Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1984/07/23 00:00

EL CANTO DE LOS MONJES

La música gregoriana subsiste después de catorce siglos, con su misteriosa belleza

EL CANTO DE LOS MONJES

Nada tan enigmático y decisivo en la sonora evolución de la música como la generosa tradición del canto gregoriano. Su misteriosa belleza, su solemne reposo, su encantada melodía que vuela en espiral constituyen la piedra miliar sobre la cual se erige toda la música occidental de nuestra era. Un tanto como acontece con las nervaduras y ojivas que se entretejen bajo las bóvedas góticas a manera de celeste entramado, el canto gregoriano es a todas luces el sustrato por excelencia de las grandes escuelas y movimientos musicales que han desfilado a lo largo de los siglos: los himnos carolingios, la polifanía, el barroco, el clasicismo, la ópera, el romanticismo, el rito ortodoxo, la música nacionalista.
El origen de las primeras costumbres del cristianismo naciente se remonta a las ceremonias judías celebradas en las sinagogas. Celosos he rederos de una sólida tradición oral, los hebreos cantaban los versiculos de la Biblia congregados en torno a las barbas blancas del rabino. Mientras judíos y musulmanes recitaban de memoria sus textos sagrados, griegos y latinos cultivaban la escritura. Como resultado de la diáspora evangelizadora expandida por las costas del Mediterráneo, la iglesia primitiva practicó diversos géneros de canto y de discurso melódico: desde la lectura en voz alta de los Testamentos y su consiguiente cantilación hasta la salmodia y el canto responsorial. Ante la impuesta clandestinidad del cristianismo hasta el siglo IV, estas ceremonias cantadas y discretas propiciaron la improvisación y la multiplicidad de principios litúrgicos que derivaron en una marcada diferenciación a nivel de las iglesias locales.
El catalizador de la unión occidental sería Roma, con su liturgia monástica iluminada por los preceptos de San Benito. Las divergencias restantes se allanarían a lo largo de un amplio paréntesis abierto entre los siglos VI y XVI. Pero sería San Gregorio, una vez superado el viejo canto romano, el gran unificador y conciliador de toda esta dispersa heredad musical. El repertorio se enriquece con fuentes arcaícas (Oriente para Ambrosio) y nuevas (Roma para Carlomagno), gracias al esfuerzo emprendido entre los años 590 a 604 por el pontífice que daría su nombre a toda la tradición litúrgica atesorada hasta el momento el canto gregoriano.
Pero el acervo de composiciones vocales fue tan amplio que ni la memoria milenaria de los cantores fue suficiente: hubo que apelar necesariamente a la escritura y se empezaro a utilizar símbolos similares a los acentos y tildes de nuestros días, llamados "neumas".
Años más tarde, el monje Guido d'Arezzo inventaría el pautado y la escala musicales. Surgen los tropos y las sequentias: el canto llano descubre los recursos delirantes de la polifonía; el compás ordena la catedral transparente edificada con los melismas y los recitados. Y el canto gregoriano inicia el largo camino de las deformaciones o las variaciones incorporadas a través del renacimiento y de épocas posteriores. Gracias al empeño de algunas abadías benedictinas europeas que nunca divorciaron la liturgia de la música, la más rica y auténtica tradición gregoriana ha logrado preservarse hasta nuestro tiempo, a pesar de que el Concilio Vaticano II suprimiera los ritos en latín. No obstante tales avatares, aun en este oscuro final del siglo XX que vivimos es posible escuchar las voces graves y celestiales de los monjes de Solesmes o de Monserrat que sobrevuelan la sagrada atmósfera de los monasterios. De sus graduales y antifonarios brota una energía melodiosa que reconforta y consuela al hombre contemporáneo del derrumbe de tantos cielos. Junto al sintetizador electrónico, la pureza tonificante de este canto, una de las formas musicales más antiguas y hermosas.--
Discografía recomendada:
"Canto Gregoriano: las grandes fiestas del año litúrgico".
Abadía benedictina Munsterschwarzach, padre Godehard Joppich (director). 5 discos Archiv Produktion Hamburgo, 1984.
Jaime Valencia Villa

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