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| 10/23/1995 12:00:00 AM

ED WOOD

Un divertido homenaje al cine imperfecto del peor director del mundo.

DIRECTOR: TIM BURTON
PROTAGONISTAS: JOHNNY DEPP, MARTIN LANDAU Y SARAH JESSICA PARKER .

SIEMPRE HABRA dos maneras de contar la historia: la de los ganadores y la de los perdedores. En este año de homenaje a los 100 años del cinematógrafo, la versión grandilocuente de las estrellas rubias y los galanes de mandíbula cuadrada está de moda, lo mismo que las antologías victoriosas de los directores genios y los momentos estelares y pulcros del séptimo arte. Pero Tim Burton, un niño grande que se ha divertido con todo tipo de juguetes cinematográficos (en El joven manos de tijera, Beetlejuice y los Batman) decidió llevar a la pantalla la versión de uno de estos perdedores. Esta otra cara de la moneda de la máquina de sueños de Hollywood no podía tener rasgos más apropiados que los de Ed Wood, un director, actor, productor, guionista y travesti, que sin un peso, fue capaz de filmar sus estrafalarias historias. Inmortalizado como el peor director de la historia, Ed Wood, sin embargo, ha llegado a convertirse en un objeto de culto con su extraña, deforme, torpe pero surrealista y atrevida cinematografía en la que monstruos, actores decadentes, platillos voladores y boxeadores se servían sin discriminación en la misma mesa.
La reconstrucción de su vida y obra no se limitó al aspecto biográfico, sino que la misma imagen de la película emuló las desordenadas sombras, el trasnochado blanco y negro, los decorados pobres, los fundidos, la cámara tambaleante y la descolorida luz con la que Wood filmó su exuberante mundo. Burton hace de esta tribu de descastados una graciosa y amorosa metáfora de los soñadores profesionales que nunca dejaron de perseguir las migajas del exclusivo banquete de Hollywood, aunque nunca fueran invitados a él.
La pareja de Bela Lugosi, una ex estrella del cine de terror venida a menos, y el inocente y testarudo director, forman un contraste entre patético y divertido, que hace pensar en los límites del codificado lenguaje del cine que se inventó Estados Unidos. Porque el gran pecado y la gran diferencia de Wood fue la de pasarse por alto una gramática cinematográfica impuesta como molde de hierro a la manera de soñar del cine. Wood, sin proponérselo, quebró todos los esquemas de la construcción de personajes, del desarrollo de las historias, de la continuidad y la credibilidad en sus cuentos de cartón y humo galáctico. El resultado fue su desordenado universo, que entre pulpos, búfalos y dráculas, dejó espacio para una voz personal. Esa es la que ha sido reconocida por sus seguidores y la que tan bien fue escuchada por esta película de Burton, en la que el cine imperfecto pero libre recibe un merecido homenaje, que se llevó este año dos premios Oscar.

EL OLOR DE LA PAPAYA VERDE
La poesía y las sensaciones son los protagonistas de esta película oriental que ha seducido a Occidente.
DlRECTOR: TRAN ANH HUNG
PROTAGONISTAS: TRAN NU YÉNKHE Y TRUONG THI LOC

NO EN VANO el nombre de esta película está relacionado con el olor. Pues el verdadero protagonista de este poético fresco son los sentidos. Después de que para el espectador occidental Vietnam se había reducido al tropical escenario de una guerra vergonzosa en las mil y una producciones gringas sobre el tema, tanto en el ingenuo y falseado paraíso de algunas películas como en el infierno de hombres amarillos de otras, surge esta imagen extraída de la propia entraña de ese país.
El director Tran Anh Hung, un joven vietnamita que prácticamente se crió en Francia, quiso reconstruir en esta intimista producción la patria de sus recuerdos y sensaciones, y por eso ubica la historia en los años 50. Para realizar su perspectiva escogió la mirada femenina, especialmente la de una pequeña criada que se sumerge en una estructura de poder y que al final es salvada por el amor.
Pero el argumento es un elemento más en esta puesta en escena concentrada en el nivel sensorial explotado por una cámara profunda. El olor de la cocina, su alquimia, el brillo de los vegetales, la maravilla de sus colores, el zumbido de los insectos, las texturas de las telas y las joyas, no dejan de danzar un minuto en esta sinfonía de las pequeñas cosas, que a veces se interrumpe por la tragedia de fondo de una decadente familia.
Hay que destacar ante todo en esta película que ha seducido a Europa, que fue premiada en Cannes y nominada al Oscar, la apuesta por un cine con otro centro al impuesto por la mirada cuadriculada de la industria audiovisual. Hay mucho de sensibilidad oriental en el especial manejo de los largos paneos que se acercan a una concepción diferente del tiempo; hay una decisión firme de construir la historia desde otras perspectivas, a dejar la camisa de fuerza de los conflictos por un viaje desprevenido por una realidad muy cercana a la visión documental y hay una toma de partido por la poesía en lugar de la acción. Por todo esto, vale la pena ver esta película diferente, esteticista y desprovista de la agobiante álgebra de Hollywood, con sus consabidas y estériles soluciones.-
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