Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2010/05/08 00:00

Desde la otra orilla

La Biblioteca Nacional es sede de un interesante experimento literario: escritores colombianos de distintas generaciones se sientan a conversar por primera vez sobre las impresiones que tienen unos de otros.

Desde la otra orilla

Se leen entre sí, se conocen de cara y están pendientes de lo que los otros publican, pero si algo caracteriza el panorama literario nacional hoy es que "cada escritor anda por su lado". Parece que la época de las tertulias, de grupos como el de Barranquilla, quedaron atrás y aunque festivales como el Hay y Bogotá 39 han puesto a escritores de distintas generaciones a conversar en los mismos escenarios, persisten los prejuicios y la distancia. ¿Narcisismo? ¿Miedo a ser comparados? ¿soledad 'creativa'? Una cosa es cierta: los mayores sienten que los jóvenes son irreverentes, desparpajados, que aprendieron a moverse por la maquinaria comercial de las editoriales demasiado pronto; mientras los jóvenes los ven a ellos acartonados y opinan que sus libros, discursos y lenguaje son caducos, cosas del pasado. La comunicación entre unos y otros es casi inexistente.

Quizá por eso, la Biblioteca Nacional inició el miércoles 'Desde dos orillas', una serie de charlas entre escritores de distintas generaciones que se irá hasta junio. La inauguración estuvo a cargo de Piedad Bonnett y Andrés Felipe Solano, dos de los más notorios representantes de las últimas generaciones: la que empezó a publicar en los años 80 y los que hacen parte del último boom editorial de jóvenes promesas. Y si algo quedó claro es que el diálogo, algo que vaya más allá de la lectura ocasional, de las charlas de café y de los abrazos y felicitaciones de los lanzamientos, es necesario. Se trataron temas tan diversos como gustos literarios, la crítica y la prensa, la industria y las percepciones que tienen las generaciones entre sí. El resultado: una conversación en la que había varios puntos de encuentro.

El primero es que se leen entre ellos. Sea por las razones que sea -"por respeto al otro, para estar informados o por simple mala leche, para hablar mal de los demás", como dice Nahum Montt, uno de los escritores que consultó SEMANA- es el punto de partida de toda tertulia. Más aún, los jóvenes han leído a los mayores y, al contrario de su aparente desdén, lo han hecho con admiración. De Piedad Bonnett destacan su cuidado con el lenguaje: "La musicalizad de sus frases, la fluidez de sus imágenes", en palabras de Montt. De Tomás González, que su obra explore mundos personales lejos de las modas. Su novela, Primero estaba el mar, fue lectura "fundamental", como dijo Solano en la charla; Juan Carlos Rodríguez, autor de El viento agitando las cortinas, una de las sorpresas de 2008, la llama "una revelación"; y para Antonio Ungar, González, Fernando Vallejo y Evelio Rosero son los escritores de cabecera de la anterior generación. Y la lista sigue: Roberto Burgos, Héctor Abad, William Ospina y Ramón Cote entran, aunque en menor medida.

Los mayores también han leído a los más jóvenes, aunque con mayor reserva. Bonnett dice que ha encontrado talentos como Ungar, Mauricio Bernal y Solano entre los más jóvenes: escritores marginales, como los llama ella, a los que llega de manera intuitiva. Burgos, crítico de libros de Cromos durante muchos años, parece más escéptico: "Tengo la sospecha de que la época de las promesas quedó atrás. Ahora hay aventuras y procesos", y resalta el riesgo narrativo que tomó Juan David Correa en Todo pasa pronto, su primera novela, al escoger un narrador niño. Junto a ellos aparecen Ricardo Silva y Antonio García.

"A mí lo que me impide hablar a esos muchachos es el manejo pobre de las formas narrativas dice Bonnett. No es un problema exclusivo de ellos. Creo que hay en general mucha pobreza de lenguaje y de elementos narrativos". Y el problema, ciertamente, no es exclusivo de ellos. A muchos escritores jóvenes sí les preocupa el lenguaje. En libros como Sálvame, Joe Louis, de Andrés Felipe Solano, es evidente: "Pero eso no significa que haya que hacer algo edulcorado", dijo él. Quizá ni siquiera sea un problema generacional. "Algunos escritores colombianos del siglo XIX tenían prosa y tramas sencillas -recuerda Antonio Ungar- algunos caían en la banalidad y otros no. Lo mismo pasaba con algunos escritores de principios del XX, con otros de mediados del XX, con otros de finales del XX". El quid del asunto está en la calidad, en la fuerza del lenguaje, en tener una voz y un estilo propios. Unos y otros escritores, sin importar su edad, coinciden en que la no tan reciente novela sicaresca, el excesivo realismo y la literatura periodística (que no el periodismo literario) son las que pecan por simplicidad y facilismo.

Es innegable, sin embargo, que mucho ha cambiado el panorama literario entre una y otra generación. Mientras algunos de los mejores escritores de 50 años han sido reconocidos de manera tardía -es el caso de Evelio Rosero y Burgos-, los más jóvenes publicaron su primera novela antes de cumplir 30 años. Esto, por supuesto, no es síntoma de genialidad. Hace 25 años publicar no era una cosa fácil en Colombia. Bonnett recuerda que entonces no había editoriales que distribuyeran libros masivamente. Y asegura que si escritores como R.H. Moreno Durán y Óscar Collazos publicaron, lo hicieron porque estaban en Barcelona, y que si Álvaro Mutis tuvo un temprano reconocimiento internacional era porque estaba en México.

"Hoy -dice Burgos- existe una industria editorial que con sus venturas y desventuras sostiene una producción literaria con mayor constancia. Supongo que el enorme complejo de culpa que dejó en los editores 'Cien años de soledad', y tantos descubrimientos tardíos, llevan a la industria a expiar mediante una mayor atención a los jóvenes. Pero, atención, que no siempre es rigor". Y Bonnett parece estar de acuerdo: "Los escritores se empiezan a convertir en pequeñas estrellas por el aparato comercial, y mientras más jóvenes publiquen mejor. Algunos empezaron a escribir presionados por los adelantos, los plazos y el afán de hacerse conocer". Una situación paradójica, según la escritora, que alaba el crecimiento de una industria, pero un crecimiento del que al parecer no salieron bien librados ni los escritores, que comprometieron sus obras, ni los editores que cometieron errores comerciales por afán.

Pero no todos los jóvenes parecen haber caído en la tentación de publicar a ritmo de instant-book: Solano y Correa debutaron hace más de dos años y en este momento están escribiendo su segunda novela. Y, ciertamente, no todos han caído en el olvido (al menos, no de momento): la narrativa de Ungar ha recibido excelentes críticas por parte de escritores mayores; y el año pasado Villegas reeditó Nada importa, la novela con la que Robledo fue finalista del Premio Herralde hace 10 años cuando él tan solo tenía 24. "Para mí -dice Julio Paredes- lo más interesante está en ver en estos autores una búsqueda por consolidar una obra personal a largo plazo".

Lejos de las diferencias generacionales, de los prejuicios, de las envidias y las vanidades, la discusión es necesaria. En Colombia hay varias generaciones de escritores consagrados o en camino a la consagración, hay una industria establecida (aunque siempre harán falta lectores, libros y librerías) y los círculos literarios están creciendo y son más visibles cada vez. La cuestión de fondo, sin embargo, seguirá siendo la del talento, la de la capacidad para crear mundos significativos, y la de que se produzcan obras trascendentes, que logren decir lo que solo la literatura puede decir.

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