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| 7/6/2014 1:00:00 AM

El arte de la guerra

Todo el mundo sabe que la Primera Guerra Mundial fue un conflicto cataclísmico que cambió el mundo. Pocos, sin embargo, conocen el impacto que tuvo en el arte.

La Primera Guerra Mundial no solo fue una catástrofe devastadora que acabó con la vida de 37 millones de personas, hundió a los grandes imperios y cambió el mapa del mundo, sino que también trastornó por completo al arte, al que impulsó brutalmente a la modernidad.

Como le dijo Leo Braudy, un profesor experto en el conflicto, a The Los Angeles Times hace unos años, la Primera Guerra Mundial “creó una época en el arte”, explicando cómo ese primer conflicto global contribuyó a la consolidación del modernismo. Si en política, esa ‘Gran Guerra’, como la llamaron en el Reino Unido, dio forma al mundo moderno, en arte hizo algo similar y dejó una huella profunda y perdurable. Poetas como T. S. Eliot y Guillaume Apollinaire, escritores como Ernest Hemingway, John dos Pasos, Virginia Woolf, pintores como Otto Dix y Max Oppenheimer produjeron algunas de sus mejores obras bajo el impacto directo de esa conflagración en la que varios de ellos fueron soldados. Y muchos, como Thomas Mann, celebraron la llegada de la guerra, antes de arrepentirse de sus funestas consecuencias.

Dice Stephen Forcer, especialista en surrealismo y dadaísmo de la Universidad de Birmingham, que para muchos artistas la Primera Guerra Mundial fue una experiencia “profundamente traumática que, paradójicamente, los llevó a desarrollar un trabajo con unas características y una calidad que de otra manera no habrían alcanzado”. 

Décadas antes de la guerra, la perspectiva del sujeto había comenzado a predominar en el arte y los avances de la tecnología, entre ellos la fotografía, dejaban su huella. Poco a poco la estética entraba en el mundo moderno y rompía con la tradición para poder mirar hacia el futuro. El presentido estallido de la guerra en 1914 aceleró el proceso y llevó al arte a experimentar en varios frentes.

Desde finales del siglo XIX el arte se había sumado al torbellino de la modernidad y exigía a los artistas originalidad y autonomía más que maestría y fidelidad al objeto trazado. Animados por los avances de las ciencias, los pintores renegaron de la tradición y abandonaron la creencia renacentista de que el lienzo era una ventana al mundo. La pintura, al igual que la filosofía y la literatura, dejó de lado la objetividad, se centró en el sujeto y comenzó a dibujar el mundo desde su perspectiva. Los últimos descubrimientos de la óptica habían determinado que el ojo ve en dos dimensiones y las tonalidades son de suma importancia. Por ello los impresionistas ampliaron su paleta de colores, comenzaron a desafiar el imperio de la perspectiva y difuminaron las formas. El lienzo hacía las veces de una cámara que capturaba un momento tal cual lo veía el pintor.

Pero la guerra obligó a los artistas a cambiar los coloridos paisajes de la campiña francesa por las desoladas praderas de Flandes donde la muerte y el exceso de sangre derramada aún hoy impiden que crezcan árboles. El pintor Otto Dix, quien empuñó su fusil en ese frente, uno de los más violentos, dibujó sombríos paisajes llenos de cadáveres y cielos cargados de violencia y terror. En sus cuadros el artista manipula las formas y los colores para que los sentimientos de angustia y melancolía sean más perceptibles. Si para los impresionistas lo que importaba era la perspectiva del artista, en los cuadros de Otto Dix forma y color se rinden ante el dominio del sentimiento y lo que sobresale es el mundo interior del dibujante.

Varios poetas, escritores y pintores, entre ellos Max Beckmann y Ernst Jünger se sumaron a las filas del Ejército. Ellos, como otros escritores y varias mujeres que visitaron el frente, relatan las noches de insomnio y desolación, el agudo frío que reinaba en las trincheras, los insectos que se les comían piel mientras esperaban la avanzada enemiga, los ataques con gas mostaza y todos los horrores del frente.

“Los hombres marchaban dormidos. Muchos habían perdido sus botas

Pero cojeaban, corría la sangre. Todos iban cojos, todos ciegos

Borrachos de fatiga, sordos hasta al ulular

Del gas cayendo suavemente atrás

Gas! Gas! Rápido chicos. Un éxtasis de buscar a tientas,

Y arreglar las torpes máscaras justo a tiempo

Pero alguien quedaba gritando y tropezando

Y debatiéndose como un hombre en llamas o en cal”.

Este poema, In dulce et decorum est, de Wilfred Owen, el poeta inglés más famoso de la guerra, que murió durante la confrontación, sigue siendo aún hoy aprendizaje obligado para los niños en las escuelas en Inglaterra.

Pocas descripciones recogen el horror de las trincheras como la de la periodista Anne Roberts Rinehart: “Esa noche, cuando desde una posición semicubierta pude ver hasta las líneas alemanas, el contraste entre la condición de los hombres en las trincheras y la belleza de la escena era aterrador. En cada dirección, tan lejos como podía verse, había una brillante laguna de agua. La luna hacía un camino de plata a través de ella y allí y en sus bordes había árboles de invierno rotos y doblados.

“Es hermosa”, dijo el capitán Faztrez tras de mí, en voz baja. “Pero está llena de muertos. Los sacamos cuando se puede. Pero a menudo no se puede”.

Escenas como esas marcaron la literatura y el arte por las décadas venideras y a ellas les debe mucho lo que hoy se conoce como ‘modernidad’.

A comienzos de 1918 el joven Ernest Hemingway fue enviado al frente como voluntario de la Cruz Roja americana. Poco después de su llegada cayó herido por una granada y pasó lo que quedaba de la guerra en el hospital. Esa experiencia inspiró su novela Adiós a las armas. En su famosa novela La señora Dalloway Virginia Woolf cuenta la locura que los horrores vividos en el frente le causaron a Septimus Warren Smith, un soldado que regresaba a Londres después de varios meses de combate y cuya única posibilidad de respiro era el suicidio. La escritora francesa Colette escribió múltiples reportajes sobre cómo se vivía la guerra en la retaguardia parisina. Y muchos artistas, como el pintor expresionista alemán Franz Marc, quien se proyectaba como uno de los más importantes y revolucionarios de su generación, murieron en el frente.

Con la guerra el arte dejó de lado su más preciado atributo, la belleza, y los visitantes de exposiciones y galerías tuvieron que acostumbrarse a una estética de lo grotesco, lo ilógico y lo sombrío. Pero el arte no se limitó a hacer el infierno visible ni a narrar el desorden mental y emocional que enloqueció a los soldados. En 1920 el dadaísmo alemán organizó una de sus polémicas exposiciones en Colonia. Para entrar a la sala atiborrada de cuadros había que pasar por los orinales de una cervecería. Dadá –según los propios artistas– era una vanguardia que disparaba a los sentidos, hería el olfato, el tacto y la vista y desorientaba al sujeto. “El nuevo arte era chocante –dice Millicent Vladiv-Glover, profesora de la Facultad de Artes de la Universidad de Monash-. Imitaban los efectos de la guerra y destruían a la audiencia como una bomba.” Era la estética del sufrimiento.

Desilusionados con el arte burgués que había llevado a la humanidad a destruirse a sí misma, Dadá encarnaba la antiestética y rompía toda lógica. El propósito de esta vanguardia era unir el arte con la vida cotidiana y llevar a las personas a reflexionar sobre la locura que se había tragado el mundo. Estos artistas dejaron de lado el efervescente nacionalismo europeo y se dirigieron a todos los hombres y mujeres. Por su parte, el surrealismo, convencido de que la guerra era producto del exceso de racionalismo heredado de la ilustración, investigaba las infinitas posibilidades del subconsciente y se apartaba de la violencia.

Después de la guerra el arte ya no podía definirse como lo bello y lo armonioso y una vez más hombres y mujeres se vieron obligados a indagar por su esencia. En la literatura, la pintura y la poesía predominaban los experimentos, los ejercicios introspectivos del artista y su irreverencia. Las reglas del pasado habían quedado atrás y ahora cualquiera podía imponer las propias. La introspección y la curiosidad por probar cosas nuevas se han mantenido en el arte a lo largo de los años. Lo que no duró mucho, a pesar de haber pisado fuerte, fue el radicalismo y la utopía de las vanguardias que se propusieron cambiar un mundo que los tenía desilusionados. Un esfuerzo tan digno de admiración como fugaz.
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