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| 11/26/2016 12:00:00 AM

Los nuevos detectives que ponen en duda las decisiones de la justicia

Cada vez más documentales están tratando de desentrañar los casos criminales más sonados de los últimos años en el mundo. La polémica está servida porque algunos ponen en duda las decisiones de la justicia.

Morgan Geyser y Anissa Weier tenían solo 12 años cuando decidieron asesinar a una de sus compañeras del colegio. La llevaron cerca de un bosque en la ciudad de Waukesha, Wisconsin, y allí la inmovilizaron, la apuñalaron 19 veces y luego salieron huyendo. La víctima sobrevivió porque se arrastró hasta una carretera en donde un ciclista la descubrió y llamó a una ambulancia. Las niñas, mientras tanto, se fueron caminando por una vía con las camisetas manchadas de sangre y un cuchillo guardado en una mochila. Así las encontró la Policía.

Pero la mayor sorpresa llegó cuando las interrogaron. Ellas no solo aceptaron el crimen sin ningún tipo de arrepentimiento, sino que dijeron que lo habían hecho siguiendo las órdenes de Slenderman, un personaje ficticio nacido en los foros de internet y que, según la leyenda urbana, es un monstruo delgado y sin rostro. Contaron que las visitaba, que quería convertirlas en sus siervas y que si no le hacían caso iba a asesinar a sus familias.

Desde entonces (los hechos ocurrieron en mayo de 2014), ambas enfrentan un juicio por intento de homicidio y podrían pagar una pena de hasta 65 años de cárcel, pues las están procesando como mayores de edad. Sus abogados alegan que sufren problemas de salud mental y, con estudios en mano, piden declararlas inimputables. La decisión final se tomará durante el próximo año.

La historia volvió a las primeras planas de los medios de comunicación hace poco, cuando HBO anunció que en enero de 2017 transmitirá un documental sobre el caso. Se trata de Beware the Slenderman (algo así como Cuídate del Slenderman), un largometraje de 117 minutos dirigido por Irene Taylor Brodsky, quien permaneció en la ciudad en la que ocurrieron los hechos durante 18 meses. Allí tuvo acceso a los familiares y amigos de las menores, habló con los investigadores, revisó las pruebas, y buscó declaraciones de expertos sobre el impacto de internet y las criaturas de ficción en los niños.

El resultado promete dar de qué hablar y se suma a una tendencia que ha crecido en los últimos dos años: los documentales que tratan de desentrañar crímenes reales, a los que algunos llaman policiales o true crime. El más sonado es Making a Murderer (Fabricando un asesino), de Netflix, que generó una ola de indignación porque da a entender que las autoridades fabricaron las pruebas que llevaron a la cárcel a Steven Avery, acusado por el asesinato de una fotógrafa de 25 años. Pero también hay otros como Amanda Knox, sobre la estadounidense que enfrentó un juicio por el asesinato de su compañera de habitación en Italia, y El testigo, que revisa las pruebas sobre la violación y el asesinato de Kitty Genovese, un caso muy sonado en 1964.

Los expertos creen que muchos de estos programas tienen éxito porque el crimen y las investigaciones policiales siempre han sido populares para el público, y mucho más si están basados en casos reales, que vieron alguna vez en las noticias y de los que pueden rastrear sus consecuencias fácilmente. Pero Natalia Marcos, periodista de televisión en El País de Madrid, cree que el boom actual comenzó con el éxito de The Jinx, una serie documental de HBO que en febrero de 2015 logró reunir pruebas contundentes –entre ellas una confesión accidental– para llevar a la cárcel a Robert Durst, miembro de una prominente familia de Nueva York y sospechoso de asesinar a tres personas, incluida su primera esposa. A partir de la polémica generada por ese incidente, los productores comenzaron a apostarle aún más a este tipo de contenidos.

Y aunque cada caso es distinto y tiene sus particularidades, la fórmula es muy parecida. Los documentales presentan los diversos puntos de vista sobre un crimen, ponen a hablar directamente a los involucrados (acusados y acusadores), muestran el esfuerzo de las autoridades por descubrir la verdad, y se dedican, a través de investigaciones propias, a buscar nuevas pruebas y a presentar todas las hipótesis. El documental termina por resolver el misterio o, algunas veces, plantear más dudas que al principio.

Además, los casos son mediáticos y tienen consecuencias reales fuera de la pantalla. Por eso, aunque algunos han tenido altos niveles de audiencia, el mayor indicador de éxito es que la gente hable de ellos en las casas, la calle y las oficinas. “No todos consiguen altos ‘ratings’, pero casi todos logran ese tipo de efecto, que también es valioso porque generan voz a voz y esa es parte de la fórmula para cadenas como HBO o plataformas como Netflix”, cuenta Brian Lowry, crítico de televisión en CNN.

Por eso, estos documentales no están exentos de polémica y varios de ellos, incluso, han puesto en jaque a la justicia real. La emisión de la primera temporada de Making a
Murderer, por ejemplo, desencadenó protestas y llevó a que más de 500.000 personas firmaran una petición para pedirle a Barack Obama liberar a su protagonista. Y aunque la Casa Blanca respondió que esa decisión no estaba en manos del presidente, la semana pasada un juez ordenó sacar de la cárcel a uno de los implicados, una medida que fue apelada y hoy está en el limbo. Ken Kratz, el fiscal del caso, sostiene que la serie manipula las pruebas para mostrar como inocente al acusado.

Para Lowry, ese es un peligro latente y siempre va a caber la posibilidad de que los productores simplifiquen una historia compleja en beneficio de la trama. “Como muchos espectadores no van a ir más allá y no investigan en profundidad, parte de la responsabilidad recae en quienes escribimos sobre televisión. Tenemos que hacer esa tarea y no siempre tomar estas historias como hecho cierto”.

En otros casos, sin embargo, los documentales lograron lo que la justicia no pudo. Paraíso perdido, una serie de tres largometrajes (1996-2011), fue clave para demostrar la inocencia de los tres adolescentes acusados, de forma errónea, de asesinar tres niños en Arkansas, por lo que pasaron 20 años tras las rejas. Y en El testigo, los investigadores tumbaron el mito –muy difundido en Estados Unidos– de que solo 1 de 38 testigos de un asesinato ocurrido hace 52 años había llamado a la Policía. El ejemplo más claro es el de The Jinx, aunque se vio empañado porque Andrew Jarecki, su director, tuvo problemas legales porque no denunció a Durst en el momento en el que obtuvo la confesión accidental de los asesinatos, para no dañar el final de la serie.

El boom de los documentales policiales, además, parece no tener fin. Netflix ya confirmó una segunda temporada de Making a Murderer, y HBO está preparando
Mommie Dead and Dearest (Mamá muerta y querida), un filme sobre una niña en silla de ruedas acusada de asesinar a su mamá en 2015. Además, Beware the Slenderman promete ser otro éxito de la cadena. Es probable que por ahora los mejores investigadores sigan detrás de las cámaras. 

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