Jueves, 19 de enero de 2017

| 1988/08/29 00:00

EL BUEN VECINO

"Walker", una historia del siglo pasado que puede repetirse en Nicaragua.

EL BUEN VECINO

En medio de una batalla que destroza las casas y las calles de una pequeña población de Nicaragua, este hombre -siempre vestido de negro y con un sombrero y una Biblia que jamás abandona-, avanza entre el fuego. Los disparos levantan el polvo a sus pies, los heridos y los muertos caen, mientras todos contemplan asustados el espectáculo de la figura que avanza por la mitad de la calle, inmune a la muerte y la desgracia. Uno de los compañeros le pide que se refugie, que no se deje matar y entonces, este hombre, William Walker, le responde muy serio: "Es que nosotros somos norteamericanos, tenemos que demostrarles a ellos lo que somos y por qué estamos aquí". La historia transcurre a mediados del siglo pasado, pero por sus implicaciones sociales y políticas parece una escena actual: los norteamericanos que invaden a Nicaragua, el pueblo que resiste y los militares y mercenarios tratando de arrasar con todo.
"Walker", la película dirigida por Alex Cox, un realizador que se ha distinguido por su obra alucinada y rebelde (Repo Man, una comedia de ciencia ficción que tiene una banda de música punk; "Sid y Nancy", con el romance entre Sid Vicious, líder de los Sex Pistols y Nancy Spungen y Straight to Hell, filmada en sólo cuatro semanas en España), ha logrado una película extraña que mezcla la comedia, la sátira, los símbolos políticos, las extravagancias, la música de Strummer, el mito y otros elementos que no son abundantes en el Hollywood que todos conocen. Con estos elementos, el director busca reconstruír lo que fueron esos años desesperados y locos, cuando William Walker, a la cabeza de un pequeño y ridículo ejército de mercenarios, entró a Nicaragua, quemó, mató y violó porque se creía portador del llamado "Manifiesto de Destino", esa teoría según la cual los norteamericanos, gobernantes y gobernados creían (como siguen creyéndolo muchos), que Dios ha dado a Estados Unidos el derecho de ensanchar sus fronteras, sin importar a quién tengan que despojar.
Por eso la frase según la cual se afirma que antes de Oliver North ya existía Walker, tiene un alcance tremendo. Este teniente-coronel, que será juzgado a partir del 20 de septiembre por haber actuado como una rueda loca dentro del Departamento de Estado, viene directamente del otro, del alucinado que, en las primeras escenas de la película (en una batalla que recuerda los mejores momentos de Sam Peckinpah, con los cuerpos partidos por los balazos y los golpes, mientras caen en un ballet hermoso y sangriento al ritmo de una música mezcla de jazz y salsa, le dice al espectador que el infierno que está presenciando está muy cercano), es rechazado y luego enjuiciado al querer invadir a México. Es convertido en héroe por los asesinos que lo siguen y declarado inocente de cualquier cargo, porque los jueces también comparten su idea sobre la necesidad de ensanchar cada vez más las fronteras norteamericanas. Walker se crece, aparece en los periódicos (era médico, abogado, periodista y gran orador, además de un hombre místico capaz de amar a una sola mujer, una sordomuda interpretada por Marlee Matlin), y más tarde tiene el encuentro que cambiará su vida para siempre: en el desierto y a bordo de un tren particular que atraviesa el territorio norteamericano de un extremo a otro, cargado de champaña y mujeres hermosas, acepta la financiación que le ofrece el millonario Cornelius Vanderbilt para que invada Nicaragua, o mejor, para que imponga el orden en ese pequeño y salvaje país.
Todos los diálogos, todos los gestos, todos los momentos significativos de la película hay que mirarlos como referencias a temas y personajes de la política actual. Walker avanza en 1850, pero podría estar en 1980. Las circunstancias casi son las mismas porque la política norteamericana sigue siendo la misma y basta cambiar el apellido del héroe para que las piezas coincidan.
Hay un tono de irreverencia, de humor negro, de comedia que se burla de símbolos y situaciones, que permite que el sorprendido espectador se divierta ante las situaciones que van surgiendo. Ed Harris logra un personaje mesiánico, para quien no existen los intereses personales ni las fatigas; es un patriota en el sentido exagerado de la expresión, que impone la disciplina a sangre y fuego, que se cree enviado por un Dios que siempre ha estado del lado norteamericano. Por todas estas razones el proyecto, defendido ante los distribuidores norteamericanos de Hollywood por el productor Lorenzo O'Brien, fue apoyado en todo momento por el gobierno sandinista. Se llegaron a presentar situaciones extrañas, como el mismo O'Brien lo contaba recientemente en Cartagena: "El rodaje necesitaba un helicóptero que no llegaba y retrasaba la filmación. Cuando apareció se descubrió que estaba untado de sangre y excrementos porque llegaba de un combate con los contras o sea, la supuesta ficción que la cámara captaba, estaba desarrollándose en la realidad y a pocos kilómetros de distancia". Opera cómica, drama, alegoría política y surrealista (un Mercedes atraviesa los pueblos en medio de una nube de arena porque el tiempo es cíclico, nada cambia, los invasores tampoco) "Walker" es un auténtico divertimento, todo el tiempo.

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