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| 11/17/1986 12:00:00 AM

EL ARTE DE VIVIR

El número de poetas en Colombia es inversamente proporcional a la rentabilidad de la poesía.

Si durante el siglo pasado en Colombia "la poesía era el primer escalón de la vida pública y se podía llegar a la Presidencia por una escalera de alejandrinos pareados", como lo afirma el ex presidente Alberto Lleras, hoy por hoy los poetas son tenidos como la permisible, inofensiva y, en cierto modo, necesaria franja de lunáticos, cuya actividad, según palabras de alguno de ellos, se considera algo "muy al borde de arrastrar un tarrito".
En los últimos 50 años, ser poeta en esta tierra de poetas se ha convertido en un oficio marginal, alterno a profesiones y ocupaciones disímiles que sus practicantes ejercen con el celo de un vicio solitario. Pero, quizás excepción hecha de Julio Rubio, declamador profesional que ha deambulado desde hace 30 años de pueblo en pueblo ofreciendo en los colegios de bachillerato "los más grandes poetas, las mejores poesías", nadie ha podido vivir de escribir, leer o publicar sus versos.
El más citado de los ejemplos, León de Greiff, quien fue contador de los Ferrocarriles Nacionales, es una pequeña muestra de esta situación. Por eso, a la pregunta "de qué viven los poetas colombianos" le surgen invariablemente respuestas socarronas. "No viven: mueren", dice uno de los interrogados. "Viven del café tinto y del cigarrillo", recuerda otro. Alguno opina que viven "de milagro", "del aire", aunque otro más radical asegure que de la poesía "nunca ha vivido nadie, ni siquiera los griegos".
Así las cosas, resulta explicable no sólo el caso De Greiff, sino también el de Luis Vidales, por mucho tiempo estadígrafo del DANE; el de Alvaro Mutis, quien desempeña un alto cargo ejecutivo en una distribuidora internacional de películas, el de Fernando Charry Lara, abogado de una compañía de productos lácteos; el de Aurelio Arturo, al que se recuerda ocupando un oscuro puesto público; el del fallecido Rafael Maya, docente en universidades y colegios de bachillerato; el de Néstor Madrid Malo, abogado y titular de la Notaría Octava de Bogotá, y el de Olga Elena Mattei, vinculada al servicio diplomático, para mencionar solamente a algunos de los nacidos antes de 1935.
Entre los integrantes de una generación más reciente, el panorama apenas si varía, pues encontramos en la docencia nombres como Jaime García Maffla, Manuel Hernández, Darío Ruiz Gómez, Elkin Restrepo, Nicolás Suescún; en cargos estatales: Santiago Mutis, Alvaro Rodríguez, Darío Jaramillo, Anabel Torres; en el periodismo: Fernando Garavito, Mario Rivero, Eduardo Escobar, María Mercedes Carranza, en la publicidad: Jotamario Arbeláez, Jaime Jaramillo Escobar, y en la diplomacia: Juan Gustavo Cobo Borda.
SEMANA estableció que existen en nuestro país poetas de cierto prestigio literario que torean sus necesidades monetarias con ocupaciones cada vez más alejadas del ideal de un trabajo creativo con el lenguaje, como lo pueden ser los oficios de cirquero, ascensorista, panadero, fabricante de cubitos de azúcar, disc jockey de una taberna y vendedor de perros calientes.
La cuestión misma de si el poeta debe serlo al margen de una profesión rentable, o por el contrario, debiera propender por alcanzar la categoría de poeta profesional, es algo sobre lo que no existe claridad ni acuerdo. Quienes piensan lo primero, generalmente desde la comodidad de un jugoso cargo, consideran que la sola expresión "poeta profesional", con su acento de oficialización, basta para manchar las nociones de espontaneidad, de libertad y azar inherentes a la lírica. La poesía, dicen, al revés de la narrativa, es esquiva a los horarios, reacia a disciplinas y a trabajos forzados.
Unos y otros tienen, a medias, la razón. En su "Crónica de la poesía colombiana", en la cual el ya citado Darío Jaramillo Agudelo se encarga de desarticular los mitos de que nuestro país es tierra de poetas y que tenemos profusión de buena poesía, señala al analfabetismo como una de las causas de la falta de demanda de poesía, y añade esta frase esclarecedora: "El hecho de que la poesía no le interese a nadie en Colombia, que no exista un mercado para ella, no es una carencia de nuestra cultura sino la regla general de la llamada cultura occidental, en la cual la poesía no tiene papel en la vida de cada uno y en la vida de todos y por lo tanto (en los términos de equidad de esa misma cultura), nadie tiene por qué vivir de ella".

PRODUCCION DILUVIAL
Las principales formas de difusión con que cuentan los poetas colombianos para hacer conocer sus trabajos son los suplementos y revistas literarias, recitales, publicación de libros, sin que ninguna de ellas logre una incidencia realmente masiva. Si bien es cierto que en Colombia circulan diez suplementos dominicales en diarios de provincia y tres de carácter nacional, también es un hecho palpable el rango de cosa inútil que se otorga a la poesía al interior de los periódicos. Cosa inútil -anacrónica- que nadie sabe muy bien dónde arrojar, si al rincón de la página social, donde, por lo demás, se hospedaron versos y rimas hasta bien entrados los años 60, o si al cuarto de san Alejo del magazin dominical, para condenarlo a la ruda y siempre infructuosa competencia con las tiras cómicas.
Sólo unos contados poseen una sección habitual, donde se reproducen, a lo sumo, tres poemas breves, por los cuales el autor rara vez percibe algún dinero que, en el mejor de los casos, si ya ha sido elevado a la jerarquía de "estrella", puede llegar a la suma de 3.500 pesos.
Cierto directivo de uno de estos trece suplementos, quien pidió no ser nombrado, expresó que en su medio la presencia de la poesía es proporcional a lo que nuestros poetas merecen. "En mi opinión -dijo- la producción poética nuestra es torrentosa diluvial, pero la gente escribe mal, no hay poetas profesionales sino ocasionales, y muchos deciden que son poetas de la noche a la mañana. Todo lo cual no excluye que haya muy buena poesía, pero son más excepciones que reglas".
Hace aproximadamente un año el Magazín Dominical de El Espectador inauguró una página de poesía a cargo de Juan Manuel Roca, como un mínimo canal de expresión para los remitentes de un volumen de 30 a 40 paquetes de poemas que reciben cada semana. "Muy frecuentemente se trata de personas que se sentaron un día a escribir", indica Marisol Cano, redactora del Magazín. "Suelen enviar rimas sobre el amor, la paz, la región donde nacieron y la mayoría proceden de los departamentos de Córdoba y Nariño". Roca, quien selecciona y presenta los dos o tres poemas de cada semana, caracteriza así las causas -de esta suerte de deporte nacional: "La gente cree que es muy fácil escribir poesía. Muchos piensan que como todos sentimos, pues todos podemos hacerlo y así, por ejemplo, si a uno lo deja la novia, escribe poemas amorosos, y si lo botan del trabajo se vuelve poeta social".
Con las revistas literarias, cuyo tiraje ocasionalmente remonta los 1.500 ejemplares, tampoco cabe hacerse mayores ilusiones en cuanto a su papel como divulgadoras de la poesía nacional, no obstante las buenas intenciones y el carácter casi heroico con que sus editores consiguen mantenerlas más allá de la tercera entrega. Publicaciones ya tradicionales como Eco, editada en Bogotá con dineros aportados por una entidad alemana a través del señor Karl Buchholz, y Acuarimántima, que hacia en Medellin un comité encabezado por Elkin Restrepo con el auspicio de profesores universitarios, asociaciones docentes y empresas privadas, murieron en años recientes silenciosamente, al cabo de una notable labor de difusión tanto de la poesía como de estudios sobre ella.
En Bogotá subsisten El Café Literario, dirigida por Néstor MadridMalo, que va por el número 45; Golpe de Dados, de Mario Rivero, "la única revista en Colombia que ha durado 14 años"; Pluma, cuya circulación está limitada fundamentalmente a los suscriptores de una tarjeta de crédito, Puesto de Combate, orientada por Milciades Arévalo, y Ulrika, con 13 números publicados en cinco años. Regionalmente, entre las más perseverantes, se conocen, gracias a un correo que a duras penas abarca el circulo de iniciados, revistas como El Túnel, del grupo literario homónimo de Montería; La Kábala de Cali; Aleph, editada por Carlos Enrique Ruiz en Manizales, y Olas, que se publica en Barranquilla. Pero todas, sin excepción, son productos de escritores para escritores.
Otra modalidad de revistas literarias, en las que también se publican poemas, ensayos sobre poesía y reseñas de poemarios, es la financiada por instituciones del Estado, como la revista de la Universidad de Antioquia, vuelta a publicar hace poco y el Boletín Cultural y Bibliográfico del Banco de la República, órgano trimestral donde se registran críticamente unos 25 libros de poetas colombianos por año con el sistema de uno a favor y uno en contra, en el cual, como es de esperarse en un país donde la critica ha sido amiguista y arrulladora, ya empezó a producir ronchas en el gremio.
De tales revistas, sólo las más antiguas y las concebidas como empresa antes que como clubes filantrópicos con medios económicos para pagar a sus colaboradores sumas que van desde lo puramente nominal, cuando le cambian al escritor su trabajo por 20 números de la publicación, hasta dos o tres mil pesos por un poema, con algunas salvedades como Golpe de Dados, que, según su director, asigna 10 mil pesos a cada colaboración. La mayoría, como casi todos los suplementos domingueros, juzga honroso para el autor la publicación de sus versos en letra de molde.

OTRAS SALIDAS
Luego de intentar la promoción de sus versos directamente entre amigos, mediante hojitas fotocopiadas que van de mano en mano, después de remitirlos a suplementos y revistas con el sueño de verlos publicados, aun sin cobrar un peso, al poeta colombiano le quedan algunas alternativas, a cual más azarosa e ineficaz: tratar de ganarse un concurso, vincularse a un taller o a una casa de poetas -donde, al menos, encontrará un pequeño auditorio para sus recitales entre los miembros de la secta- o buscar la publicación de un libro.
No son pocas las instituciones públicas y privadas que estimulan en mayor o menor grado la actividad de los poetas colombianos mediante la programación de ciclos de conferencias encaminados al análisis y divulgación de su obra, lanzamiento de libros nacionales y recitales. Hasta comienzos de 1986, el Banco de la República realizó una serie de charlas en sus sedes culturales de todo el país bajo el rótulo "Que hablen los poetas", programa en el cual participó prácticamente todo el "país lírico", en una gran maratón nacional que les dio la oportunidad de intercambiar con sus colegas de otras regiones, y la posibilidad de devengar honorarios que iban de 10 a 40 mil pesos, según la ciudad y el tipo de actividad realizada. La recientemente creada Casa de Silva, nacida con el propósito de impulsar el interés por la poesia, inició de inmediato sus labores con un calendario de recitales, conferencias y lanzamiento de libros, además de la organización de una biblioteca especializada en poesía, archivo de grabaciones con las voces de poetas de todo el mundo, así como interpretaciones de la obra de escritores fallecidos. Tareas equivalentes vienen desarrollando instituciones como la Casa Julio E. Lleras, del Banco Central Hipotecario, en Bogotá, y centros culturales, bibliotecas, universidades, y aun tabernas culturales en todo el país.
Los talleres de poesía de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín y de la Universidad de los Andes, comandados por Jaime Jaramillo Escobar y Juan Manuel Roca, respectivamente, son algunos de los más destacados, siendo el primero el de mayor trayectoria. Ya ha publicado media docena de libros de sus integrantes, punto en el que Roca disiente por entender este trabajo como algo orientado más a la lectura que a la publicación, y más al conocimiento y estudio de la lírica universal que a la escritura de versos.

LOS PREMIOS
La posibilidad de ganar un concurso, es quizá la forma más fácil de conseguir que un libro de poesía se conozca, y como búsqueda de solución económica es tan factible como ganarse una lotería. Los dos únicos certámenes importantes que han sobrevivido a la cosecha de los años 70, el premio Eduardo Cote Lamus, del Instituto de Cultura del Norte de Santander, y el de la Universidad de Antioquia, cuyo monto llega a los 300 mil pesos. Envían sus libros alrededor de 400 poetas colombianos para cada convocatoria. Pero aunque siempre 105 premios tienen ganador, no siempre a los ganadores los premian: una poeta antioqueña ganó un premio y sólo ocho años después le entregaron los 10 mil pesos del premio.
Cuando un poeta agota la edición de su libro, si es honesto dirá: "Tuvo buena salida; se regaló bien". Según casi todos los libreros, los colombianos no compramos poesía. Según los artífices del boom editorial de comienzos de los años 80, en sus colecciones no se incluyen poetas porque sus libros son literatura no comercial. Existen ciclos culturales variantes en el gusto del público lector. Es cierto que el género más vendido en el pasado diciembre fue la narrativa (léase, la última novela de García Márquez), pero en febrero del 85 la gente quería saber acerca de nuestra historia actual y leyó, "Así nos tomamos la Embajada", de Rosemberg Pabón, con preferencia sobre lo demás.
En tales condiciones, ha resultado que hoy en Colombia no existe una sola editorial que publique libros de poesía. Casas como Tercer Mundo, Planeta, Oveja Negra, Carlos Valencia, que efectivamente están capacitadas para promocionar y comercializar este género en todo el país, solamente aceptan editar obras de poetas colombianos esporádicamente cuando se trata de antologías, que suelen considerarse más vendibles, pero nunca como parte de un plan. Querer publicar entonces, se convierte para el escritor en una tarea en la cual está completamente solo. Colcultura, el ente estatal cuya faceta principal hasta comienzos de esta década fue la puesta en marcha de un gran programa editorial, durante la última administración y a raíz de la conformación de Procultura, abandonó paulatinamente su papel de medio de expresión de innumerables escritores que jamás habrían visto publicados sus libros por editores privados, para trasladarlo, con todo y recursos presupuestales, a la nueva empresa que ya empieza a rendir frutos con la publicación de trece títulos de poesía. Sin embargo, en la mudanza al nuevo organismo, las tradicionales ediciones populares de Colcultura, de las cuales la más cara podría valer 300 pesos, se convirtieron en finos tomos que pueden costar entre 1.300 y 5.600 pesos. Una colección de cuadernos de poesía que venía publicándose fue interrumpida abruptamente en el número 12; no obstante, en la sección de publicaciones de Colcultura continuan recibiéndose entre 20 y 30 libros de poesía al año, entre ellos uno de algún joven poeta caldense, quien adjuntaba una carta amenazando suicidarse si no le publicaban.
Dos fundaciones han venido a suplir mínimamente este vacío editorial: la de Simón y Lola Guberek, que ha lanzado 17 títulos en los últimos tres años, nueve de ellos de poesía, y Ulrika, conformada por el mismo grupo que edita una revista y ya ha sacado a la venta dos series que suman siete cuadernos de poesía.
Descartadas las opciones de publicar en una gran editorial o en una institución oficial, desechados los concursos, al poeta todavía le quedan dos alternativas: autopublicarse por su cuenta y riesgo, o publicar en asocio de organizaciones que prestan su sello, su formato y diseño, y ofrecen una relativa posibilidad de distribución artesanal a cambio de una determinada cuota económica que el autor debe aportar para la impresión. En los dos casos, la plata -entre 80 y 110 mil pesos para ediciones de mil a 1.500 ejemplares- debe salir de su propio bolsillo. Autoedición, en términos prácticos, puede significar que el autor, además de escribir el libro, debe editarlo, distribuirlo por las librerías (donde, por norma, no reciben poesía ni en consignación), casi nunca pasar a cobrarlo, y con el sobrante, hacer sistemáticos regalos a los amigos.
Lo cierto, contra toda lógica, es que mientras tanto seguimos siendo esa "tierra de poetas", de gente con necesidades expresivas superiores a cualquier criterio estrictamente literario. Un país donde 130 de los 6.500 títulos editados en 1985 eran de poesía. Una cultura del analfabetismo y la miseria absoluta. Quizá esa sea la razón de que, según cierto poeta antioqueño, cuando usted se asoma a un café en Medellín y grita "¡poeta!", voltean a mirar cuarenta y ocho.
Francisco Celis
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