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| 9/29/2012 12:00:00 AM

El cartel de los sapos

En esta película bien actuada y realizada las cosas suceden a un ritmo tan vertiginoso que al final todo da igual.

Año: 2012
Director: Carlos Moreno
Guión: Luiso Berdejo, Juan Camilo Ferrand y Andrés López.
Actores: Manolo Cardona, Juana Acosta, Diego Cadavid, Robinson Díaz, Julián Arango, Andrés Parra.

Mi actor favorito de El cartel de los sapos es el bigote de Robinson Díaz, que en un acto de injusticia no aparece en los créditos —quizás en retaliación por robarse todas las escenas donde aparece—. Al saber que fue la nominada nacional a los Óscar pensé que era una lástima que no dieran estatuillas a los bigotes, porque en eso sí podríamos ganar.

La nominación tiene su lógica: es una película bien actuada, bien dirigida, bien iluminada, entretenida aunque superficial. Es el equivalente cinematográfico del 'todo vale' en su historia: brillante e insustancial, sin ninguna curiosidad por entender qué hay detrás de tanto destello.

Es, a su manera, una celebración de la cultura mafiosa, de su normalización y atractivo. Ni siquiera nos ofrece el placer de ese mal gusto colosal, estratosférico, de la primera oleada de narcotraficantes; estos son mafiosos con el mal gusto discreto de un modelito de revista.

La película está basada en un libro supuestamente testimonial —aunque la película tiene un par de giros imposibles de creer— y en una serie de televisión de 2008 que cuenta el ascenso de una pareja de amigos en el Cartel del Norte del Valle.

Martín González (Manolo Cardona), además de ser un traqueto, está enamorado de Sofía (Juana Acosta), muchacha caleña de buena familia, a quien mira chapotear en la piscina desde que era niño. Acá, la película podría haber hecho una reflexión sobre cómo el surgimiento de la mafia es una respuesta a una sociedad clasista y sin movilidad social. Pero no, hay demasiadas cosas centelleantes que mostrar para ponerse a pensar en eso (o en cualquier cosa).

Su amigo es Pepe Cadena (Diego Cadavid), hermano de un capo, con quien se la pasa pataneando virilmente. Luego viene el resto del cartel, entre quienes está el ya mencionado bigote de Robinson Díaz.

Hay un problema serio para una película situada en el mundo del 'todo vale' y es que resulta muy difícil hacerla interesante dramáticamente. Como no hay ningún lazo que prime sobre la ambición —ni familia, ni amistad, ni pareja, ni religión— las traiciones no sorprenden ni conmueven. De hecho, se suceden a un ritmo tan vertiginoso que al final todo da igual.

La película parece con afán de chulear una lista de cosas imperdibles, y uno se siente en manos de un guía turístico ambicioso y disciplinado, alérgico al reposo. Pero entre tanto afán no saca tiempo para construir ninguna relación humana con matices. Hay intentos de asesinato, de violación, de delación, pero resultan difíciles de valorar. ¿Qué relación se supone que tiene esta gente? ¿Por qué nos debería importar?

En esta película, como en todas, es interesante preguntarse qué esperamos del cine. Si queremos emociones momentáneas, gente bonita disparando y salpicada de sangre, si queremos bigotes descomunales y una hora y media de evasión y olvido, es un éxito. Si queremos algo que nos haga pensar y que nos ayude a entender mejor este mundo en que vivimos, no lo es tanto (aunque ahí está Sumas y Restas de Víctor Gaviria que lo logra de una forma impresionante).
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