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| 12/6/1982 12:00:00 AM

DESPUES DEL NOBEL

"Puerta abierta a García Márquez y otras puertas" de Conrado Zuluaga, el primer libro publicado sobre la obra del escritor despues del Nobel. SEMANA transcribe uno de los capítulos

Entre el 21 de mayo de 1948 y el 7 de octubre del año siguiente, apareció en "El Universal" de Cartagena, en una forma bastante esporádica, aparentemente dictada por los afanes del bolsillo, una columna llamada Punto y Aparte. Pero debieron ser muy pocas las necesidades, pues no creo que fuera suculento el estipendio, porque sólo aparecieron treinta y ocho entregas.
Todas ella van firmadas por un adolescente de diecinueve años que, un año atrás, había decidido --según contó él mismo, "Muchos años después", cuando ya era una víctima preferida de la fama-- aceptar el reto de un periódico de la capital que alegaba no publicar a los jóvenes por no encontrar entre éstos la promesa futura que tanto necesitaban las letras nacionales. Ese muchacho escuálido y temerario, que en buena ocasión se sintió solidario con su generación y se sentó a escribir, se llamaba, se sigue llamando, Gabriel García Márquez.
Antes de convertirse en un oscuro periodista de provincia, "El Espectador", que en justa reciprocidad había --a su vez- aceptado su desafío, ya había publicado sus tres primeros cuentos. Pero el asesinato de Gaitán, el consabido cierre de la Universidad Nacional y el incendio de la pensión bogotana donde vivía el escritor en ciernes, obligaron a este proyecto de abogado a trasladarse a Cartagena y, como lo expresa "El Universal" en una nota anónima del 20 de mayo, tomar "una plaza" en la universidad local, para seguir adelante sus estudios. Al día siguiente, el viernes 21 de mayo de 1948, apareció su primera contribución.
Consuela saber, comentó alguien con ocasión de la lectura de estos textos, que no siempre ha escrito bien García Márquez. Es verdad. No siempre que ha escrito ha escrito bien. Pero lo cierto, también, es que casi siempre lo ha hecho mejor que muchos de nuestros escritores y ni qué decir de la gran mayoría de nuestros periodistas.
Incluso cuando, como ocurre precisamente en esa época, el escritor periodista es avasallado por la metáfora, la sinécdoque, la metonimia, la hipérbole, etc. Incluso, también, cuando su empedernido corazón de bestia sentimental lo somete y se lo lleva a rastras por los vericuetos de la cursilería.
Igual, entonces, a como ocurrirá dos años más tarde en "El Heraldo" de Barranquilla, hay momentos en que el pichón de escritor supera al periodista y en la columna ejerce su dominio la diosa literatura.
La primera entrega en "El Universal", aparecida --como todas las que seguirán a continuación-- en la página cuatro, se refiere al toque de queda: es bastante azul la época y la violencia ya no es una amenaza: "Los habitantes de la ciudad nos habíamos acostumbrado ya a la garganta metálica que anunciaba el toque de queda". En 1958, diez años más tarde, aparecerá publicado el relato acerca de un hombre que durante los últimos cincuenta y seis años de su vida no ha hecho otra cosa que esperar. Esa historia, la del viejo y astroso coronel, antiguo tesorero de la revolución por la circunscripción de Macondo, y que ahora se muere de hambre en la "exquisita mierda de la gloria", también está enmarcada por el toque de queda. A él y a sus costumbres, como a las de los "habitantes de la ciudad" se ha incorporado el toque de queda. Incluso, el narrador participa de esta situación: "A las once sonó el clarín del toque de queda. El coronel concluyó la lectura media hora más tarde, .... "
Al día siguiente viene la típica columna del gitano, la del vagabundo trashumante, personificado en un instrumento musical: el acordeón. Y aquí empiezan, ahora sí, en serio, los abruptos retóricos: "No sé qué tiene el acordeón --empieza la nota-- que cuando lo oímos se nos arruga el sentimiento". Pudoroso, sin embargo, señala a continuación: "Perdone usted, señor, este principio de greguería. No me era posible comenzar en otra forma... " Pero a pesar de lo dicho, a renglón seguido olvida las disculpas y rueda cuesta abajo por el desfiladero: "Yo, personalmente, le haría levantar una estatua a ese fuelle nostálgico, amargamente humano, que tiene tanto de animal triste".
Y digo desfiladero, porque a medida que se va avanzando en la lectura de todas esas columnas, la imaginería es cada vez más abisal, más primitivo el hipérbaton, la metáfora más descomunal. Nos acercamos visiblemente a ese despiporre de bazar turco, de tenderete de fiesta que impera campante en "Cien años de soledad" y que será el rasgo determinante y característico de "El otoño del patriarca".
Unas líneas más abajo, en la misma columna del acordeón, arma una imagen que nos trae a la memoria la figura de Amaranta, la incestuosa virgen viuda de "Cien años de soledad", la novela para la cual faltaban todavía dieciocho años: "El (el acordeón) hizo de lino crudo, de cáñamo indómito, el sueño de la hembra a quien le ardía el hijo en el corazón y tenía, sin embargo, la dolorosa certidumbre de que nunca bajaría hasta su cintura". Tres días más tarde, el 26, el tema son los helicópteros y vuelve de nuevo a la memoria la misma novela, por su referencia, en primer lugar, a las "Mil y una noches" y a las alfombras mágicas "que con sólo óír una voz se llevaban al hombre por encima de los camellos y las montañas ". En segundo lugar, por la mención que hace de una aldea rumorosa, "anónima y pastoral", como Macondo, "que pasó una vez a la orilla de nuestro viaje". A continuación, una hermosa metáfora sobre la aldea misma, y la visión fugaz --el pasajero, desde la ventanilla adolorida de un tren o un melancólico bus, completan la visión del paisaje: "Diría que el vientre de la aldea estaba curvado. Lleno de una gravidez frutal, de un silencio que se parecía en algo al de una madre dormida. Que más allá, desenvuelto, estaba el río indispensable. Y que venía mansamente habitado de racimos y de niños, como si no corriera por el paisaje sino por la memoria de la aldea". Y este episodio que se inició con los helicópteros, termina también con ellos, en una imagen deslumbrante: "Me acordaría de los pájaros y diría que lo poético y musical del helicóptero, es lo poco que tiene de máquina y lo mucho que tiene de colibrí".
Unos días más tarde, el 4 y 6 de julio, hay dos cuyo tema es el amor y la ausencia y la muerte. Pero, por encima de todo, la paradoja, contrapuntística que se origina en la transitoriedad del amor, en su inevitable contaminación por lo efímero y la certidumbre arraigada de una pasión que, como el olor de Remedios la Bella, "seguía torturando a los hombres más allá de la muerte, hasta el polvo de sus huesos ": "Y pensar que todo esto estará alguna vez habitado por la muerte. Que esta cálida madurez de tu piel, que sube por mi tacto hasta el abismo del desasosiego, tiene que desgajarse un día sobre su propio silencio desolado... Que ese temblor de voces interiores que sube por tu sangre, que se anida en tu vientre como un hijo cuando te hablo de cosas simples, elementales como estas cosas tremendas de que te estoy hablando, tiene que estar un día trasladado a otro cuerpo, cuando los nuestros sepan el peso de las piedras y sin embargo siga siendo verdad el amor. Que este dolor de estar dentro de ti, y lejano de mi propia substancia, ha de encontrar alguna vez su remedio definitivo ".
Contrasta terriblemente con esta imaginería de feria de gitanos, con la fuerza que impregna cada una de las metáforas, algunas expresiones y --muy especialmente-- el abuso del adjetivo y la adverbialización, que es tumultuosa. García Márquez, como buen discípulo de un internado sabanero, no fue ajeno a ese estilo que consiste en escribir como si "latín aún habláramos". Pero hay ya en estos comienzos un elemento que marcará toda su obra literaria posterior: ninguna aventura de la imaginación tiene más valor literario que el más insignificante episodio de la vida real. Y eso está muy claro desde esa época. El tema más reiterado, tanto en estas columnas como en las que escribirá más tarde en "El Heraldo", es la cotidianidad.
Un texto escrito algo más de treinta años después lo confirma. En el prólogo que le hiciera a la carpeta del Museo de Arte Moderno de Cartagena: "Aquí sólo falta un payaso pintado detrás de una puerta", él mismo lo señala claramente, aunque en apariencia esté diciendo todo lo contrario: "Yo daba mis primeros pasos de periodista en 'El Universal', que acababa de fundarse a muy pocas cuadras de allí,... En la madrugada, cuando se paraba el rumor de llovizna de los teletipos, me iba con los linotipistas a las bodegas del puerto, cuyo celador insomne era el único amigo, dispuesto a recibirnos a esa hora. Allí permanecíamos hasta el amanecer, tomando aquel ron de caña que parecía de fósforo vivo, y escuchando las historias fantásticas del celador.
Desde el lugar en que nos sentábamos a conversar, veíamos el muelle de los pegasos con sus veleros de mala muerte, que iban resucitando a medida que aumentaba la madrugada. Uno a uno los veíamos zarpar en silencio, cargados de jaulas de micos y huacales de guineo verde y remesas de putitas nuevas para los hoteles de vidrio Curazao. Nunca podré olvidar en el resto de mi vida aquellos amaneceres irreales de mi juventud. Siempre recordaré qué tristes nos poníamos cuando las goletas se iban, me acordaré del loro que adivinaba el porvenir en la casa de camas alquiladas de Matilde Arenales, de las jaibas que se salían caminando de los platos de sopa que servían en las fondas de maricas del mercado, del viento de tiburones, los tambores remotos, la luz amarga de los primeros días de abril, mientras el celador nos contaba sin cansancio la historia de la casa". Conrado Zuluaga
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