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| 2/8/2004 12:00:00 AM

Dos capítulos del libro 'Según la costumbre'

Sé que la mayor dificultad es establecer con la debida oportunidad la presencia de la infección en el organismo. Decenas de personas pueden estar infectadas sin saberlo. En ocasiones los síntomas sólo aparecen muy tarde. Esto hace incontrolable el proceso de transmisión. Las pruebas clínicas con que cuento son muy limitadas. Yo mismo no sé con precisión qué es lo que hay en el suero de un paciente. He confirmado en Medicina Legal que en el último año han muerto en Bogotá veintitrés personas a causa de la enfermedad. Decidí conocer los lugares donde la gente se infecta. Visité ocho lugares de esos. Son sucios hasta el extremo. Según mis cálculos trabajan en ellos más de cuarenta mujeres. Los locales están concentrados alrededor de la Plaza del Voto Nacional. Hay otro en la plazuela de San Victorino. Dos cerca del Puente de San Francisco. Uno en el Camellón de las Nieves. El movimiento de visitantes es intenso y el expendio de chicha y aguardiente no para. Unos beben hasta caerse mientras en los socavones otros se sirven de las mujeres. Una misma los acepta a todos. Uno tras otro durante horas. Están todos como sordos. Como dormidos. Pasan y se vacían y se retiran. En una noche en estos antros dos o tres mujeres pueden atender hasta cincuenta personas. Al amanecer ellas están como desangradas. Hasta el punto de que no pueden moverse. Se quedan acostadas sobre el piso mientras la mañana entra por los rotos de las paredes. A su alrededor la luz va descubriendo todo. Manchas. Trapos. Tazas. Perros. También hombres perdidos que en algún momento despiertan y se van espantados para la ralle. A esas horas se ve el alma en carne viva de todo el mundo. Yo aquí en el consultorio desfallezco a veces. Buscando un poco de solaz fui a hacerle una visita a la señora Wilmot. No lograba apartarla de mi pensamiento. Desde la calzada creí verla tras los vidrios del salón. Pero cuando pregunté por ella me dijeron que no estaba. Dejé mi tarjeta y me fui. He intentado verla varias veces. El lunes sin estar esperándolo me la encontré en la oficina de correos. Yo entraba y ella ya salía. Cambiamos apenas unas palabras. Ella me dijo que me agradecía el gesto de las visitas. Yo le dije que lamentaba no haberla encontrado. Ella estaba tranquila. Muy hermosa. Averigüé por las niñas. Le pregunté si le parecía apropiado que volviera a visitarla. Ella se quedó pensativa. Casi me muero esperando su respuesta. Después de unos segundos asintió. Hoy en día pensar en ella es mi consuelo. Día tras día veo a mis pacientes sufrir lo indecible. Castigados con vesania. Muriéndose cubiertos de úlceras. Con los labios y los vientres tumefactos. Mi consuelo han sido los ojos dulces la señora Wilmot. Ayer me fui para Suesca a vi

a un paciente. Salí temprano y me fui caminando hasta la Estación de La Sabana. A las siete, filió el tren. Cuando íbamos por Puentearanda noté que venían conmigo unos señores que iban de cacería. Vestían trajes de paño y botas altas de cuero. Con ellos iba un niño que miraba todo con asombro. Miraba yo al niño unas veces y otras el campo que pasaba por la ventanilla. El sol iba pintando el verde de las colinas. La tierra oscura

de las sementeras. Uno de los cazadores hablaba en voz baja y movía las manos blancas. Miró de repente hacia donde yo estaba y me saludó inclinando la cabeza. Unos minutos más tarde estábamos los dos conversando. Descubrí que se trataba de un médico que había regresado recientemente al país. El doctor Liras venía de África. Allí había estado tres años. Trabajando en un hospital de El Cairo. Lo mismo que yo él se dedicaba al estudio y tratamiento de las enfermedades infecciosas. Como teníamos los dos como destino final Suesca pudimos conversar a espacio. Recuerdo que el niño miraba con preocupación a su padre desde el otro lado del coche. Pero el doctor Liras estaba imbuido en la conversación conmigo. Adelante del Puente del Común estaba yo refiriendo a mi colega el caso del señor Wilmot. Muy pronto

tuve ocasión de comprobar la gran versación del doctor Liras. Lo que escuché de parte suya me dejó atónito. Se refería a la parálisis de mi paciente. A las alteraciones cerebroespinales. Más que de origen infeccioso éstas habían sido de origen mercurial. Yo quedé abatido. El tratamiento impuesto por mí al señor Wilmot lo había intoxicado. Le causó las lesiones que le produjeron esa horrible muerte. Después me explicó el doctor Lirás que un profesor Fournier en Europa había demostrado que algunos desarrollos en la etapa terciaria eran producidos por el uso indiscriminado del mercurio. Estaba comprobado que el hidragirismo o intoxicación de mercurio era el causante también de graves lesiones cutáneas. Debido a la irritación que produce en las glándulas por las cuales se elimina llega a ocluirlas completamente y produce también daños renales. Lo mismo puede decirse de enfermedades bucofaríngeas o cardiovasculares. «¿Entonces qué nos queda?», le pregunté al doctor Lirás, «el mercurio era nuestra única arma». «Y probablemente lo siga siendo», me respondió él. Y acompañó sus palabras con ese movimiento de las manos. El doctor Lirás señaló además cómo a diferencia del yoduro de potasio el mercurio tenía un alto valor preventivo. «En Francia», dijo, «Metchnikoff y Roux han llegado a construir una guía terapéutica sobre su uso y aplicaciones». Parece que buscan evitar al máximo los accidentes surgidos por el envenenamiento. «Es indispensable que aquí nos hagamos a este tipo de literatura», dijo el doctor Lirás. Buscando un poco de alivio volví a preguntarle si él concordaba con que en la actualidad el mercurio era lo único capaz de detener en alguna medida la enfermedad. Lo único capaz de atenuar el virus y neutralizar algunos de los accidentes específicos. Él estuvo de acuerdo pero insistió en que era indispensable aplicar los agentes mercuriales con toda minuciosidad, «con perfecta oportunidad y ritmo», dijo. Cuando el tren se detuvo en la estación de Gachancipá el niño no pudo contenerse y cruzó el vagón en busca de su padre. El doctor Lirás lo miró con ternura. Lo alzó y lo sentó sobre sus piernas. Era un niño pelirrojo. En Suesca descendimos del tren todos. Nos despedimos. El doctor Lirás me informó que estaba hospedado en el hotel La Ilusión. En la plaza. «Si es el caso que usted decide quedarse hasta mañana», dijo, «no dude en pasar para que sigamos conversando». Así nos separamos. Los otros señores también se despidieron cortésmente. Después subí a un coche pensando que habían nacido nuevas posibilidades. Que no todo estaba perdido. Ahora pienso que tal vez este hombre agudo me va a dar algunas respuestas. Cuando mi coche comenzó a moverse me volví a mirar el grupo de cazadores. El niño pelirrojo seguía mirándome. Me dijo adiós con la mano.



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El lunes encontré recado de que me acercara por el Club Social. Allí el portero me entregó un sobre. Decía, «Calabacillas, pásese esta noche por donde doña Aída, a las ocho». A mí no me gusta hacer negocios con doña Aída. Ella se queda siempre con el grueso del dinero. Como tiene casa propia. Con salones y muebles elegantes. Lo que pasa es que a veces ella no encuentra mujeres y entonces me llama. Y es que a veces no alcanzan las mujeres porque los caballeros las pide seguido. Y no se alcanza. A veces también van para el campo. O se embarazan. O como está pasando ahora se ponen enfermas. Esto de la enedad se ha vuelto problema. Yo lidio la cosa ,gen mujeres del campo. De por aquí de los alrededores de Bogotá. Pero eso tampoco funciona por que son rústicas y no tienen elegancia. Y los caballeros del Club quieren siempre calidad. «Dichosos lis ojos», me dijo doña Aída cuando me llegué basta allá. Estábamos en el salón de la casa. Ella estaba en bata y pantuflas. Me dijo que me sentara en un canapé frente a ella. Yo miré los cuadros en las paredes. Las lámparas cubiertas por velos. Sentí la alfombra gruesa bajo mis botas. Doña Aída me miraba sonriendo. Fumaba con una boquilla. «A su mandar, doña Aída», le dije una vez que me acomodé. Ella me miró y volvió a sonreír. Después me preguntó dónde era que yo conseguía tantas muchachas. Le contesté que ese era mi secreto. Que era cosa que no podía revelarse. Como yo lo había propuesto tantas veces deberíamos entrar en sociedad. Yo pongo el material humano. Tan difícil de encontrar por estos días. Ella pone sus relaciones con los señores. Y la sede. Aquí mismo donde estamos. Bien ubicados. Sin que nadie se entere de nada ni sospeche. Ella me oía con atención. De repente cruzó la pierna. Yo traté de acomodarme otra vez. Doña Aída tiene cuarenta años. Es mona. Tiene ojos verdes. Cuando sonríe se le ven los dientes brillantes y parejos. Es de Cali. Esa pierna grande que estaba cruzando me atormentaba. El muslo por el que se le subía la bata. Hasta arriba. Tuve que hacer esfuerzos para mantener la cabeza clara. Ella inclinó la cabeza hacia un lado. Dejó caer el brazo por el espaldar de la silla. Me preguntó, «¿le provocaa tomar un brandicito?». Yo acepté porque sé que doña Aída no lo sirve sino puro francés. Ella apagó el cigarrillo en un cenicero de cristal. Se levantó y sirvió el licor de unas botellas brillantes que había en una mesa. Volvió a sentarse y me miró. Me dijo que tenía diez caballeros del Club el sábado por la noche. Me dijo que internas allí no tenía sino tres mujeres. «Estoy falta, Calabacillas», dijo. Me pidió que le consiguiera las otras siete. A cambio le reconocía un peso por cada una. «¿Y de don las mujeres, doña Aída?», le pregunté. Me dijo que tenían que ser todas de aquí. Me dijo que no le gustaban las campesinas porque olían maluco. «Recuerde que esta es gente de primera, Calabacillas», dijo. Entonces yo le pregunté si había visto lo de la enfermedad esa de ahora. «Está que cunde la cosa, doña Aída», le dije. Le conté que el 'municipio ya había empezado a molestar. Dizque eso mataba sin compasión. Que no valen lavados ni mercurios. El que coge eso se muere de una muerte horrible. Ella sabía todo. Me dijo que la semana anterior había tenido que sacar de la casa a una morenona porque se puso mala. Se hinchó toda y le salieron en la espalda unas llagas. «Y la miserable callada, sin decir nada», dijo. Las otras internas le avisaron. Hubo que quemar sábanas y cuanta cosa. «Por eso mismo, doña Aida», volví a decirle yo, «va a tener que subirle a esa tarifa porque la cosa se nos está poniendo color de hormiga. «Ajá, y ¿cuánto estima?», me preguntó. Yo le insistí en que fuéramos en sociedad con lo que consumieran los caballeros. Y le traía a las muchachas sin honorario. Doña Aída aceptó. Tuvo que hacerlo. De otra manera no hubiera podido completar su elenco. Yo sé que ella me tiene desprecio. Pero el único en Bogotá capaz de cumplir con un encargo de esos soy yo. La interna que me acompañó a la salida me informó que la patrona se iba a bañar. «Si me da un real lo dejo mirarla», me dijo. Yo le di el real presto. Tenía mi tiempo sin ver en bola a la patrona. Y hoy en día es imposible. Desde que es elegante. Cuando recién llegó a Bogotá sí la aproveché. Era tierna como una natilla. Ahora me desprecia y se da esos aires. La interna me llevó a una mansarda. Debajo estaba el baño. Al momento entró doña Aída. Se quitó la bata y quedó en bola. Se miró un buen rato en el espejo. Doña Aída tiene las nalgas todavía duras y grandes. Y las marías rosadas y paradas. Se puso a cantar mientras se miraba. Entraron dos internas. La ayudaron a meterse en la tina. Con un jarrón le empezaron a echar agua. En los hombros y en el cuello. Sobre el agua cubierta de espuma se le veían las mejillas y los labios bien rojos. Está todavía tan buenamoza la patrona. Las dos internas se arrodillaron en el piso. Empezaron a echarle agua en los brazos. Con una esponja la iban lavando. Ella con los ojos cerrados pensaba en algo. Doña Aída le preguntó a las internas si se acordaban de un caballero inglés que venía por la casa. «Tenía la cara muy triste», les dijo. Les preguntó si se acordaban de él. Haría un año. «Pues al hombre», dijo doña Aída, «lo cogió la enfermedad esa y se murió la semana pasada». Una de las muchachas contó que una mujer en Sopó había tenido un niño con la cabeza inmensa. «Dizque que todo viene de lo mismo», dijo aterrada. «¡Ay, doña Aída!», dijeron las dos internas a coro, «no deje sumercé que nos pase nada a nosotras». Y se arrimaron a su ama. Y le besaban las manos.
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