echar el mercado en la escena y que afina los berridos en cada sesión, poco o nada puede hacer cuando los sindicatos entran a pelear por sus derechos.

Le tocó aguantar en 1987 -por citar desastres de los últimos tiempos- a ese público a veces indefenso, un "Carmen", de Bizet, sin coros, pues el grupo en represalia contra el director escénico que quiso ponerlos a cantar inmóviles, decidió no salir a escena y así se oyó una opera fragmentada.

La iniciación de la temporada del año pasado en Roma con "Falstaff", de Verdi, se inició con una hora de retrasó porque el sindicato del teatro ordenó deliberar un proyecto a esa hora y el publico esperó pacientemente en el asfalto. En ese mismo teatro a último instante tuvieron las directivas que cancelar algunas representaciones de "Madame Butterfly" y "Puritanos" dejando a público y cantantes con los crespos hechos. La realidad es que un día es la orquesta o el cuerpo de ballet, al otro el coro, al siguiente los tramoyistas que se lanzan a huelgas intempestivas, obligando a cancelar representaciones organizadas con años de antelación. Los críticos se quejan, el público vocifera, pero a la larga nada ocurre, y sólo resta esperar la próxima salida.

La situación desde la última huelga mostraba una calma "chicha", pues lo que ocurre en un escenario corre como pólvora al siguiente y se sabe que encendida la mecha, nadie puede apagarla. Ya el sindicato romano había ido a una huelga a principios de este año exigiendo veto sobre directores musicales, escénicos, calidad de nuevos instrumentistas y coristas que ingresaran a la institución, revisión de horas extras de trabajo, tener voz en la nominación de miembros del Consejo de Administración, desde el superintendente hasta el director artístico. Pero si unas culpas, dicen comentaristas como Mauro Mariani, recaen sobre el sindicato, otras en justicia corresponden a la dirección general de cada teatro y a los políticos.

En síntesis, el público sigue siendo el "paganini" de una situación que ya se convirtió en crónica. Por ello, quizá, mantiene una agresividad latente, que hace explotar en representaciones que juzga no son de la calidad esperada, y ese desquite lo manifiesta con chillidos, rechiflas y hasta insultos reforzados por un implacable "claque" que en ciertos escenarios como La Scala de Milán hace temblar al más experimentado, consagrado y respetable de los artistas, sea italiano o foráneo. Pavarotti, Von Karajan, Luchino Visconti, María Callas, Renata Tebladi, por citar ejemplos, no se escaparon de silbidos atronadores.

Por lo pronto tal parece que lo ocurrido en Turín no se sale del marco de lo ya conocido y repetido allí y en otros lugares, por lo cual sólo resta esperar en qué fecha ocurrirá el próximo desplante que ya va dejando de ser noticia para entrar a la rutina-

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