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| 12/12/1994 12:00:00 AM

EL ABANDERADO

El Museo Nacional rinde homenaje a José María Espinosa Prieto, el pintor de los próceres colombianos. que plasmó con un pincel la sociedad del siglo XIX.

ERA 2 DE DICIEMBRE DE 1812 CUANDo el general Antonio Nariño, al mando del ejército centralista que combatía a los federalistas en los alrededores de Villa de Leyva, se dirigió hacia el cadete José María Espinosa para arrebatarle la bandera. Había confusión en las tropas y Nariño quería dar ejemplo llevándola él mismo. Pero Espinosa, que había sido nombrado abanderado casi desde el misma día en que fue nombrado cadete, rechazó la orden.

Desde cuando ingresó al ejército, antes de cumplir los 15 años, sabía de sus obligaciones con la patria y Villa de Leyva no era un buen lugar para renunciar al privilegio de ser uno de los héroes de la proeza independentista. Así, José María Espinosa Prieto, hijo de don Mariano Espinosa de los Monteros y doña Mariana Prieto, se convirtió en abanderado irreemplazable de los ejércitos de Nariño. Pero José María tenía una pasión más íntima: la pintura. Si el ejército había sido una obligación moral, el arte había sido su obligación natural.

Nacido el primero de octubre de 1796, Espinosa dibujaba prácticamente desde que tenía uso de razón. Y esa facultad, desarrollada a lo largo de los 87 años que duró su vida, hizo posible, en buena medida, que el siglo XIX quedara retratado en la historia de Colombia.

Por eso, por estos días, el Museo Nacional, en Bogotá, ha querido rendirle un homenaje a quien es reconocido como uno de los más importantes artistas colombianos. La exposición, titulada 'Espinosa, abanderado del arte y de la patria', recoge en más de 300 obras del pintor -luego de tres años de investigación realizada por la curadora de la muestra, Beatriz González- un completo conjunto de las realizaciones de Espinosa en los diferentes campos de la pintura: la miniatura, el óleo, la acuarela, el dibujo y -por supuesto- la caricatura.

Participante directo de la guerra de independencia y, por tanto, conocedor cercano de todo el proceso de iniciación y consolidación de la República, José María Espinosa dedicó su vida a dejar registrado para las generaciones futuras su visión del siglo XIX. En un país que carecía de escuelas de arte y apartado del mecenazgo de la Iglesia, el célebre pintor no tuvo otra opción que la de dejarse llevar sólo por los ímpetus de su pasión. Fue autodidacta, y en esa medida tuvo la libertad de explorar las diferentes fronteras de la pintura. Como era usual en la época, su principal oficio fue el de retratista, en primer lugar para satisfacer el ego de personajes ilustres, pero también por un claro sentido de la obligación histórica de dejar un legado gráfico de su tiempo. No por otra razón se explica que Espinosa hubiera elaborado retratos de 'La Pola' mucho después de que ésta muriera, o que pintara la infancia de hombres como José María Córdoba y Antonio Ricaurte.

Humilde, como todo pintor autodidacta, en su oficio de retratista plasmó en el lienzo, en el papel y en el marfil de las miniaturas a casi todos los protagonistas del siglo pasado. Sin ir más lejos los retratos más populares de Bolívar, Santander y Nariño corren por cuenta de él. Pero también pasaron por su pincel Girardot, Sucre, Cipriano de Mosquera, José María Melo y muchos más; hombres de las letras, como Luis Vargas Tejada, y buena parte del clero.

Espinosa caracterizó a la sociedad colombiana en sus miniaturas y plasmó en sus acuarelas y caricaturas una copiosa descripción de los personajes curiosos de la época. Con una particularidad digna de su talento: transmitir el sentimiento de cada modelo a través de las expresiones de sus rostros, algo que, incluso hoy, muchas veces no logra la fotografía.

Semejante legado, obra de un apasionado del arte pero carente de formación académica, convierte a José María Espinosa en uno de los más importantes artistas de Colombia, no sólo por su contribución a la historia, sino por introducir nuevos designios pictóricos al país. Más que abanderado de batallones, Espinosa fue abanderado del arte nacional. Y, sin dudas esa fue su mayor contribución a la patria.



EL AÑO DE MARGARITA

EN 1995 SE cumplen los 120 años del nacimiento de Margarita Holguín y Caro. En su homenaje, la compañía petrolera francesa Total y la Fundación Santa María, entidad de beneficencia dedicada a niños de escasos recursos, fundada por la propia Margarita Holguín en 1922, lanzaron la semana pasada un calendario para el año próximo con algunas de las más importantes obras de quien ha sido una de las principales exponentes de la pintura colombiana.

Hija de Carlos Holguín y Margarita Caro, nieta de José Eusebio Caro y sobrina de Miguel Antonio, Margarita Holguín y Caro fue una de las pocas mujeres de su época que aprovechó los privilegios de pertenecer a una familia de clase alta para convertir lo que en un principio era un entretenimiento en los ratos de ocio, en toda una disciplina: la pintura.

Alumna de Andrés de Santa María, fue la primera colombiana en viajar a Francia a estudiar arte en la famosa academia Julien. Obsesionada por la pintura y guiada por su compromiso de reivindicar el papel de la mujer en la sociedad, Margarita Holguín dedicó buena parte de su obra a la intimidad y la abnegación femenina, a introducirse en sus instantes privados para reflejar -con sorprendente talento- esos instantes femeninos en el lienzo y rescatarlos ante una sociedad que se negaba a valorar a la mujer en su justa medida.

Bajo la dirección de Signos Culturales y la coordinación editorial de Santiago Mutis Durán, el calendario es un justo homenaje a quien dedicó su vida a la exaltación de la mujer a través de la pintura y ha sido, sin duda, una de las artistas más sensibles de Colombia.
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