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| 1/16/1995 12:00:00 AM

DIVERTIMENTO

Tres de las más bellas creaciones de Elías Heim, visitarán varias ciudades colombianas.

ES INDUDABLE que, en el joven arte colombiano, Elías Heim, por su profesionalismo y compromiso, es una de la figuras que con mayor claridad se destaca.
Cada trabajo que ha presentado ha sido, además de una sorpresa de inventiva y de discurso técnico y artístico, el aviso de una promisoria carrera que han señalado, entre otros, dos premios otorgados por entidades artísticas de Israel, un premio en la Tercera Bienal de Arte de Bogotá, un primer lugar en el pasado Salón Regional de Artistas celebrado en Pasto, una mención en el XXXV Salón Nacional de Artistas, y el hecho de que en la actualidad, a pesar de su temprana edad (28 años), exponga en forma individual en el Museo de Arte Moderno La Tertulia de Cali.
Allí ha reunido tres grandes instalaciones que pronto visitarán por separado diferentes museos del país, la sala de exposiciones de la Biblioteca Luis Angel Arango de Bogotá, y posiblemente la ciudad de Nueva York.
Estas, como otras obras suyas, son divertimentos mecánicos realizados con impecable factura, con los cuales da lugar a reflexiones sobre la historia y la contemporaneidad artística, sobre la función del arte, el compromiso, conservación y proyección de todo museo, y sobre el desarrollo de la ciencia y la tecnología, así como de la nueva estética que conllevan, todo ellos, evidenciando un espíritu de profundo romanticismo.
Cada uno de los aparatos creados por Elías Heim parodia, desde su industrial confección y su disparatado funcionamiento, una vida que a pesar de adoptar el frío vestido tecnológico no deja de estar regida por el impulso sexual y erótico, por la necesidad de deleitarse en la contemplación, de fortalecerse en la belleza y, fundamentalmente, en el amor.
Hay en todo esto delirio y desmesura. El 'inútil' y costoso aparataje creado por Elías Heim, en el cual se comprometió un año de trabajo, con sus días y sus noches, y hasta el último de los recursos del artista, no sirve más que para soñar, para llenarse de alegría, y para llegar sutilmente, desde esos caminos, a revisar con ironía la infinidad de aspectos y de grandes y pequeños hechos que sumados construyen la cotidianeidad o la historia del hombre y del arte.
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