Lunes, 16 de enero de 2017

| 2000/09/04 00:00

El arqueólogo

En la retrospectiva que exhibe en la Galería El Museo, Nadín Ospina parodia los museos de antropología.

El arqueólogo

Nadín es un maestro del engaño. De la falsificación. De la risa. Todas las pruebas para juzgarlo están en la Galería El Museo. El Instituto Colombiano de Antropología e Historia puede llegar a buscarlo. Confiscar todas sus obras y meterlo a la cárcel. Nadín ‘juega’ con el patrimonio nacional. Desde el título de la muestra: Arqueología y Turismo. Un payaso. Lo único que puede alegarse en su defensa es que —pese a los dictámenes más duros y más conservadores, pese a la indignación general— logra su cometido. Engaña. Engaña desde el comienzo. Engaña con la sutileza de un director de películas de suspenso. Engaña desde la entrada a la galería.

El Museo se divide en dos pisos. En el primero hay una tienda en la que se ofrecen libros, objetos y pequeñas esculturas del grueso de los artistas que representa la galería. Nadín se apropió de ella; eliminó a sus contrincantes y la convirtió en algo así como la tienda del Museo Antropológico Nadín Ospina. Así. Como suena. Y para lograr el efecto recreó en ese espacio una tienda como la del Museo del Oro de Bogotá o la del Museo de Antropología de México, en las que también se venden postales, llaveros y reproducciones de las piezas originales. Baratijas culturales. Nadín le da la vuelta al sentido de este lugar y la exposición empieza desde allí. Hay varias piezas repetidas como si fueran hechas en serie. Piezas precolombinas de toda la familia Simpson. Libros de su obra. Piezas de oro que, en lugar de esconder versiones antropomorfas de los jaguares, las ranas y los murciélagos, esconden el rostro de Mickey Mouse y que en lugar de ser presentadas como obras de arte están guardadas en cajas de joyería...

La exposición en el segundo piso, en las salas oficiales del museo, se parte en dos. En la primera están las primeras aproximaciones de Nadín al mundo precolombino y al cruce de culturas que es, finalmente, el núcleo de su obra. Ese primer cruce encuentra un momento fulminante en una gran vasija de piedra que tiene como agarradera un hipopótamo con la boca abierta. En esa época, 1995, Nadín se apropió de las teorías de un antropólogo del siglo XIX quien, para demostrar su teoría de la unión ancestral entre Asia y América, dijo que en la punta de las pirámides aztecas había figuras de hipopótamos y elefantes. Pero lo más asombroso está en la sala del fondo. Ahí están sus figuras precolombinas de Simpsons y de los personajes de Walt Disney —un cruce mucho más violento, mucho más político— ubicadas como si estuvieran en el Museo Nacional: las paredes fueron pintadas de dorado, cada pieza está en un panel aparte y tienen la iluminación de una pieza sacada de una pirámide. Sin embargo, pese a la sorpresa del montaje, lo más emocionante es descubrir las particularidades de cada obra. Hay piezas que corresponden a la escultura del sur del país, otras a las de los ceramistas mexicanos, otras a las de las piezas de piedra de San Agustín. Y otras tienen comentarios oscuros frente al consumo de drogas: hay piezas precolombinas con las orejas de Mickey y las mejillas hinchadas de mascar coca. La relación no es muy difícil de hacer, ya saben, el uso ancestral de la coca, el uso actual, los narcotraficantes...

Ya la escultura no es tan divertida.

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