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| 6/16/2007 12:00:00 AM

Ecos del Mono Núñez

Calidad, cantidad y variedad. Este es el balance que dejó la música andina luego del Festival del Mono Núñez. Análisis de Juan Carlos Garay y Eduardo Arias.

La noche de la eliminatoria final del Festival Mono Núñez, en Ginebra, Valle, se presentó un grupo, por decir lo menos, provocador. Se llama Ensamble Tríptico y es un cuarteto. De la instrumentación tradicional del bambuco mantiene la bandola, pero la contrasta con piano y bajo eléctrico. Además, incluye un instrumento más propio del jazz y del rock: la batería, que por primera vez en la historia del festival sonó en una final, y ganó.

El aplauso para Tríptico fue extraordinario, tal vez porque la fuerza de sus interpretaciones es contagiosa y porque su sonido sugiere, más que el de cualquier otro grupo que se presentara este año, una idea de futuro. Pero no todo el mundo quedó contento. En medio de la mezcla de emociones frente a un fallo tan modernista, a uno de los miembros de Funmúsica se le oyó decir en tono lacónico: “Señores, ha muerto el bambuco”.

Sin embargo, la historia de cualquier género musical está llena de actas de defunción que acaban siendo todo lo contrario. Uno de los asistentes al Mono Núñez, este año en calidad de simple observador, fue el maestro Jaime Llano González. El célebre organista antioqueño, cuyas interpretaciones hoy son sinónimo de tradición, recordó que el comienzo de su carrera tampoco estuvo exento de polémica: “Los curas se me vinieron encima porque tocaba música colombiana en órgano, un instrumento que para ellos era exclusivamente litúrgico”.
Así que aunque algunos lamenten la muerte del bambuco, la realidad es menos lapidaria. En el Festival del Mono Núñez conviven la tradición y la innovación, y a veces triunfa una sobre otra. Incluso se comenta que es posible que el próximo año los ortodoxos lleguen más preparados para “recuperar” la bandola de marmolina. Pero es evidente que los jóvenes innovadores llegan allá luego de haber estudiado la esencia y la tradición de cada uno de los ritmos para luego hacer sus fusiones entre varios de ellos, o entre ritmos andinos y de otras regiones del paí­s, así­ como para incorporar instrumentos no tradicionales.

“A nosotros nos enseñaron a tocar como Silva y Villalba”, cuenta Diego Sánchez, el líder de la agrupación Tríptico. “Pero si queremos que nuestra música suene más, tanto dentro como fuera del país, hay que tocarla de otra manera”. En este Mono Núñez, por ejemplo, aparecieron marimbas y vibráfonos, toda clase de instrumentos de viento propios de una banda sinfónica, así como el guitarrón mexicano, el cuatro llanero, el bajo eléctrico y la controvertida batería.

Una característica común a los festivales de música tradicional es la romerí­a de los músicos que, sin importar si participan o no en los concursos, se hacen presentes en eventos paralelos. En el caso concreto del Mono Núñez disponen de varios espacios: el festival de la plaza, los conciertos dialogados, el encuentro paralelo que se realiza en el parque recreacional y que este año también incluyó artistas de otros países de América Latina.

De este modo los músicos se desplazan, como los trovadores de la Edad Media, de festival en festival. Aprovechan también para vender sus discos, casi siempre producidos de manera independiente: los financian de su propio bolsillo y obtienen más ganancias que si los vendieran a través de una disquera, puesto que todo el recaudo es para ellos. En Ginebra el Café del Mono Núñez, al lado de la sede del Bachillerato Musical, se convierte en un hervidero de gente que busca estos álbumes, y se venden también las publicaciones que hace Funmúsica con base en las grabaciones del concurso.

Otra característica grata del festival es ver cómo crecen los artistas que han sido ganadores en años anteriores. En esta oportunidad, la agrupación Septófono, de Bucaramanga, y la cantante Carolina Muñoz, de Bogotá, mostraron en los eventos musicales paralelos al concurso la evidente evolución de sus interpretaciones. Ambos llegaron este año al segundo álbum y la diferencia con sus primeras grabaciones es abismal. Septófono ha explorado más a fondo su juego de armonías vocales y suenan cada vez más frescos, cómodos en el estilo que ellos mismos crearon. Carolina Muñoz sorprendió por una propuesta escénica desfachatada, en el mejor sentido de la palabra, que le quita al bambuco mucho del rigor académico con que algunos todavía lo interpretan.

El verdadero obstáculo que tiene la música andina es la falta de difusión por parte de los medios masivos. Es una música invisible para la gran mayoría de colombianos que no está enterada de lo que sucede alrededor de los festivales que se realizan en el paí­s a lo largo del año. Tal vez no todas las propuestas sean comerciales, pero es evidente que algunas de ellas, si llegaran al gran público, podrí­an impactar, como lo hizo en 1981 La cucharita, de los Carrangueros de Ráquira, una canción con sonido campesino que fue el éxito de diciembre de aquel año porque tuvo la oportunidad de sonar en la radio comercial.

Talento hay y es inmenso, como lo demostraron los 28 participantes en las eliminatorias. Incluso hubo innovación en la combinación de instrumentos: grupos de marimbas, cuartetos de clarinetes, sextetos que involucraban la tuba y el bombardino, tríos típicos que cambiaban la bandola por saxo, y duetos vocales con adición de violín.
Todos, en el fondo, buscan lo mismo: presentar al público, de una manera atrayente, la belleza del patrimonio musical colombiano. De algún modo la tendencia actual ha sido favorecer los ritmos del litoral, y eso es un buen comienzo. En la velada final se hizo presente María Mulata, quien había ganado el gran premio Mono Núñez en 2003 y recientemente dio un viraje del bambuco al bullerengue. Su presencia simbolizó el impulso de una música más difundida, hacia otra que sigue injustamente escondida. Muchos sienten que ya llegó la hora de mostrar que, musicalmente, el centro también existe.
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