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| 3/9/1998 12:00:00 AM

EL ABOGADO DEL DIABLO

El endemoniado suspenso de la trama parece debilitarse con el paso de los minutos, pero su epílogo la salva de las tinieblas.

Taylor Hackford no es, precisamente, un director de películas de suspenso. Ejemplos como Reto al destino, Sangre por sangre y Eclipse total lo califican más como un apasionado de los dramas humanos. Sin embargo, su más reciente trabajo ha sorprendido a más de un cinéfilo. Se trata de El abogado del diablo, una cinta a mitad de camino entre Corazón satánico y El bebé de Rosemary _aunque más inspirada en la primera_ que narra la historia de un agalludo y ambicioso abogado (Keanu Reeves) que termina siendo contratado por el mismísimo demonio (Al Pacino), para defender los casos más perversos a cambio de un sueldo millonario y una vida de rey en Nueva York al lado de su esposa. El joven pero audaz litigante nunca ha perdido un caso en su provincial Florida, así que lleno de orgullo acepta el reto de coronar Nueva York, a pesar de sospechar algo turbio en el que a la postre se irá a convertir en un satánico ofrecimiento. En pocas palabras, la película cuenta, ni más ni menos, las vicisitudes de un hombre que se deja tentar por el diablo y, como suele suceder en la abundante literatura sobre el tema, la situación tiende a empeorar. La cinta sería un completo fiasco si no fuera por la actuación de Al Pacino, un tanto impostado pero cuyas modulaciones de voz, su versatilidad corporal, sus histriónicas gesticulaciones y sus miradas avasallantes hacen de su papel de demonio una deliciosa interpretación. Con elegante ironía y un humor negro a toda prueba, Pacino se echa la película al hombro para conducirla a su antojo incluso en sus momentos más débiles. A su lado, Keanu Reeves parece más bien un aprendiz que llega nervioso a su primera película, algo que en últimas le favorece si se tiene en cuenta que su personaje debe comportarse de la misma forma, torpe y confundido ante la arrasadora presencia de su amo. Aunque trepidante de ritmo, la cinta pareciera ir perdiendo la fuerza inicial con el paso de los minutos. Pero tan solo es una impresión, porque un epílogo tan agudo como brillante devuelve al espectador a su cauce original, llenando de sentido la película y, en fin, toda esa pesadilla por la que ha pasado el público a lo largo de dos horas.
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