Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1999/02/08 00:00

EL ARTE BRAVO

¿Qué tienen las corridas de toros para que tantos artistas y escritores hayan querido <BR>representarla?

EL ARTE BRAVO

" A las cinco de la tarde. Eran las cinco en punto de la tarde. Un niño trajo la blanca sábana
a las cinco de la tarde....". Estos inmortales versos de Federico García Lorca dan comienzo al Llanto por
Ignacio Sánchez Mejías, uno de los poemas más importantes de la literatura contemporánea, no sólo por la
impecable pluma de quien proviene sino también por ser el testimonio escalofriante de la muerte de un torero
español que, dicho sea de paso, como tal era más bien mediocre. La conmoción de Lorca ante la fatídica
corrida es evidente: "¡Oh negro toro de pena! ¡Oh sangre dura de Ignacio! ¡Oh ruiseñor de sus venas!
No... ¡Que no quiero verla!".
Sin embargo Lorca es apenas un ejemplo de los poetas que se han dejado impresionar por la tragedia de la
fiesta brava. El polémico duelo entre el hombre y el animal, el constante reto a la muerte, el rito previo a cada
corrida, el vestuario del torero, sus lances, las leyendas que han trascendido en torno a la iniciación de los
novilleros _quienes, según la tradición, empiezan sus faenas bajo la luna llena para poder conocer mucho
mejor al animal_ y las mismas características del toro, con sus pitones amenazantes, su trapío, su casta, su
nobleza y su bravura, han generado la curiosidad en cientos de artistas. Entre los escritores españoles _los
más prolíficos_ sobresalen Ortega y Gasset, Manuel Machado, Rafael Alberti y Camilo José Cela. Entre los no
españoles quizás el más famoso es Ernest Hemingway. Su pasión por la tauromaquia lo llevó a escribir
Muerte en la tarde, no sin antes recorrer una a una las plazas de toros de España y aprovechar su amistad
con algunos diestros para explicar la belleza del toro.
Centenares de escritores se han aventurado a abordar el tema, unos con más fortuna que otros. Incluso
Antonio Caballero, en su libro Toros, toreros y públicos, descalifica a la mayoría y destaca sólo los textos que
han escrito los propios toreros: La tauromaquia o arte de torear, de Pepe-Illo, la autobiografía del matador
Juan Belmonte y Lo que confiesan los toreros, una recopilación de historias contadas por los mismos
protagonistas de las corridas. Quizás uno de los libros más conocidos al respecto es O llevarás luto por mí ,
basado en la vida de Manuel Benítez 'El Cordobés', producto de un arduo seguimiento al torero por parte de los
periodistas Dominique Lapierre y Larry Collins.
Pero si en el campo literario los ejemplos sobran, en la pintura los casos también son abundantes. Para no
ir muy lejos artistas de la talla de Picasso y de Goya han representado de manera muy personal la
faena. Goya la plasmó en 33 grabados y otros tantos óleos y Picasso en 26 planchas. El colombiano
Fernando Botero lo hizo en una antológica serie llamada La corrida, en la que están presentes todos los
momentos del mundo taurino. Desde artistas como Paul Potter, pasando por Edouard Manet, Francis
Bacon, Juan Manuel Groot e Ignacio Zuluaga, y en Colombia pintores como Alejandro Obregón, son muchos
los exponentes que han querido retratar con trazo enérgico todo el encanto de la fiesta brava.

Sangre y arena
¿Cuál puede ser el atractivo especial de una corrida de toros para que los artistas caigan en la tentación de
representarla? Carlos Fuentes cree tener la respuesta en su libro El espejo enterrado al advertir que no
existe otra actividad en la que el hombre pueda lucir más erótico y en la que pueda ofrecer unas posturas
tan incitadoras. "La desfachatez llamativa del traje de luces, las taleguillas apretadas, el alarde de los
atributos sexuales, las nalgas paradas, los testículos apretados bajo la tela, el andar obviamente seductor y
autoapreciativo, la lujuria de la sensación y la sangre. La corrida autoriza esta increíble arrogancia y exhibición
sexuales".
Otros afirman que la razón se debe a que el toro se ha convertido a través de los tiempos en metáfora de
situaciones y sentimientos. Es el caso del Guernica, de Picasso, en el cual el toro surge como figura
fundamental. Varios análisis atribuyen la aparición del toro en medio de la catástrofe que recrea el cuadro
como símbolo de mando, de poder, ajeno al drama que lo rodea y sus testículos se constituyen en la
representación de Hitler y Mussolini. El cine no se ha quedado atrás y Pedro Almodóvar, en su película
Matador, también quiere mostrar mediante personajes cercanos a la tauromaquia la metafórica relación
entre la muerte y el orgasmo.
Sin embargo las imágenes y significados que le han adjudicado al toro se remontan a la mitología griega, y
más concretamente a la aparición del minotauro, ese monstruo con cabeza de toro y cuerpo de hombre al
que periódicamente los cretenses debían sacrificarle siete jóvenes y siete doncellas. Fue precisamente en
Creta donde se hallaron los primeros dibujos sobre el toro y es en esa isla donde se cree tuvo origen la lidia.
Pero la razón por la que el arte y la tauromaquia van de la mano parece estar implícita en la misma historia
de España y en su encuentro con tierras americanas. Para los españoles el toro hace parte de su
esencia, de su raza, de sus antepasados, de sus alegrías y tristezas, incluso de sus tragedias, pues las
mismas plazas de toros sirvieron de campo de concentración en la guerra civil de este siglo. La misma
música flamenca está plagada de letras alusivas al toreo, a la vida de toreros, a la elegancia y a la ceremonia
del espectáculo.
A un lado sigue incólume la trajinada discusión sobre la perversidad que rodea a la fiesta. Pero hasta para
sus enemigos los aficionados tienen respuestas. Los ganaderos y toreros insisten en que el toro nace para
morir en combate, en la lidia, y no de otra forma. Al fin y al cabo es más honorífico un sacrificio en el ruedo
que en el matadero. Carlos Fuentes, por su parte, tiene su propio argumento ante quienes no ven el toreo
como un arte sino como una cruel matanza. "No podemos negar nuestra explotación a la naturaleza porque
es la condición misma de nuestra sobrevivencia".
Con todo, la fiesta brava ha demostrado ser una ceremonia que desborda las multitudes. Para autores como
Caballero lo más bello de la fiesta es el toro, mientras para otros, y sobre todo para otras, lo más hermoso es
el torero. En medio de ellos están quienes creen que la corrida en su conjunto es indescriptible, tanto que las
verónicas, la muleta, el capote, las banderillas, los picadores, el traje de luces, la arena, el sol, la sangre, los
caballos, las orejas, el ruedo y la muerte hacen parte de un arte que tal vez ningún libro, ningún grabado o
pintura puedan sintetizar.

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