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| 1/14/2012 12:00:00 AM

El árbol de la vida

La nueva gran película del tejano Terrence Malick no es un drama ambicioso sino una estremecedora plegaria filmada.

Título original: The tree of life
Año de estreno: 2011
Guion y dirección: Terrence Malick
Actores: Brad Pitt, Jessica Chastain, Hunter Mccracken.

Para no perder el tiempo pidiéndole aquello que no busca, para no entrar esta tarde en el cine equivocado, es importante saber que la extraordinaria El árbol de la vida no es un drama pretencioso sobre un tipo que no se encuentra a sí mismo en sus recuerdos, sino la plegaria estremecedora de un hombre en duelo que pide a Dios que Dios exista. Un poema -las imágenes de todos sobre las imágenes propias- entregado a los misterios del paso por el mundo. Estamos acostumbrados a los relatos en los que alguien quiere algo que no es fácil de conseguir. Y no por los tiempos que corren, sino porque ha sido así desde que los griegos descubrieron la estructura dramática (la pregunta "¿podrá alcanzar el protagonista eso que tanto desea?" mueve hacia delante las historias que vemos). Por esto nos cuesta entregarnos a una película que no le sucede a los personajes sino a nosotros mismos. Pero quien ceda a los versos filmados de El árbol de la vida, como quien cede a la música, seguro que vivirá una experiencia significativa.

El árbol de la vida, ganadora del pasado festival de Cannes, es la quinta película que el cineasta norteamericano Terrence Malick ha hecho en cuarenta años de carrera. Para probar que el silencioso Malick ha buscado a Dios en cada uno de sus bellísimos largometrajes, para demostrar que el reflexivo Malick ha querido siempre ser testigo de cómo el hombre tarde o temprano debe resignarse a no crearse a sí mismo en medio de la creación, ahí están las contemplativas e inquietantes Malas tierras (1973), Días de gloria (1978), La delgada línea roja (1998) y El nuevo mundo (2005). Y acá está ahora, con uno que otro verso que desentona, pero con una humanidad que solo se da en las oraciones de rodillas, la que quizás sea su obra más conseguida: este poema que sólo podría suceder en el cine, El árbol de la vida, que con toda razón se ha ganado los principales premios de la agotadora temporada de los premios.

El epígrafe bíblico con el que comienza el relato, tomado de Job 38:4, es una buena pista para descifrar sus imágenes: Dios pregunta a Job, que acaba de encararlo, "¿dónde estabas tú cuando puse los cimientos de la Tierra?". Y, así como Job debe plegarse al hecho mismo de la vida si quiere seguir viviendo, como nosotros los espectadores nos dejamos envolver por esta nueva experiencia del cine, el acorralado Jack de El árbol de la vida debe rendirse por dentro a aquella infancia en los campos del Texas de los años cincuenta; a la borrosa sonrisa de una madre que estaba allí como estuvo la primera casa; a la pesada sombra de un padre, tan amoroso como aterrador, empeñado en convertirlo en un hombre de verdad; a la devastadora muerte de un hermano menor que no estaba hecho para esto, y al dolor indecible de verse convertido en alguien que quiere algo que no es nada fácil conseguir: ser parte del mundo, en paz.
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