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| 7/11/2015 10:00:00 PM

El museo de Troya

El Museo Nacional lleva siete meses sin director en propiedad, lo que genera inquietudes sobre el futuro de una de las instituciones culturales más importantes del país. ¿Para dónde va?

El antiguo Panóptico Nacional, en el que reposa gran parte de la memoria de Colombia y funciona el Museo Nacional, hoy parece un ‘barco a la deriva’. Desde hace siete meses no tiene un director en propiedad, y este vacío, según varios expertos, ha hecho que abunden las dudas sobre el futuro del museo, el más antiguo del país.

En diciembre de 2014, María Victoria de Robayo, quien había asumido desde 2005 la dirección de la entidad, se retiró al cumplir la edad de retiro forzoso de los funcionarios públicos, 65 años. Y a pesar de que era una noticia anunciada, al parecer no se planificó la búsqueda de un reemplazo que cumpliera con el perfil necesario para tomar las riendas.

Ante la incertidumbre, el Ministerio de Cultura ha respondido que este es un proceso complejo que no se resuelve “de la noche a la mañana”. Y la ministra Mariana Garcés dijo que solo se referirá una vez haya nombrado a alguien en propiedad.

Frente a esta situación, la revista Arcadia planteó en sus últimas dos ediciones la falta de rumbo del museo. Un editorial y dos artículos de opinión –la del crítico de arte Lucas Ospina y la del columnista Nicolás Morales– cuestionan la demora en nombrar al nuevo director y sostienen que el museo ha perdido la efervescencia de hace algunos años, cuando traía exposiciones como las de Rembrandt, Rau, Moore, Goya o Los guerreros de terracota. El escrutinio ha ido, incluso, hasta temas más básicos como la desactualización de sus fichas técnicas.

Frente a las críticas, Ana María Cortés, directora encargada del museo, dice que “sí se han seguido presentando exposiciones de gran relevancia”, como Dioses, mitos y religión de la antigua Grecia (2013), una muestra curada especialmente por el Museo del Louvre para el Museo Nacional de Colombia. Y destaca también a Hilos para la eternidad, textiles funerarios del antiguo Perú (2011). Pero entre el listado que enumera, solo hay una reciente: Encuentros México-Colombia (2015), una exposición que, según Lucas Ospina, es más diplomática que cultural.

También Robayo salió en defensa del museo: cita a Mutis al natural (2008), “una exposición científica e históricamente muy importante”, y dice que traer la cultura universal no es la tarea del museo.“La misión del museo es con la memoria del país. Este no es un museo de arte”.

Y este es, precisamente, otro problema que señalan los conocedores de la institución: la carencia de un guion que sea capaz de mezclar la realidad del país con su pasado, y que al mismo tiempo esté sincronizado con el lenguaje que está hablando el arte en el mundo de hoy. Hay consenso en que el museo padece de, lo que Arcadia llamó, una “desconexión con el mundo contemporáneo”.

La artista Beatriz González, su curadora durante 15 años (hasta 2002), cuenta que su primer trabajo en el museo, junto con la entonces directora Elvira Cuervo, fue “conocer y estudiar la colección. Lo que sucede ahora es que la gente que está ahí no conoce la colección”. Cuervo coincide con ella: “El país sabe que el museo está en mis entrañas. No me puedo quedar al margen de unas circunstancias que me afectan. Me preocupa que se pierda el norte del museo: relatar a través de sus objetos la historia de Colombia. Su guion no es coherente”.

Pero Cortés, la directora encargada, tiene otra opinión y dice que hoy están exhibidas piezas que habían estado guardadas por años. “En la nueva curaduría de la sala Modernidades, que se abrió esta semana, se muestran 160 obras de la colección de arte, algunas de las cuales no habían salido de las reservas”.

Otro punto en la lista, que aparece con negrillas, lo introdujo Lucas Ospina: “Las exposiciones son bastante conservadoras, predecibles; parece que le tuvieran temor a la polémica”. En palabras de Arcadia: “El museo sufre de un exceso de lo políticamente correcto”. El planteamiento de Ospina va más allá: señala que la discusión de fondo tiene que ver con la idea de cultura que está rigiendo al Museo Nacional, un concepto que, según él, sigue anclado “en la alta cultura, a unos nombres de unas familias… Hay una idea muy elitista de los museos”.

Una controversia más la genera la lenta apertura de las nuevas salas. “La apuesta es inaugurar una por año”, señala Cortés, la directora encargada. Y su antecesora, María Victoria de Robayo, explica que en el proceso de renovación se han topado con problemas de infraestructura del edificio, que se les salen de las manos. “No podemos darle gusto a un cronograma sin atacar los problemas de raíz. El año pasado solo se pudo entregar una sala porque las obras de adecuación no permitieron entregar la segunda”. Lo que preocupa es que si las obras siguen a este ritmo, la totalidad de las salas estarían listas en 16 años más, cuando las necesidades del país sean otras y seguramente exijan nuevos ajustes.

Esa única sala renovada es Memoria y Nación, un espacio que en palabras de ella plantea el país diverso que somos y, que al mismo tiempo, se está acercando al público con una mirada más moderna. Sin embargo, esta sala ha sido otro de los centros de la discusión. “Me encontré con un espacio hecho de fragmentos, rostros e imágenes deshilvanadas”, escribió Nicolás Morales. Y el mismo museo lo reconoce. Esta sala es solo un prólogo de lo que serán las siguientes salas, pero justamente es eso lo que causa desconcierto.

“El reto para el museo no es contar una nueva historia, es pensar nuevas maneras de construcción de memoria”, dice Víctor Manuel Rodríguez, curador independiente y consultor de políticas culturales en Colombia y en el exterior. William Alfonso López, profesor de la maestría en Museología y Gestión del Patrimonio de la Universidad Nacional, plantea un debate más profundo: que el museo sea dirigido con autonomía, que no haya un control ideológico, que no exista injerencia política.

Además, hay otro tema que preocupa a los críticos: la ampliación del museo, discusión que se ha prolongado por casi dos décadas debido a enredos legales. “Este es el tema más complejo que enfrenta el Museo Nacional”, dice su directora encargada. Y explica que el último capítulo de esta historia es la negociación que adelanta el gobierno con la Lotería y la Gobernación de Cundinamarca, quienes luego de una larga batalla judicial obtuvieron los predios que el museo había estado peleando durante años para su expansión. Su pretensión es comprárselos por 100.000 millones de pesos, “una suma enorme para el ministerio”.

Por ahora, para empezar a zanjar el debate y solucionar los problemas, es importante que el Ministerio de Cultura nombre una cabeza para esta institución que, por todo lo que significa, no puede estar a la deriva.
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