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| 6/11/2011 12:00:00 AM

El asesino sí importa

La obra ganadora del Premio de Novela Rómulo Gallegos 2011: una vanguardista novela policial.

Ricardo Piglia

Blanco nocturno

Anagrama, 2010

299 páginas

Tal vez desde Amor perdurable, de Ian McEwan, no tenía esa sensación de fluidez que sentí al empezar a leer Blanco nocturno, de Ricardo Piglia. La lectura avanzaba sin esfuerzo, veloz, como si estuviera caminando por la banda transportadora de un gran aeropuerto. Bueno, así debe ser, se trata de una novela policíaca, es cierto, pero no son muchas las que comienzan de esta manera afortunada: "Tony Durán era un aventurero y un jugador profesional y vio la oportunidad de ganar la apuesta máxima cuando tropezó con las hermanas Belladona. Fue un 'ménage à trois' que escandalizó al pueblo".

Un trío amoroso; unas muchachas bellas y malvadas; un pueblo de la pampa; una familia rica y decadente; dinero ilegal; abogado corrupto y crimen anunciado desde las primeras páginas: Tony Durán, por supuesto, el envidiado forastero. No son únicamente esos ingredientes taquilleros: hay un tono irresistible, un narrador mimetizado con la mirada del pueblo -morbosa, voyerista- que recuerda a Una rosa para Emily, de William Faulkner. Y, como si fuera poco, hay también un personaje entrañable, el comisario Croce, quien actúa más por intuición que por deducción.

El relato, como los buenos platos, se cocina a fuego lento. Y nos permite seguir pistas falsas, barajar hipótesis, sorprendernos. Tony Durán, al parecer, sí murió por un crimen pasional, pero no el que esperábamos ni a manos de ninguna de las gemelas Belladona -Ada y Sofía-, según se infería del turbulento comienzo. Para retorcer la trama -o para mejorarla-, ha aparecido un sirviente japonés, homosexual, con serios testimonios que lo involucran. Durán, el seductor, habría sido utilizado para llevar ilícitamente, de Estados Unidos a la Argentina, una gruesa suma de dinero. Luca Belladona -lunático, inventor y hermano medio de las gemelas-, necesitaba salvar de los acreedores bancarios una fábrica de prototipos de automóviles, herencia del abuelo, fundador del pueblo.

Hasta aquí, el vanguardista y erudito profesor de Literatura de Princeton parecía ofrecernos otra novela tradicional (la primera había sido Plata quemada). Craso error: "Vos lees demasiadas novelas policiales, pibe, si supieras cómo son verdaderamente las cosas… No es cierto que se pueda restablecer el orden, no es cierto que el crimen siempre se resuelve". Ha habido un punto de quiebre. Pasamos de la novela policial a la novela posmoderna -o "ficción paranoica"-, del narrador al teórico, de la diversión a la especulación. Llegó Renzi y mandó a parar. En efecto, Emilio Renzi, el álter ego de Piglia en varias de sus obras, desplaza a Croce en su papel de investigador de un simple crimen y reorienta la narración hacia un terreno filosófico, de género híbrido. Ya los hechos no importan, importan las versiones de los hechos. "¿Qué es la verdad? ¿De qué hablas? Esa pregunta sostiene, implícita, el triste relativismo de una cultura que desconoce la presencia de lo que es cierto". La fábrica deja de producir prototipos de automóviles para convertir en objetos los sueños nocturnos de acuerdo con las categorías de Jung: "Tenía a veces la sensación en sus sueños de que cierta fuerza suprapersonal interfería activamente en forma creativa y llevaba la dirección de un designio secreto y por eso había logrado en los últimos meses construir los objetos de su pensamiento como realidades y no solo como conceptos". Luca Belladona no es más un lunático, es "alguien que había tenido el coraje de estar a la altura de sus sueños".

En uno de sus ensayos, Piglia decía que un cuento tiene dos historias: una aparente y otra secreta que le da profundidad. Pues bien, eso es justamente lo que ocurre aquí. La pregunta no es si la segunda historia aquí narrada vale la pena -para mí la vale: él es un lúcido teórico con un gran bagaje literario-, sino, más bien: ¿cuánto le cabe de experimentación a un relato policial? La respuesta ya la dio Borges, el maestro de Piglia, en La muerte y la brújula, un equilibrado relato policíaco y cabalístico. Descubrir al asesino sí importa.
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