Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1997/10/13 00:00

EL ARTE DEL BIBLIOFILO

Para los grandes bibliófilos no existe placer más grande que comprar un libro. Aun a pesar de saber que existe la posibilidad de no leerlo.

EL ARTE DEL BIBLIOFILO

La compulsión puede ser tan fuer-te como el hábito de fumar o de beber. Unos llevados por el exclusivo placer de la lectura, otros por el juicioso ejercicio de encontrar ediciones primigenias y otros quizá por el solo deleite estético de contemplar el infinito en los lomos densos y sugerentes de una biblioteca, según la consigna borgiana, la historia de las letras está colmada de singulares individuos que no han hecho otra cosa en vida que llenarse de libros. A diferencia de los lectores comunes, para quienes los libros sólo existen en la medida en que son leídos, los bibliómanos han sobrepasado las fronteras de la simple relación lingüística con el papel escrito, alimentando en su alma _incluso muchos de ellos sin darse cuenta_ una veneración hacia los libros que los ha obligado a considerarlos objeto de culto, aun si está por descontado que muchos de ellos nunca serán leídos. El encantamiento es tan viejo como la humanidad y quizá por eso en la actualidad cualquier bibliómano que se respete no deja de sentirse culpable por la desaparición de bibliotecas tan míticas como la de Alejandría. En más de una ocasión Jorge Luis Borges, uno de los adoradores más intensos de la biblioteca, afirmó que el placer estribaba en la sensación de eternidad que se respiraba en sus recintos, una sensación de totalidad con el conocimiento absoluto y, por lo tanto, tan impenetrable como el propio sentido de la existencia. Incluso él mismo, en una de sus últimas conferencias en Buenos Aires, confesó que la pasión que sentía por Las mil y una noches _uno de sus libros de cabecera_ nacía de la impresión que le causaba no haberlo podido leer en su totalidad. Era más hermoso saber que el tomo estaba dispuesto en el estante a la espera de ser abierto en cualquier momento que la satisfacción de llegar a la última página experimentada por un lector juicioso. Compulsión irrefrenable o simple espíritu de coleccionista, lo cierto es que los bibliómanos dejaron de ser hace tiempo simples lectores para convertirse en idólatras. Los hay aficionados a temas específicos que buscan con desespero todas las publicaciones posibles al respecto sin que eso signifique que sean unos expertos en la materia. "Tengo clientes que sólo están interesados en los textos de viajeros del siglo XIX", comenta Mauricio Pombo, director de la librería El Carnero, especializada en libros antiguos y ediciones raras o curiosas. "Hay otro al que sólo le interesan los libros sobre aves y otros obsesionados por las primeras ediciones. Al lado de ellos tengo más de un cliente que compra los libros con la convicción de que no los leerá nunca. Incluso hay uno que los adquiere por el sonido de las páginas al pasarlas. La bibliomanía lo permite todo". Por supuesto, el fenómeno no es una moda exclusiva del siglo XX. Según Gérard-Georges Lemaire, en su artículo 'De la bibliomanía y sus consecuencias felices pero, sobre todo, funestas', publicado en la revista Quimera en la edición de mayo de este año, ya en 1757 Diderot y d'Alembert habían introducido los términos bibliómano y bibliomanía en la Encyclopédie. Según los autores, el bibliómano es un hombre po-seído por la pasión de los libros, pero en exceso. "Estas personas no adquieren libros para instruirse, sino que, lejos de este pensamiento, poseen por poseer, para satisfacer su propia vista". Más tarde, en el siglo XIX, muchos escritores se dieron a la tarea de investigar sobre los motivos por los cuales muchas personas sentían un deseo desbordado por los libros más como objeto mismo que como obra literaria. Uno de esos primeros escritores que inició sus propios estudios sobre la bibliofilia fue Charles Nodier, quien en 1835 hizo una clasificación entre cuatro especies de individuos diferentes: el bibliófilo, el bibliofobo, el librero de viejo y el bibliómano. Según él, la diferencia entre el bibliófilo y el bibliómano reside en que el bibliófilo ama el libro como se ama el retrato de una amante, en el sentido de acercarse al autor por medio del objeto. "Mientras el bibliófilo sabe escoger los libros, el bibliómano, en cambio, los amontona". El placer de acumularTodas estas disquisiciones llevaron a pensar a muchos autores e intelectuales en la crisis del culto por los libros. De la adoración por la obra y el objeto como tal se había llegado a la adoración por el metraje. Independientemente de que esta conclusión resulte exagerada y de que, en efecto, existan bibliómanos que se dediquen en forma exclusiva a exhibir con gran pompa sus bibliotecas sin otro ánimo que el de la presunción, lo cierto es que el arte de la bibliofilia o la bibliomanía, según sea el caso, es un arte que está muy lejos de desaparecer. En Colombia existen bibliófilos tan insignes como especializados. Muchos aprovechan la herencia de sus padres para seguir cultivando la pasión, como Rubén Sierra, ex director de la revista Gaceta y profesor de filosofía en la Universidad Nacional. Su padre tenía una biblioteca inmensa en la cual había acumulado miles de libros a pesar de que nunca leyó ninguno. Su esperanza era que entre los 13 hijos que tuvo hubiera alguno que se interesara en ella. "Poco a poco empecé a descubrir los libros que a mí me interesaban y con el tiempo fui comprándolos por mi propia cuenta, dice Sierra. Ahora tengo entre 7.000 y 8.000 libros. De esos, muchos los compro por curiosidad y no necesariamente para leerlos. Sin embargo yo no soy del tipo de bibliófilos que están permanentemente a la caza de ediciones antiguas y reliquias literarias. Yo sólo sufro momentáneamente del virus que te pica en un momento y no te deja en paz hasta que te compras un libro".Otros empiezan de cero y si bien sus bibliotecas no son las más extensas sí pueden llegar a ser suficientemente exclusivas. Es el caso de Alvaro Castillo, un joven librero de 28 años quien, llevado por la pasión por la lectura pero con escasos recursos económicos, inició su biblioteca comprando viejas ediciones en mercados secundarios de Bogotá, en los antiguos toldos de la calle 19 y en San Victorino. "Los compraba porque eran baratos, pero de pronto, con el paso del tiempo me di cuenta de que muchos de los libros que había adquirido eran primeras ediciones. Así empecé mi colección pero, a diferencia de muchos de mis colegas, mis primeras ediciones son, en realidad, mis textos de consulta. Los tengo porque son los míos y no porque sean primeras ediciones. Así empezó mi pasión y hoy tengo una biblioteca que satisface mis gustos". Entre compra y compra Castillo tiene hoy una de las colecciones más completas sobre Pablo Neruda, Julio Cortázar y el Che Guevara, muchas de ellas con ejemplares firmados por el propio autor en ediciones príncipe. Al lado de él hay otros ya curtidos, como Alberto Dangond Uribe, quien al igual que todos los bibliófilos de su generación ha acumulado una biblioteca digna de universidad, llevado por su pasión librográfica. "No todos los libros que uno compra son para leer. Hay unos que se compran para consultarlos de vez en cuando y otros por el simple placer de tocarlos, verlos, ojearlos o mirarlos. Y esos libros, aunque no se lean, definitivamente se disfrutan". En la gran mayoría de los casos esa pasión por los libros se inicia casi simultáneamente con la afición por la lectura. Para Lázaro Mejía, gerente general de Proexport Colombia y un reconocido bibliófilo, "desde muy niño empezó en mi la afición por la lectura. Leía los libros de la biblioteca de mi madre y cuando tenía 16 años compré con mi plata 'Lolita'. Hoy tengo unos 5.500 libros. De esos, los de arte, poesía, historia, derecho y economía los he consultado mínimo una vez. Del resto de la biblioteca, unas 2.500 novelas literarias, habré leído el 40 por ciento".Por lo general para este tipo de compradores desaforados la posesión de un ejemplar supone algo mágico. Aprenden desde muy temprana edad a deleitarse entre las páginas y sienten una muy íntima felicidad con las ediciones antiguas. Ni siquiera por su valor en el mercado, sino porque la antigüedad concede una aproximación con el autor que las ediciones lujosas nunca pueden ofrecer. "Una primera edición, dice Alvaro Castillo, me lleva a imaginar que esa fue la edición que tuvo el autor en sus manos. Ese es su encanto. Ni qué decir de los ejemplares que están firmados".Entre lo bibliómanos no son pocos los que disfrutan coleccionando libros que en el momento de comprarlos saben de antemano que jamás los van a leer. Los más apasionados no tocan las páginas de una reliquia por el simple temor a ensuciarlas y prefieren que sus grandes tesoros reposen en sus bibliotecas para sólo contemplar su existencia. Según Andrés Hoyos, director de la revista literaria El Malpensante, "antes de cumplir los 30 años a mí no me importaba la belleza de la edición, ni la tipografía, sólo leía desaforadamente. Con el tiempo empecé a discriminar. Me empecé a fijar en las cubiertas y en las ediciones de lujo. Ya no sólo los compraba para leerlos sino también para consultarlos eventualmente. Ahora tengo 14.000 libros y con seguridad el 90 por ciento de los libros que tengo no los he leído. Los he ojeado pero no los he leído hasta el final". El simple placer de poseerlos con la ansiosa esperanza de leerlos algún día es la recompensa de su esfuerzo. No por otra razón Alfonso Palacio Rudas hizo de su colección librográfica la más grande biblioteca personal del país con la certeza de que por lo menos la mitad reposaría virgen en sus anaqueles. La paradoja de Borges no deja de cumplirse. Las bibliotecas son infinitas y por lo tanto nadie puede aproximarse a ellas en su totalidad. Sólo existe el impulso, ese impulso vital de acariciar el libro, de abrirlo, de bordearlo, de saber que en su multiplicación exponencial está la esencia del conocimiento absoluto. Al fin y al cabo también la biblioteca es un acto de fe.

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