Sábado, 3 de diciembre de 2016

| 2016/09/12 10:38

A pesar de todo, hay Salón Nacional de Artistas

El 16 de septiembre se inaugura en cinco espacios de Pereira la versión 44 del Salón Nacional de Artistas, que siempre es blanco de críticas.

Ming Wong. Foto: Revista semana

El Salón Nacional de Artistas es el evento artístico más grande y más antiguo en Colombia. Su inauguración en octubre de 1940 en la Biblioteca Nacional logró, tras dos intentos fallidos, materializar el propósito original de este certamen: reunir en una muestra lo que sucedía en el arte nacional. “El termómetro del arte colombiano”, llamó Marta Traba más adelante a este espacio donde se pretendía indagar sobre la existencia de un “arte propio” o “propiamente colombiano”, y crear un centro de formación para el ejercicio de juzgar el arte de los contemporáneos. 

Desde sus inicios sus creadores, el presidente Eduard o Santos y su ministro de Educación, Jorge Eliécer Gaitán, quisieron consolidar una tradición expositiva del arte nacional, con una que otra reforma en cada una de sus versiones. Muchos años después, a principios de este siglo y respondiendo a las dinámicas del arte mundial, cambió de formato: pasó de ser una selección de artistas hecha por un jurado, con entrega de premios a las mejores obras, a varias muestras concebidas por un comité curatorial en torno a un eje conceptual, sin premios pero con un presupuesto para la producción, montaje y transporte de las obras de los artistas convocados.

A pesar de sus giros y reformas, el Salón también es, en cada oportunidad, el centro de críticas de figuras del medio y de observadores. Con el Salón Nacional de Artistas siempre hay algo mal: que es muy bogotanizado, que es anacrónico, que el nombre no le cuadra, que no puede abarcar todo lo que pasa en el arte nacional, que hay demasiada presencia de arte internacional, que hay poca independencia entre salones regionales y Salón Nacional,
que el arte contemporáneo no dice nada, que los curadores son demasiado protagonistas, que el de Medellín fue un salón “para mostrar” o “para el extranjero”, y que hay muy poca divulgación y claridad, por lo que puede pasar desapercibido.

Aun así el Salón sigue existiendo. Eso explica, tal vez, el tinte nostálgico del nombre de la versión 44 en Pereira. Aún, lo llamaron sus curadores. Un ‘aún’ que se pregunta por la existencia misma del Salón, que se sorprende de su propia supervivencia y lo ubica, dice el curador Guillermo Vanegas, “de manera ambigua entre la duda y el cuestionamiento, entre la esperanza y la posibilidad de continuar avanzando”. 

Si bien este Salón no rompe –no puede romper– tajantemente con esa historia, el equipo curatorial de la edición 44 ha hecho, de nuevo, sus propias variaciones y énfasis que lo separarían de salones anteriores, en un esfuerzo por hacer algo diferente. Componen el comité Rosa Ángel, directora artística, quien desde finales de 2015 dirige el Museo de Arte de Pereira; Inti Guerrero, desde principios de año curador adjunto de arte latinoamericano de la Tate en Londres, quien se enfocó en el componente internacional de Aún; el curador y crítico Víctor Albarracín, a cargo del componente editorial de esta versión; y Guillermo Vanegas, curador y profesor con énfasis en investigación regional.

Esta versión intenta separarse de otras –especialmente de la inmediatamente anterior, un “salón vitrina”– con un enfoque más experimental. Los curadores buscaron artistas consagrados y a muchos más jóvenes de lo habitual, que abrieron el Salón a producciones híbridas, sin foco exclusivo en las artes visuales.

Víctor Albarracín afirma que buscaron procesos lejanos de lo puramente objetual para abordar otros campos: productos literarios, ejercicios antropológicos, investigación filosófica, producción musical y otros cruces que muestran al artista como alguien que no se limita a producir mercancías estéticas, sino que usa lo visual como una herramienta del pensamiento. “Este Salón, desde mi perspectiva, no es una búsqueda de artistas brillantes sino una exploración de zonas grises y de opacidades. Hay doctores en teología que hacen música, dibujan y escriben libros; colectivos que trabajan con comunidades de migrantes en el Darién y producen estudios a medio camino entre la sociología, la poesía y la estadística; coreógrafos que se mueven por la ciudad sin dejar mayor indicio de sus derivas; profesores de arte que alguna vez fueron profesores de capos del narcotráfico; escritores cercanos al arte y a la ciencia ficción. No es un termómetro. Cosas como ‘cool’ y ‘hot’ son irrelevantes para esta investigación. Sin embargo, en la tensión entre la mirada de ArtBo (feria que será por unos días paralela al Salón) y nuestra mirada, sí se genera un espacio en el que podemos entender de un modo más complejo esa cosa llamada ‘arte colombiano’. De pronto incluso sirve para entender que el arte no es colombiano y ni siquiera es simplemente arte”.

El componente internacional de Aún pretende problematizar la idea de un arte ‘nacional’. Los artistas extranjeros escogidos o convocados por Inti Guerrero –curador colombiano radicado en Hong Kong– pertenecen a países del hemisferio meridional con contextos socio- políticos similares, lo que establece un diálogo sur/sur con los nacionales. “Me interesa fomentar un debate más amplio en torno a lo que entendemos por ‘extranjero’ e ‘importado’ en la producción cultural de la nación. Lo nacional no es y nunca fue una identidad esencialista, pura y ajena a lo internacional. Es por lo tanto importante, y sobre todo en nuestro presente, no ser una sociedad con producción cultural insular y proteccionista. No es sano rechazar ‘lo extranjero’, sino justamente proponer un internacionalismo pertinente al contexto”, le dijo a Esfera Pública. La mirada de Guerrero, sugiere Rosa Ángel, es particular en tanto que es interna y lejana a la vez: no valida desde afuera lo que se hace en Colombia, sino que presenta propuestas íntimamente relacionadas con lo que sucede acá conceptualmente y desde el punto de vista social y político. Este pretende ser, de hecho, un salón particularmente político, no solo por las obras sino por la agenda académica.

Por último, Aún tendrá un nuevo componente editorial: 15 publicaciones comisionadas y por convocatoria, editadas en papel y digitalmente para descarga gratuita desde la página web. La idea, dice Albarracín, era que no fuesen “libros de artistas”, sino publicaciones que en sí mismas se presentan como piezas de arte. Habrá libros sobre formas de culto que vienen desde los palenques en el siglo XVIII hasta el Carnaval del Diablo en Riosucio y otras prácticas culturales abordadas por los artistas locales invitados; libros sobre discursos políticos de izquierda y derecha; también libros de filosofía donde hay un componente artístico fuerte; u otros que dialogan con los lineamientos del Salón.

El eje curatorial, anclado en cómo un individuo establece relaciones con el territorio, invita entonces a presenciar una propuesta de integración entre disciplinas y miradas. E invita también a la crítica. “Tratamos de hacer salón no de mala gana”, dice Vanegas, “o por cumplir cuotas o en representación de los intereses de una sola ciudad; sino uno dispuesto a que la selección de obras y proyectos no se defina como infalible y más bien invite al cuestionamiento”. Ese al que el Salón está tan acostumbrado. 

Guillermo Vanegas

“La ignorancia me permitió ver de mejor manera la producción cultural que se daba en diversas regiones”.

Rosa Ángel

“En Pereira no hay definiciones cerradas de lo que es el campo artístico. Todo funciona como un engranaje”.

Inti Guerrero

“El público de Pereira tendrá contacto con obras que usualmente no circulan en esta parte del mundo”.

Víctor Albarracín

"Me parece que el Salón es más un laboratorio de pensamientos que un lugar al que uno va a ver una exposición”.

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