Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1997/12/22 00:00

EJERCICIO PARA LA MEMORIA

El VIII Salón Regional hace evidente un relevo generacional en el arte del país.

EJERCICIO PARA LA MEMORIA

La idea de celebrar en la vieja Estación de la Sabana el VIII Salón Regional resultó un verdadero acierto del Ministerio de Cultura, no solo en cuanto a su propósito de comenzar la recuperación de una construcción que por su estética e historia constituye un patrimonio arquitectónico de la capital, sino por la coherencia entre este hecho y los parámetros en torno a los cuales fue organizado el evento. El tema del Salón es la memoria, y el bello edificio con sus columnas y pilastras en piedra, y con su espacio generoso y habitado por fantasmas de un esplendor pretérito, no solo constituye un contexto adecuado para obras que evocan tiempos idos, sino que predispone el ánimo y la mente hacia la remembranza y la nostalgia. Los artistas, a su vez, respondieron con entusiasmo al desafío de adecuarse a un espacio que no fue planteado para la presentación de obras de arte, poniendo de presente que la creatividad contemporánea se siente más a gusto fuera de los ámbitos sacralizantes de museos y galerías, lejos de los imperativos de la decoración y del consumo y en áreas donde la afluencia de público, además de ser nutrida, no demanda la erudición y el refinamiento de los recintos elitistas. Los salones regionales y, por lo tanto el Salón Nacional, han ido convirtiéndose en certámenes para artistas jóvenes. Y así debe ser, no solo porque los artistas consagrados cuentan con numerosos espacios para la presentación de sus obras y con el respaldo económico del comercio de su producción, sino porque las diferencias del arte de hoy con el de ayer son tan abismales que sería incongruente mezclar trabajos realizados bajo los parámetros de la modernidad con trabajos que han abandonado el racionalismo como brújula creativa y el estilo como finalidad de su realización. El Salón patentiza, en consecuencia, el cambio generacional y conceptual que ha tenido lugar en la actividad artística colombiana de los últimos años, reuniendo trabajos que esgrimen argumentos de punta, actitudes y metas definitorias del arte en este momento, los cuales eran impensables hace apenas un lustro. La casi totalidad de las obras ha sido realizada en técnicas no convencionales: la pintura y la escultura continúan la decadencia ya evidente en eventos anteriores no alcanzando siquiera al 5 por ciento de la muestra, mientras que las instalaciones, los performances y el video no sólo son abundantes sino que contienen los pronunciamientos más contundentes. Pero no implica lo anterior que la pintura haya perdido totalmente su vigencia, y así lo certifican lienzos como los de Beltrán Obregón que, además de impecables e imaginativos, arman un ambiente ensoñador, y pinturas como las de Delcy Morelos, que expresan de manera impresionante la proclividad de nuestra sociedad a la violencia. Llama especialmente la atención en la muestra la ascendente calidad de los trabajos en video, entre ellos el parangón entre el derrumbamiento de una casa y el arreglo de un cadáver, de Clemencia Echeverry, los testimonios y la comunicación interactiva de José Gabriel Calderón, los retratos de indigentes de Diego Andrés Cabrera y la implacable revisión histórica del grupo Q.N.J. Otros grupos presentan trabajos agudos y pertinentes que ponen en entredicho las pretensiones de genialidad individual que tanto inflaron los egos de los artistas de otras épocas. Son ellos el grupo Nómada, con su zapatería ambulante, y el de Eduardo Pradilla, que revive en la imaginación la disposición de una oficina. Los primeros premios a las obras de María Elvira Escallón y Carlos Blanco son un justo reconocimiento a la brillantez de planteamientos adecuados no sólo al tema del Salón sino a las inquietudes de la sociedad contemporánea. Escallón protegió con un vidrio el deterioro del edificio y lo volvió infinito con la colocación de un espejo en la pared del fondo, mientras que Blanco acudió a la iconografía religiosa como estrategia para acercarse a comunidades marginales que pueden beneficiarse con su cruzada artístico-social. Otras instalaciones sorprendentes son el tapiz de piedras de Alejandro Ortiz, las resonancias medievales de Gloria María Barros y el doloroso jardín de Doris Mayorga. Aunque sólo una lectura rápida y superficial permitiría generalizar sobre la calidad de un salón en el que participan 120 artistas con las más variadas visiones y propósitos, hay que reconocer que la mayoría de los artistas abordó el tema de la memoria de soslayo. Algunas obras expresan reflexiones sobre la memoria individual o sobre la memoria colectiva, y otras hablan del pasado arquitectónico y político de la ciudad o del país, pero casi ninguna confronta directamente la injerencia de la memoria en determinadas instancias de la vida o señala su potencial como eje creativo, lo cual implanta dudas sobre la conveniencia de convocar a certámenes abiertos alrededor de un tema. Pero el evento no sólo hace manifiesto que la dinámica de los salones continúa vigente puesto que se halla orientada hacia un tipo de obras que no encuentra cabida en los demás sistemas difusores, sino que patentiza la necesidad de organizar otro tipo de certámenes en que puedan participar aquellos artistas que consideran que su trayectoria no les permite medir su creatividad con el ímpetu y frescura de los principiantes.

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