Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1996/06/24 00:00

DESPUES DE LA TEMPESTAD...

CON UNA COMPLETA RETROSPECTIVA, LA BIBLIOTECA LUIS ANGEL ARANGO, DE BOGOTA, RINDE HOMENAJE A DEBORA ARANGO, UNA DE LAS ARTISTAS MAS POLEMICAS DE LA HISTORIA DEL ARTE NACIONAL.

DESPUES DE LA TEMPESTAD...

La tormenta ha pasado. Refugiada en su casa de Envigado, acompañada de los mismos cuadros que décadas atrás fueron capaces de desatar las más oscuras tempestades artísticas, sociales y políticas, Débora Arango se tomó por fin el derecho irreprochable de gozar de la calma. Hace 50 años sus feroces detractores la hacían perder los estribos del alma. Hoy no sólo ha dejado a su alma apaciguarse con la delicia de las cosas simples si no que descansa con la satisfacción del trabajo concluido. Cuando empezó a pintar en el colegio sus admiradores más cercanos vaticinaron en ella el talento para la composición. Quizás pensaban que su destreza la llevaría en el futuro a ser reconocida como una virtuosa representante del bodegón, aspiración suficiente de cualquier dama para la mojigata sociedad de los años 20. Pronto esa misma sociedad se daría cuenta de que los pinceles de Débora Arango estaban cargados de dinamita pura. Las naturalezas muertas no eran sino el camino para dominar la técnica antes de embarcarse en un viaje pictórico que no sólo la llevaría a alejarse de sus colegas contemporáneas sino a causar una conmoción moral y social sin precedentes en Colombia. Fue a finales de los años 30, cuando tomaba clases en el taller de Pedro Nel Gómez. Después de haber estudiado con sus alumnas el arte del bodegón y sus alrededores, el maestro propuso la iniciación en el desnudo. Sus compañeras desertaron. Débora, entusiasmada con el abordaje a un mundo que deseaba explorar desde lo más íntimo de su alma, accedió iluminada. Era el comienzo de su transformación como artista, pero al mismo tiempo sus primeros desnudos serían el anuncio de la tempestad. Que una mujer pintara el cuerpo femenino limpio de ropas era algo que no toleraba la Iglesia y mucho menos la 'Liga de la decencia', aquel grupo de señores de la sociedad paisa que auscultaba en la conducta de los ciudadanos las acciones reprobables para comunicárselas al arzobispo. Pero que además lo pintara despojado de cualquier maquillaje estético era algo que ni los propios críticos estaban dispuestos a aceptar. Débora Arango había decidido quitarle las máscaras a la mujer para ofrecerla en sus cuadros tal cual era: la de las recias disputas de celos, la de la casa de citas, la de los bajos mundos, la callejera, la humana, la que era digna de sí misma por su naturaleza y no por sus atributos físicos. Y las pintaba deformes y robustas, con la mirada perdida en el delirio, ensimismadas y sueltas al antojo del pincel, tomando en la mayoría de los casos una actitud moral aleccionadora frente a una sociedad hipócrita y machista que las había desplazado por siglos. Semejante afrenta a la moralidad de entonces fue alimentada por sus temas políticos. Inspirada en la ola del arte comprometido y más tarde en el muralismo mexicano de Orozco, Débora adoptó por un lado una posición política que la hizo artífice de grandes caricaturas alrededor de personajes como Laureano Gómez y Rojas Pinilla, a los que ilustraba como sapos o cerdos, y por el otro una conciencia social que la hizo soñar en adelante con convertirse en muralista. Tal vez por esta actitud desabrochada y sincera, que la llevó a deambular por los ámbitos de las bajas capas sociales para descubrir en ellas una vida que era imposible adivinar desde el curubito de la élite, la pintura de Débora Arango fue despojada de su carácter estético para ser juzgada desde el punto de vista moral. Así, sus cuadros fueron fruto de una persecución despiadada. Tanto que después de haber enfrentado las crecientes presiones contra su obra y contra su propia familia, Débora decidió aislarse de la sociedad para buscar en la soledad de su hogar el sosiego que sus cuadros le habían negado. Total, para una sociedad tradicionalista y susceptible al escándalo, la pintura de Débora era en el mejor de los casos una pintura vulgar que no merecía ser exhibida; en el peor, un atentado contra las buenas costumbres. De cualquier forma, hoy la tormenta ha cesado y por encima de las consideraciones morales, la obra de Débora Arango ha vuelto a la luz para ser analizada bajo nuevas perspectivas: las de una mujer que al contrario de muchas otras artistas, recalcó siempre en su pintura su condición femenina; las de una artista que encontró un estilo independiente e indefinido que todavía no ha podido situarse con exactitud en el panorama de la pintura colombiana; las de una creadora a la que la historia le debe aún un análisis estético de rigor, libre de prevenciones sociales. Mientras tanto, cerca de cumplir 89 años Débora Arango disfruta ahora de la satisfacción de haber ganado la partida al destino. Hace 40 años sus acuarelas no duraban más de 24 horas colgadas en la galería de turno. Hoy sus pinturas hacen gala de una retrospectiva que durará colgada seis meses en los salones de la Biblioteca Luis-Angel Arango, de Bogotá, antes de que la misma colección viaje a Madrid para ser exhibida en el mismo lugar donde en 1955 una exitosa exposición suya, organizada en el Instituto de Cultura Hispánica, fue descolgada al día siguiente de su inauguración por orden del general Francisco Franco. Después de la tempestad viene la calma y Débora Arango ha tomado el refrán a pie juntillas. Ahora el trabajo es para los críticos.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.