Sábado, 3 de diciembre de 2016

| 2016/04/09 00:00

El amarillismo al poder

La última novela de Mario Vargas Llosa recrea la utilización de la prensa sensacionalista durante el gobierno de Fujimori.

Para Vargas Llosa, el periodismo de chismografía y amarillismo representa “la forma más degradada del periodismo”.

Cinco esquinas

Mario Vargas Llosa

Alfaguara, 2016

314 páginas

Una nueva novela de Vargas Llosa. Para sus viejos y fieles lectores, entre los que me incluyo, la aparición de una novela suya revive la pregunta: ¿superará a Conversación en la catedral, La guerra del fin del mundo o La fiesta del chivo? O, si se trata de una novela menor, la pregunta es: ¿superará a La tía Julia y el escribidor? La última suya que había leído, El sueño del celta, me dejó una sensación agridulce: más ensayo que novela. Un gran ensayo, por cierto, sobre la explotación colonialista, pero muy lejos de construir un personaje memorable como Mr. Kurtz. Sin embargo, los escritores no se jubilan, ni siquiera después de ganar el Nobel. Vargas Llosa seguirá escribiendo hasta que su mente lo permita. ¿Lo seguiremos leyendo? Yo al menos, lector agradecido (“A los quince años era capaz de jurar por ‘Conversación en la catedral’”, suscribo con Martín Caparrós), le seguiré dando una oportunidad. Así lo hice y la lectura de Cinco esquinas me atrapó. Tanto, que me la llevé de viaje al Congreso Internacional de la Lengua Española (Cile) en San Juan de Puerto Rico. Allí, comprobé que la aprensión no es solo mía: más de un escritor o periodista que me veían leyéndola en la sobremesa del desayuno, me preguntó: “¿Pero sí vale la pena?”. A todos les respondí: “No sé todavía, no he llegado a la última frase”. Ahora sí va mi respuesta.

Cinco esquinas es una novela sobre el periodismo amarillo, un fenómeno que ocurre en todos los países, ricos o pobres, desarrollados o menos desarrollados. Sucede en Lima durante el gobierno de Fujimori, en los años noventa, en un contexto de toque de queda, lucha contra los grupos terroristas y apagones en la ciudad. Enrique Cárdenas, un rico propietario de minas, perteneciente a la crema y nata de la burguesía peruana, es extorsionado por Rolando Garro, el director de la revista Destapes, un personajillo entre burlesco y siniestro, quien le deja en su flamante oficina unas fotos en las que aparece desnudo –calato, dicen los peruanos– participando en una orgía con unas prostitutas. Es el hecho que pone a andar la trama: Cárdenas, una vez vencido el pudor y la consternación llama a su mejor amigo, el renombrado abogado Luciano Casabellas. Un duelo de poderes y pronto averiguaremos de qué calibre y cuánta era la participación en este sórdido asunto de Vladimiro Montesinos –el hombre fuerte del régimen y nombrado en esta obra de ficción solo con su alias el Doctor–, de quien se conocía la utilización de tales métodos para ablandar a los opositores y también lucrarse de ello. El reparto se complementa con otros tres personajes: el fotógrafo de la orgía, Ceferino; Julieta Leguizamón, la Retaquita, una mujer menuda, colaboradora y discípula de Rolando Garro, audaz y retorcida como su jefe, y Juan Peineta, un recitador degradado a payaso y luego al ostracismo y a la pobreza, por culpa de Rolando Garro, destructor de reputaciones.

Y no podía faltar la historia en contrapunto, típico de sus narraciones, con la que abre y cierra la novela: la relación lésbica entre Marisa, la esposa de Cárdenas, y Chabela, la esposa de Casabellas. Un sexo soft que irá en aumento –cuantitativo y cualitativo- y que se explica, quizás, por el clima político: en tiempos de zozobra y ante la cercanía de la muerte, hay también una relajación de las costumbres.

El poder utilizando el periodismo amarillista es un tema novedoso e interesante, pero los temas son secundarios en literatura: el acierto de Cinco esquinas, a mi juicio, consiste en haber sido contada a la manera de un folletín y en la construcción de personajes entrañables como la Retaquita y Juan Peineta –el Doctor es un pálido reflejo del Cayo Bermúdez de Conversación en la catedral–. Le va bien a Vargas Llosa cuando regresa a esa Lima popular, al sitio de Cinco esquinas, en Los Barrios Altos, un lugar de mansiones y embajadas en el siglo XIX, venido a menos y lumpenizado, donde alguna vez hubo una bohemia dorada y vivió Felipe Pinglo, el autor del vals criollo El plebeyo: “Mi sangre aunque plebeya, también tiñe de rojo”.

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