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| 7/25/1994 12:00:00 AM

EL ANGEL HALLO SUS ALAS

Murió inadvertido, como lo quería. Pero lo cierto es que el poeta piedracielista Gerardo Valencia alcanzó la eternidad en sus versos.

ALGUNA VEZ, EN REFERENcia al último libro de poemas del maestro Gerardo Valencia, titulado Los poemas tardíos, David Mejía Velilla confesó que Valencia era el poeta esencial de su generación. "Por aquellos tiempos de nuestro encuentro -relata Mejía en el prólogo-, la poesía colombiana viviente más se apreciaba en los nombres de los poetas que en sus versos: De Greiff era el genial, Maya el marmóreo, Zalamea el solitario, Carranza el festivo, Rojas el luminoso, Aurelio Arturo el sobrio, Antonio Llanos el místico, Gerardo Valencia el esencial".
Y el esencial murió, inadvertido, tal vez como él lo quería, retirado de muchedumbres aclamatorias; pero de cualquier manera injusto con un hombre que legó algunos de los mejores versos colombianos de los últimos 50 años. Nacido en Popayán en 1911 y sobrino de ese otro portento de la poesía que fue Guillermo Valencia, Gerardo Valencia comenzó a escribir versos en su juventud. Por inspiración, como se suele componer poesía en esa etapa de la vida. Pero a diferencia de muchos de sus contemporáneos, jamás dejó esa costumbre. A Valencia los versos le llegaban de repente y así se transmitían al papel, tibios todavía por el frenesí del instante mágico que los componía, y al contrario de los de Maya o los de su tío Guillermo, que al transformarse en letras ya guardaban la frialdad del proceso mental depurativo. Así se dio a conocer en la década de los 30, cuando sus poemas fueron publicándose poco a poco en la prensa, junto con los de sus amigos Jorge Rojas, Eduardo Carranza, Aurelio Arturo, Antonio Llanos, Tomás Vargas Osorio, Carlos Martín y Arturo Camacho Ramírez. Este grupo de Jovenes, unidos más por amistad generacional que por lazos de uniformidad literaria, conformarían lo que al final de la década se conocería como el movimiento piedracielista. El apelativo había surgido de una serie de publicaciones periódicas, comandadas por Jorge Rojas,que llevaban el nombre de Cuadernos de Piedra y Cielo, en honor del nombre de un libro de poemas del insigne poeta español Juan Ramón Jiménez.
Más que la creación de una corriente literaria, lo que unió a los poetas bajo el adjetivo de piedracielistas fue su admiración común por los representantes de la llamada Generación del 27 en España, entre quienes se encontraban Federico García Lorca y Antonio Machado, y la resolución de rejuvenecer una poesía que, según ellos, se hallaba anquilosada en las cumbres de la erudición en detrimento del espíritu sensible. Algo de esta crítica cayó directamente sobre el grupo de Los Nuevos, encabezados por Rafael Maya y León de Greiff, y también sobre el propio Guillermo Valencia, con quien el joven Carranza entabló una dura y famosa polémica al respecto.
En este ambiente de sana efervescencia literaria Gerardo Valencia labró su destino de poeta. Y lo hizo desde la sombra, sin pomposas elucubraciones engañosas si no alertado por la certeza de que el mejor abrigo era el silencio, esa voz interior poco frecuentada por el hombre -por miedo o por distracción- que el poeta de Popayán se dio el gusto de escuchar. habitándola al mismo tiempo y recuperándola del misterioso abismo del alma para enseñársela a los demás poetas echa verso.
Así publicó su primer libro de poemas, El ángel desalado, en 1940; luego Un gran silencio, en 1967; El libro de las ciudades, en 1972; su Obra poética, en 1975; El sueño de las formas, en 1980 y Los poemas tardíos, en 1985. En todos ellos, Valencia conservó ese deseo de indagar en el interior del hombre, como bien lo describió Jorge Rojas, en el prólogo de Un ángel desalado, editado por Piedra y Cielo: "Su título, más que comprender con justeza el espíritu de estos poemas de apacible belleza, comprende más bien su constante preocupación de hombre por lo que está más allá del mundo físico, su tremenda angustia interior, sus ojos abiertos a su efímera humanidad, su oculto patetismo que al mostrárnoslo como poeta apenas logra ser como una estrella rota en el fondo de un agua quieta o los golpes de un niño a través de un muro de nardo".
Solo en una obra suya, El libro de las ciudades, Valencia, por primera y única vez, sale de sí mismo y del interior del hombre para arrojarse a la ciudad, a observar el exterior y describirlo, aunque con la misma melancolía con que observó hacia adentro. Se desempeñó en la vida pública como en la privada: en forma discreta y silenciosa; tanto como profesor universitario en Holanda, cuando trabajó de agregado cultural de la Embajada de Colombia, como en los tiempos de la Radiodifusora Nacional, cuando tuvo la oportunidad de llevar con destreza admirable la vida del Quijote a la radio, con el infortunio de perder todos los libretos y las grabaciones durante la toma de la emisora, el 9 de abril de 1948.
La vida de Gerardo Valencia, como poeta y coma hombre estuvo marcada por la permanente y aislada búsqueda de un mundo sin formas, de un estado puro del lenguaje en el que las palabras no alteraran la comunicación. Ese estado puro y sin moldes deletreados sólo podía hallarse en el profundo rincón del alma, despojado de materialidad. Por esa misma razón, Valencia insistió en la soledad del poeta. "El hombre está solo -decía- y lo único que puede hacer es rodear su soledad de otras soledades".
Para un hombre cuya modestia se imponía por encima de cualquiera otra virtud, su muerte casi inadvertida fue -incluso- una consecuencia de la profundidad de su obra. Porque como bien lo dijo David Mejía Velilla el día de la velación, en nombre de la Academia Colombiana de la Lengua, Gerardo Valencia habló en secreto, sólo para aquellos de aguzado oído.
Quizás las próximas generaciones descubran en él a un poeta de la posteridad, aquel que en el silencio labró todo su legado y retornó por fin a él para alcanzar la eternidad.
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