Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1994/11/21 00:00

EL CANTO DEL CUERPO

El montaje de Equus en el Teatro Nacional es una recreación de la imposibilidad y necesidad de la pasión en el aséptico siglo XX

EL CANTO DEL CUERPO

EQUUS ES UNA PAlabra extraña y mística, viene de las profundidades de la historia, pero se acomoda fácil en los labios contemporaneos. Hay que pronunciarla deteniendose en su 'uu' larga y significa caballo en latín. Es la palabra que destroza las seguridades de un doméstico sicólogo entrenado en arreglar como tuercas los miedos, las sombras y los gritos de centenares de adolescentes grasosos que pasan por sus hábiles manos matafantasmas. Equus es la clave que cubre y descubre un horrendo rito en el que el alienado Alan Strang le arrancó los ojos sin piedad a cuatro caballos.
Entre un consultorio frío, las letanías de una madre obesa, los anteojos hipócritas de un padre comunista, la mirada desorbitada de Alan y bufidos secos, se entreteje la fábula del dramaturgo inglés Peter Shaffer.
Numerosos montajes teatrales de los grupos más reconocidos de Europa y una excelente versión cinematográfica, son los antecedentes de la versión colombiana que ahora realiza German Quintero. Un reto y una excelente solución, ante todo por la inteligente mezcla de dos planos de la puesta en escena que recrean los dos niveles de realidades que el argumento propone.
En Equus el conflicto central es la posibilidad de la pasión, sus laberintos y las grietas de dolor que produce en una sociedad y un estilo de vida que la expulsa de su esencia.
¿Cómo vivir la libertad a traves de las paredes oscuras de la carga judeo cristiana, cómo permitirle hablar al cuerpo en la guillotina de un proyecto social que sólo admite su negación o la pobreza de la pornografía, cómo desatar la imaginación si la única legitimidad la constituye la carcelaria terminólogia del sicoanálisis?
Quintero presentó la parte dramática en tradicionales códigos académicos, en los que los actores siguen juiciosamente un parlamento. Pero optó por permearla de la perturbadora coreografía del bailarín Humberto Canessa. Sus cuatro caballos humanos, moviendose en triangulo (figura que además de solución espacial, es un simbolo del ojo de Dios) son la gran ganancia de esta propuesta, con su regreso a la animalidad del teatro, sus alusiones a la demencia santa de Grecia, con su reminiscencia a los frisos clásicos. En estos ruidos secos, su desnudez limpia, y el apoyo de la creación atmosférica más que melódica del sonido, Quintero se acerca a ese esguince donde sólo el silencio redime. Una verdadera propuesta teatral alejada de los fáciles vicios de la espectacularidad.

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