Domingo, 22 de enero de 2017

| 2010/09/04 00:00

El Bolívar de William Ospina

El escritor colombiano propone un Libertador múltiple cuyo proyecto histórico está vigente.

Para Ospina, el prócer fue también un liberador de inesperadas fuerzas históricas.

William Ospina
En busca de Bolívar
Norma, 2010
253 páginas

Estuve a punto de abandonar este libro. Después de tener frescas varias biografías de Bolívar, no estaba dispuesto a leer algunos episodios claves de su vida –conocidos de autos– con la envoltura de una prosa afectada, retórica, que se regodea en su malabarismo verbal: “Después Miranda gastó su vida de corte en corte, de riesgo en riesgo y de batalla en batalla…”. ¡Por favor! Como si no fuera suficiente la influencia exagerada del Borges sentencioso y del Neruda enumerativo en el estilo de William Ospina, decidió ahora agregarle el de Cervantes.

No obstante los capítulos muy breves –que se agradecen– sobre la influencia en Bolívar de los poetas románticos y de los filósofos de la Ilustración, exacerba el lirismo de Ospina hasta el punto que, contrario a su propuesta inicial –bajar a Bolívar de las estatuas–, lo que vemos parece una nueva mitificación: “El hombre que cruzaría en guerra los páramos de los Andes, que siguiendo los pasos de Humboldt escalaría el Chimborazo, que atravesaría al lomo de su cabalgadura un continente mucho más vasto y difícil que Europa, no dejaría de evocar en aquellas gargantas las avalanchas sobre los ejércitos de Aníbal, las mil guerras de todos contra todos que tejieron la historia europea, las peregrinaciones y los viajes místicos que esos paisajes sugieren y animan”.

Por supuesto que este libro –disponible también en las cavas de los principales supermercados del país, al lado de la ginebra, el whisky, el aguardiente y el vino– tiene un interés divulgativo y en ese sentido es muy confiable: el autor conoce la bibliografía canónica sobre Bolívar. Pero este no es el objetivo principal del libro. Al igual que Álvaro Mutis, Gabriel García Márquez y Eduardo Caballero Calderón, Ospina busca, con pleno derecho, presentar su propia versión de Bolívar, el más novelesco de nuestros personajes históricos. Esto ocurre finalmente en la página 177. Para Ospina, Bolívar hizo algo más que liberar naciones: liberó inesperadas fuerzas históricas. El tesoro que era América –su mestizaje, su paisaje– salió a la luz con la independencia y con el minucioso recorrido por su geografía y su cultura que desencadenó la gesta libertadora: “… y sólo la libertad nos permitió ir sacando, de tumbas mitológicas, esas ciudades barro, esas alturas de Machu Picchu, esos Comalas, esos Macondos, esos ríos profundos, esas arpas del llano, esos acordeones de los litorales, esas bibliotecas de Babel, esas pieles de jaguar con la escritura del Dios que reposan en el fondo de nuestro olvido”. Con la precisión y la minuciosidad que un poeta conoce su lengua, Bolívar llegó a conocer buena parte del territorio americano y sus gentes.

Interesante planteamiento, pero a mí me parece aun más interesante la invitación de Ospina a conocer al Bolívar real, al verdadero, a través del testimonio de su confidente, Perú de Lacroix, quien presenta una semblanza del Libertador a partir de rasgos circunstanciales y de ejemplos vívidos. De Lacroix hizo con Bolívar el mismo trabajo de periodista que realizó Boswell con el doctor Johnson: “Bolívar está hablando en el cuarto de al lado: esa es la sensación que nos dejan las páginas de Perú Delacroix”. El Bolívar de carne y hueso, competitivo, quien entre otros muchos defectos se encolerizaba cuando perdía jugando a las cartas. Ya, en un tono más íntimo, más convincente, ante ese Bolívar cotidiano, concreto, Ospina nos propone la paradoja de alguien a larga inalcanzable, como cualquier ser humano al que se le hace una biografía. Además, no hay un único Bolívar. Por eso, mejor que abarcarlos a todos, es preferible acoger la enriquecedora paradoja de su multiplicidad. Bolívar, más que un mito, es una obra inacabada, un proyecto histórico por realizar. “Así que lo podemos dejar en cualquier parte; en cualquier momento de su vida, y también del futuro. Podemos dejarlo ahora en una calle cualquiera de nuestro convulsionado presente”.

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