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| 10/16/2000 12:00:00 AM

Divinas tentaciones

Un cura y un rabino pelean por el amor de una amiga de la infancia.

En todas las comedias románticas un hombre simpático y temeroso se enamora de una mujer ideal y confundida, supera una serie de obstáculos para conquistarla y, cuando por fin logra convencerla de su afecto y comienzan a vivir una inolvidable historia de amor, ocurre un accidente y se separan. Es entonces cuando él, después de reconocer y resolver sus miedos, se atreve a recuperarla. Y el público, ávido de finales felices, perdona la resolución apresurada y el súbito cambio de parecer de los personajes principales.

Divinas tentaciones es una comedia romántica y, por eso, porque cumple a la perfección con todas las convenciones del género, cuando termina deja en el espectador una extraña sensación de felicidad. Es la historia de dos grandes amigos que se enamoran al mismo tiempo de su amiga de la infancia. Viven en una Nueva York que se enfrenta a los cambios culturales del nuevo milenio. Uno es un cura católico, el otro es un rabino con una madre dominante y una comunidad llena de jóvenes en edad de merecer, y ella es una mujer amable, divertida y solidaria, pero es una adicta al trabajo que nunca se ha detenido a pensar en su fe.

Aunque el planteamiento es, como puede verse, muy original, el resultado es, en manos del actor Edward Norton, mucho menos arriesgado. Esto no es, en ningún momento, una crítica. Es un hecho: Norton ha partido del irónico guión de Stuart Blumberg, su antiguo compañero de cuarto en la Universidad de Yale, y, después de pedirle consejos a Warren Beatty —otro actor que, cansado de no ser la última palabra, tomó la decisión de convertirse en director—, ha filmado la aventura de tal manera que no se centra en la expresividad de la cámara o del montaje sino, básicamente, en las actuaciones de un gran elenco y en todas las posibilidades de los diálogos.

Ha sido una buena estrategia. Ben Stiller, de Loco por Mary, es capaz de hacer verosímiles las situaciones y las frases más absurdas. Jenna Elfman, de Dharma and Greg, logra crear una versión frágil de ella misma. Y él mismo, después de sus maravillosas actuaciones en Historia americana X y El club de la pelea, compone un cura honesto, solitario e ingenuo que, a pesar de todos los conflictos de la nueva era, trata de conservar su fe. Los tres, juntos, han logrado construir, en la pantalla, una envidiable amistad que hace olvidar la resolución apresurada y un desarrollo lleno de deficiencias narrativas.

Divinas tentaciones es, por decir lo menos, una película digna. Asombra por sus excelentes actuaciones y por su inteligente y discreta dirección pero, sobre todo, porque encuentra, desde su planteamiento, un par de vínculos entre la religión y la comedia romántica: descubre que las dos son ficciones destinadas a aliviar la carga vital de los espectadores y revela que, a pesar de sus nobles intenciones, siempre han visto a la mujer como a un objeto, y por eso, en la mayoría de los casos, aún no han logrado convertirla en protagonista.
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