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| 10/30/1995 12:00:00 AM

DIAS DE RADIO

Hace 100 años Guillermo Marconi marcó el inicio de la era radial, con la cual el hombre se abrió definitivamente a la conquista de las comunicaciones.

CIERTAMENTE EL FINAL DEL SIGLO XIX fue, como sin duda lo está siendo también el ocaso de la vigésima centuria, un tiempo convulsionado por la intrepidez de la creatividad humana. Los avances científicos, desde la revolución industrial, habían llegado a un punto en que maravillas jamás antes imaginadas por el hombre golpeaban como goterones las cabezas de los investigadores, llenándolos de inquietud y de ansia por los descubrimientos que estaban a punto de surgir, a partir de los cada vez más elocuentes conocimientos físicos.
Cuando comenzó la última década del siglo XIX, la invención del teléfono por Alejandro Graham Bell no había cumplido los 20 años, el norteamericano Thomas Alva Edison acababa de inventar el fonógrafo y estaba haciéndole los últimos retoques a su máquina generadora de imágenes en movimiento, que bautizaría con el nombre de cinetoscopio, mientras al otro lado del océano los hermanos Lumiere, luego de decenas de experimentos, preparaban la aparición del cinematógrafo, finalmente estrenado el 28 de diciembre de 1895.
Precisamente por esa época, hace 100 años, y pocos meses antes de que los hermanos Lumiere regalaran al mundo el que sería llamado séptimo arte, por la grandiosidad del invento, en Italia un jovencito que no pasaba de los 22 años escuchaba desde su balcón el disparo de fusil de su hermano Alfonso, quien se hallaba a una milla de distancia, oculto detrás de una colina. El tiro, que revolucionaría al mundo a la par con el cine, era la señal de que aquel joven, de nombre Guglielmo Marconi, había logrado enviar desde su casa un mensaje radial a su hermano sin necesidad de cables, la primera señal inalámbrica emitida por ondas hertzianas, una hazaña que muchos de sus contemporáneos sólo asociaban con la magia.
Era el principio de la radio, que le valió a Marconi el premio Nobel de Física en 1909 y cambió para siempre los sistemas de comunicación. La celebración del crucial acontecimiento, tal vez opacado por la fiesta de los 100 años del cine, se había reducido a Italia e Inglaterra, antes de que el mundo entero rindiera con justicia un homenaje a su precoz ejecutor.
Y no era para menos. Como lo dijo la propia hija de Guillermo Marconi, Gioia Marconi Braga, quien pasó por Bogotá la semana pasada para dictar conferencias sobre su padre y asistir a la inauguración de la exposición sobre los 100 años de la radio, exhibida en el Museo Postal del Edificio Murillo Toro y organizada por el Instituto Italiano de Cultura, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Italia, la Fundación Marconi, el Ministerio de Comunicaciones de Colombia- entre otras instituciones-: "Habiendo demostrado a un mundo escéptico que las ondas electromagnéticas podían llevar mensajes de un rincon a otro en la Tierra, Guglielmo Marconi introdujo 'la era de las comunicaciones globales instantáneas', una idea revolucionaria, supongo, como lo fueron el invento de la rueda o el de la imprenta".
Pero lo que hoy es evidente a los ojos y a los oídos de cualquiera, al final del siglo XIX no lo fue tanto. Sobre todo en Italia y en su natal Bologna. Su padre sólo creyó en la portentosidad del experimento de su hijo tiempo después, cuando le ofrecieron a Marconi 300.000 liras por su aparato transmisor. En Roma, adonde Guillermo viajó a ofrecer su invento, un agente del Ministerio de los Correos rechazó la propuesta. Según cuenta su hija Gioia, "era demasiado joven para que le creyeran". En general, la acogida que Marconi tuvo en el seno de las autoridades italianas fue más bien fría. Con 22 años viajó entonces a Londres, en 1896, con la esperanza de que su talento le sería reconocido. Y aunque la prensa al principio fue burlesca e incrédula, al punto de tildarlo simplemente como un 'buen electricista', en las esferas más altas de la ciencia británica, en las cuales los estudios sobre electromagnetismo habían ocupado gran parte del siglo las mentes de los investigadores, la reacción fue bien distinta.
Gran Bretaña estaba ávida de nuevos avances en comunicaciones, mientras su potente marina pedía a gritos la aparición de instrumentos de navegación cada día más eficaces. Inglaterra le abrió los brazos a Marconi, quien además de ser un brillante científico era un excelente hombre de negocios. Financiado por los ingleses, cruzó en varias ocasiones el Atlántico en busca de nuevos mecanismos para perfeccionar sus transmisores y receptores. Finalmente, con el cambio de siglo llegó el punto culminante de su experimentación. El 12 de diciembre de 1901, en St. John's-Terranova, Canadá, y con ayuda de una cometa como antena Marconi recibió la primera señal de radio telegráfico que atravesó el océano, lanzada desde Poldhu, Cornwall, en Inglaterra.
El mundo entero comenzaba a darse cuenta de lo que Marconi había logrado con la radio. Y el convencimiento habría de ratificarse muy poco tiempo después, por un acontecimiento que quedó guardado para la historia: el desastre del Titanic, en 1912. Marconi se encontraba en Nueva York y si no hubiera sido por la enfermedad de su hijo Giulio, de apenas dos años, su esposa, Beatrice O'Brien, se habría embarcado en el trasatlántico. En todo caso, lo único que hizo posible el rescate de los sobrevivientes de una de las peores tragedias marítimas del siglo, fue el sistema de radio de Marconi, gracias al cual la famosa señal de S.O.S surtió efecto.
Glorificado por la fama y el triunfo económico, Marconi alcanzó a rozar los límites de la excentricidad, sobre todo con la compra de la nave de vapor Elettra, de 700 toneladas, con la que se dio el lujo de iluminar el Corcovado de Rio de Janeiro y la ciudad de Sidney, Australia.
Era tal vez la señal al mundo de que con sus experimentos había cambiado al mundo... y de qué forma. Si hace 100 años el planeta miraba con incredulidad su mecanismo transmisor, hoy nadie niega su influencia en la vida cotidiana y en las grandes empresas del hombre: desde los sofisticados transmisores espaciales, que hicieron posible la llegada del hombre a la Luna, pasando por los radares y radioayudas en los sistemas de navegación marítima y aérea, hasta los teléfonos celulares, los hornos microondas, la radio propiamente dicha y uno de los mayores inventos del siglo, nacido de la fusión de la radio con la imagen aportada por el cine: la televisión.
De alguna manera el disparo que hizo Alfonso Marconi a su hermano Guillermo desde aquella colina bolognesa, se convirtió en el anuncio de una era que todavía está por escribir sus mejores capítulos.
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