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| 5/25/1998 12:00:00 AM

Y DESCANSO EN PAZ

Con la muerte de Octavio Paz se va uno de los intelectuales más notables y a la vez más controvertidos de América Latina.

Cualquier turista desprevenido, de visita por Ciudad de México el lunes de la semana pasada, habría podido pensar que se trataba del entierro de un jefe de Estado. Inmensas banderas negras pendían del pabellón principal del Palacio de Bellas Artes, mientras una multitud atropellada de jóvenes y adultos se acercaban al féretro para darle el último adiós a su ídolo en una ceremonia que encabezaron el propio presidente Ernesto Zedillo, su gabinete en pleno y la totalidad del cuerpo diplomático, además de un selecto grupo de escritores, historiadores e intelectuales del país. Era a Octavio Paz a quien velaban, y a quien la gente acompañaría pocas horas después hasta el Panteón Español, para asistir a la cremación de su cuerpo, el mismo que transformado en cenizas permanecerá en poder de su familia hasta dentro de un año, cuando descansará para siempre en la Rotonda de Hombres Ilustres, donde reposan, por excelencia y tradición, los personajes más destacados de la historia mexicana.Escritores de todas las nacionalidades, en especial los latinoamericanos, no ahorraron elogios en torno a su figura y a su obra. "Cualquier elogio a Octavio Paz es superfluo a estas alturas de su gloria", dijo García Márquez. Mario Vargas Llosa afirmó: "Fue un pensador que defendió la libertad y la cultura democrática; un analista excepcional del tema político, sobre el que dio siempre argumentos muy lúcidos y en el que criticó sin tregua todas las censuras, totalitarismos y autoritarismos". Fernando Savater comentó que "la literatura hispana ha perdido uno de sus grandes puntuales, tanto desde el punto de vista teórico como estético". Pero quien resumió con mayor encanto el sentimiento del pueblo mexicano fue el historiador Enrique Krauze: "Fue alguna vez el sol naciente de la literatura mexicana. Cruzó el cielo y se detuvo en su centro por casi un siglo. Ahora nos duele el oro viejo de su luz crepuscular, pero mañana descubriremos que Octavio Paz nos deletrea". El despliegue apologético alrededor del Nobel mexicano contrasta, sin embargo, con las encarnizadas batallas que asumió en vida. Al fin y al cabo para nadie es un secreto que a lo largo de su trayectoria como poeta y ensayista, Octavio Paz fue uno de los intelectuales más controvertidos de su tiempo en América Latina. Amigo de sus amigos, pero también muy enemigo de sus enemigos, Paz se acostumbró a defender sus opiniones aun a costa de romper estrechas relaciones con sus colegas contemporáneos, con quienes se dio el lujo de librar recias disputas literarias e ideológicas, incluso hasta límites irreconciliables. Uno de ellos es Carlos Fuentes, el otro monstruo de las letras mexicanas, con quien Paz sostuvo famosas discusiones políticas, históricas y literarias, el primero a través del magazín Nexus y el segundo a través de su revista Vuelta. Pero Fuentes no fue el único. Después de haber escrito su primer libro de poemas en su adolescencia, de haber decidido su futuro al lado de las letras y por ende abandonado el deseo de culminar su carrera de filosofía y derecho, Octavio Paz fue invitado por el poeta chileno Pablo Neruda a participar en el II Congreso de Escritores Antifascistas en España. Corría el año de 1937 y Paz rondaba apenas los 23 años. Su visita a la península ibérica en plena guerra civil _y en compañía de la crema y nata de los intelectuales de su tiempo_, fue como una iluminación. Paz se transformó en un escritor comprometido y pronto terminó engrosando las filas de la causa socialista europea. Pero su experiencia intelectual e histórica le harían saber que estaba equivocado. Antifascista, pero también antiestalinista, se vio obligado a denunciar los abusos del totalitarismo soviético. Tal actitud hizo estallar la ira de Neruda, un socialista convencido, y más tarde _al adoptar una posición similar en torno a la revolución cubana_, la de la gran mayoría de los escritores e intelectuales latinoamericanos."El que no es de izquierda es de derecha", parecía ser la premisa con la que lo juzgaron sus adversarios. Y al parecer Paz no se pudo sacudir de ella a pesar de haber denunciado también al capitalismo y las arrasadoras consecuencias de las leyes de mercado. Fue un hombre contradictorio, pero incluso sus rivales terminaron por reconocerle su enorme aporte a las letras y a la realidad latinoamericana. Independientemente de las posiciones encontradas, Octavio Paz ha legado al mundo un juicioso arsenal poético y crítico, dotado de maravillas literarias y de profundos análisis sobre la identidad mexicana y continental, expresados en obras tan famosas como El laberinto de la soledad y El mono gramático; pero también sobre la realidad de otras latitudes, como lo demostró su acercamiento a Oriente en sus ensayos sobre la India y el hinduísmo. Más de 40 volúmenes, entre poesía y ensayo, hacen de su obra una de las más ricas del continente y a la vez una de las más respetadas en el mundo. Como dijo a SEMANA el poeta y ensayista William Ospina, "su estatura internacional, ganada desde mucho antes de obtener el premio Nobel, lo convirtió en un interlocutor de lujo de Latinoamérica frente a los intelectuales europeos y norteamericanos". Fue un hombre polémico, pero como él mismo lo afirmó en varias ocasiones, la labor del intelectual debe ser la de generar debates. "Por eso no me arrepiento", dijo. Su poesía y sus ensayos hasta ahora publicados ya son suficientes para quedar registrado en la historia de la literatura latinoamericana como uno de sus hombres más ilustres. Pero con seguridad sus seguidores guardan la esperanza de que Paz hubiera terminado sus memorias. Al fin y al cabo, y siguiendo el deseo de García Márquez, las memorias de un hombre que tuvo el placer de conocer de cerca a los intelectuales más notables del siglo podrían convertirse en un legado póstumo de enormes proporciones.
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