Domingo, 22 de enero de 2017

| 2007/08/11 00:00

Desorden de estatura

Yolanda Reyes, una de las escritoras sobre temas infantiles más reconocidas en el país, aceptó la invitación de SEMANA para conversar con Ricardo Silva sobre su novela 'En orden de estatura'.

La nueva novela de Ricardo Silva, ‘En Orden de estatura’, es publicada por la Editorial Norma

Acaba de salir En orden de estatura, la última novela de Ricardo Silva, publicada por Norma, en una colección de literatura infantil. El rótulo editorial anuncia que es para lectores "a partir de los 11 años". ¿Y si uno tiene 10 y medio?, seguramente dirá Silva, tan preguntón como Leopoldo, su nuevo personaje. Así funcionan los planes lectores, podría decirle. ¿Qué necesidad tenía de colarse en la fila de los libros que se-deben-leer en el colegio, si ya está en la lista de los menores de 39? No se lo digo porque a mí me pasa lo mismo, sólo que al revés. Mi última novela, Pasajera en tránsito (Alfaguara, 2006), ha sido empacada en una franja "para adultos" y, sin habernos puesto de acuerdo, nuestros personajes vivieron en 1982. Pero además, él y yo parecemos compartir cierta necesidad de contrariar el orden de estatura, que no sólo es un asunto escolar, sino también editorial.

Eso de cambiarse de puesto no es nuevo. Evelio Rosero fue Premio Nacional de Literatura 2006 con Los escapados -empacado en franja juvenil- y después ganó el Tusquets "para adultos". Los Relatos escalofriantes de Roald Dahl, el coloso de la literatura infantil, no son tan reconocidos como Las Brujas o Matilda. Mark Haddon, el autor del Curioso incidente del perro a medianoche, estaba clasificado como "infantil" y nadie imaginó que saltaría a la fama con un adolescente que muchos comparan con Holden, el protagonista de El Guardián entre el centeno. Más allá de los rótulos, ¿las historias nacen con una cierta voz? ¿Ese registro, que atrae a ciertos lectores, puede también restringir los libros a circuitos excluyentes? ¿Será simple cuestión de audiencias? De todo eso hablé con Ricardo Silva y nada quedó lo suficientemente claro, por fortuna. Como él lo dice, si supiéramos, dejaríamos de escribir.

YOLANDA REYES: La primera pregunta tiene que ver con su osadía. No sólo se atreve a escribir para niños, sino que arranca con el 'coco' de la literatura infantil. Su historia se le mide a la muerte, el gran tabú del género, y a los secretos a voces que saltan en los duelos y que jamás se ventilan delante de los niños.
RICARDO SILVA: Pues yo creo que uno en general se atreve a escribir porque es muy bestia y muy ignorante y no tiene límites. El punto de partida es siempre la ignorancia. Si yo pensara que estoy hablando de la muerte con los niños, me quedaría quieto porque no tengo ni idea de cómo hacerlo. Lo que me movió fue tener un personaje: me interesaba Leopoldo, ese niño viejo, y pensé qué era lo peor que le podía pasar. Y lo peor era quedarse sin el único apoyo que tenía en la vida. Se le muere la abuela, su persona favorita en el mundo, y él no está listo para hacer el duelo social, porque está enfermo. Yo quería darle la oportunidad de que se acomodara al mundo otra vez. Me interesaba ser leal a ese personaje desde el comienzo.

Y.R.: Ya quisieran muchos autores hablar con esa naturalidad, que parece surgir del fondo de usted mismo. Ese niño parece un viejo conocido suyo...
R.S.: Puede que pierda un poco la gracia decirlo, pero claro que ese niño soy yo. Y, curiosamente, se parece más a la persona que soy ahora. Es una versión de mí mismo más imaginativa, menos condescendiente y menos paralizada. Todo el libro es un duelo mío, y tengo la sospecha de que al final de un duelo, lo que queda es uno, desnudo y sin máscaras. En el fondo, soy la persona que era a los siete años. La diferencia es que en esa época no tenía gafas.

Y.R.: Como paso mucho tiempo con niños, he visto que uno, en el fondo, es igual, desde chiquito.
R.S.: En un niño de siete años está todo. Luego uno se llena de ruido y no puede terminar siendo lo que es.

Y.R.: ¿Qué tan deliberado fue ese trabajo de hablar como un niño? ¿Tenía conciencia de que estuviera ocurriendo algo distinto durante su proceso de escritura, por dirigirse a otros lectores?
R.S.: Nunca estoy pensando a quién dirigirme, creo que me dirijo a algo que pueda sorprenderme. La idea sí es tratar de hacer un libro que no se parezca al anterior. Y lo que hice, en este caso, fue escribírmelo a mí mismo. Porque si uno le está escribiendo a un niño, empieza a hablarle condescendientemente. Ahora, sí había un problema de lenguaje y era saber que las frases debían ser sencillas. Pero eso lo he debido hacer desde el comienzo, porque las mejores frases son claras y directas. Lo que descubrí es que había hecho lo que quería hacer y que así quiero escribir en adelante.

Y.R.: Los adultos no leen literatura infantil, a no ser que sean maestros. Y los críticos, menos. ¿Eso influyó en que pudiera sentirse más libre?
R.S.: Yo soy muy descarado y no pienso en lo que va a decir nadie cuando escribo. Es un territorio en el que, curiosamente, no soy nada cobarde, como sí lo soy en la vida real. Tal vez lo único distinto es que con este libro podía dirigirme a esa parte mía que es absurda, que tiene un sentido del humor sin vergüenza y que no se censura tanto; por eso se me podían ocurrir unos primos inflables y unas familias extrañas. Claro que en El hombre de los mil nombres (Planeta, 2006) me había pasado lo mismo: tenía un formato de biografía y ahí podía poner todo lo que quisiera.

Y.R.: Además de revisitar su infancia, algunas relecturas parecen haber dejado huellas en el libro.
R.S.: Nodriza, la perra San Bernardo de los primos, es un homenaje descarado a Nana, la de Peter Pan. Las familias de los tíos se inspiran en las parodias de Gulliver, uno de mis libros de infancia. Alicia, Pinocho, Peter Pan y el Patito Feo son referentes que todo el mundo usa porque ahí está todo lo que le puede pasar a uno en la vida. Los mejores libros, los que uno carga toda la vida, son de literatura infantil. Es paradójico que la narrativa para niños no sea vista como ese territorio poderoso al que todos recurrimos.

Y.R.: ¿Ha conocido algunas reacciones de su nuevo público? ¿No le da miedo que los niños le digan "eso es inverosímil" o que los maestros decidan usar el libro para tratar algún tema de clase, como aquella cuestión de si las tizas caen en la Luna?
R.S.: Con los otros libros me invitaron a colegios y hablé con niños. Son lectores justos y honestos que reciben el libro como es, no como creen que debería ser. Y que son capaces de pedir que les devuelvan la plata si algo no los convence. Claro que me da curiosidad, pero creo que, aunque haya episodios absurdos o "inverosímiles", este libro carga a una persona y ese personaje es de verdad. Tampoco creo que los libros tengan temas que vengan con ellos, sino que son como un pentagrama, como una partitura: cada uno lo interpreta como quiera y toca la música que quiera.

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