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| 11/17/2003 12:00:00 AM

Descubriendo a Coetzee

Esta es una de las mejores novelas del ganador del premio Nobel de Literatura de este año.

En Desgracia, la novela con la cual J. M. Coetzee obtuvo por segunda vez el prestigioso Booker Prize en 1999, David Lurie, el personaje principal, es un profesor de literatura de Ciudad del Cabo, especialista en Byron y en poesía romántica. Divorciado, de 52 años, considera haber resuelto bastante bien "su problema sexual": los jueves por la tarde contrata ocasionalmente los servicios de Soraya, una "acompañante discreta". Hasta que una noche invita a una alumna a su casa a tomar un trago y después de comer le propone "hacer algo temerario" (en el fondo considera que "la belleza de una mujer no le pertenece sólo a ella"). Aunque no la viola, la alumna se entrega pasivamente: no lo desea. Y cuenta lo ocurrido. Empieza la desgracia de Lurie: el escándalo en la prensa, el juicio por acoso sexual. Entonces, se refugia en la casa de campo de su hija Lucy y se dedica a criar perros y a cultivar. Hasta que unos asaltantes relacionados con los hombres libres de la nueva Suráfrica posapartheid- roban la casa, le prenden fuego a Lurie y violan a Lucy (sus heridas sanarán pero ella se hunde en una profunda depresión.

Hay múltiples sentidos en juego en esta novela: la reflexión sobre los alcances de nuestros propios actos (que se devuelven como un bumerán), sobre los hijos como seres independientes y la vida y los derechos de los animales. Y, desde luego, sobre la tragedia de su país, el apartheid, que Coetzee, discípulo de Beckett, nunca aborda en forma directa, a diferencia de su compatriota Nadine

Gordimer, también premio Nobel de Literatura en 1991 y con quien tuvo una fuerte polémica. Desgracia, el título de la novela, en una traducción literal sería Caer en desgracia, es decir, alude a una desgracia continua: vidas inacabadas de unos personajes y de un país, sin soluciones ni final.

Pero los libros de este outsider de la sociedad surafricana son variados y abundantes: el racismo, el odio, la venganza, la miseria, la injusticia, la violencia atroz y la pesadilla kafkiana. Y ninguno sigue "la misma receta". Sus personajes suelen ser marginados que se encuentran solitarios y aislados entre dos opciones y que viven dolorosas experiencias para encontrar su lugar en el mundo. Realizan siempre un viaje descendente que resultará útil para su salvación. Al comienzo parecen abrumados y a punto de venirse abajo, pero luego, a fuerza de vergüenza, salen fortalecidos y dignificados. Como dice Ignacio Echeverría, late en ellos "una terrible pulsión de santidad", reconocible en sus destinos últimos y en la exaltada pasión por los animales. Reivindican la posibilidad de un humanismo "en un mundo en el que parece ir desapareciendo todo atisbo de humanidad".

El propio Coetzee parece escapado de uno de sus libros: es un solitario de vida austera que se somete a una rígida autodisciplina. Con una complicada vida familiar (está separado y tiene una hija), no bebe, no fuma y es vegetariano. Vive exiliado de su país entre Australia y Estados Unidos, donde es profesor de pensamiento social de la Universidad de Illinois y da cursos sobre Platón y Walt Whitman. Allí se encontraba cuando recibió la noticia de su premio. (A quienes les interese ahondar en su personalidad pueden acudir a los dos tomos de sus memorias: Infancia y Juventud).

El lenguaje de Coetzee ha sido calificado como elegante, por su prosa inteligente, desnuda y precisa. Aunque sus temas sean escabrosos siempre están contados con mucha contención, con un "lirismo lacónico". En su fallo, la Academia Sueca destacó su talento para los diálogos y su brillantez analítica que conduce a una dura crítica del "racionalismo cruel y el moralismo cosmético de la civilización occidental".

Coetzee era, hasta antes de su galardón, un escritor de culto. En Colombia, como en muchos otros países, sus obras poco circularon y pasaron inadvertidas. Como todo premio, el Nobel puede a veces ser arbitrario e injusto. Este año no lo fue y puso en la onda mediática a un gran escritor. Hagámosle caso esta vez a la cresta de la ola. Vale la pena.
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